La película de Ana tiene su historia

Daniel Díaz Torres dialoga con JR sobre los pormenores de su más reciente producción cinematográfica

Autor:

Jaisy Izquierdo

Ficción y documental. Comedia y drama. Una actriz delante y detrás de la cámara. Una película donde se filman otras. Y un director de cine que desenreda a JR esta madeja, para satisfacción de los lectores que por estos días de Festival se tropezaron en cartelera con el nuevo filme cubano La película de Ana.

Daniel Díaz Torres, el realizador de cintas como Alicia en el pueblo de Maravillas, Hacerse el sueco y Lisanka, explicó a nuestro diario los pormenores de su más reciente entrega, y compartió sus expectativas a solo un día del estreno mundial de la cinta, que aconteció en la noche del viernes, en el Chaplin.

¿Cómo «conociste» a Ana?

—A partir de una idea original de Tamara Morales, que inspiraba a trabajar mucho, a crear un guión, y a realizar del mismo una película. Casi siempre en todo filme hay un nivel de manipulación por objetiva que esta quiera parecer, y yo creo que a esto se ve confrontada nuestra protagonista. Ella es una actriz con poca suerte, que solo ha tomado parte en roles secundarios, aberturas y papeles sin ninguna trascendencia. Por necesidades económicas, y también te diría que por dignidad personal ante una confrontación con un ex cuñado, ella se ve obligada a fingir un personaje que no es: una jinetera.

«Pero como es una actriz, ese nivel de simulación que despliega la lleva a entrar en la piel de ese personaje totalmente ajeno a su persona, y se adentra en un mundo lleno de complejidades. Lo hace con tal pasión y credibilidad a través de esa máscara, que ese será el inicio de todos los problemas. Así es como se convierte en una realizadora audiovisual, que por las circunstancias se ve obligada a filmar una realidad postiza que a su vez parece que es la realidad, y eso es lo que va transformando poco a poco al personaje».

¿Qué buscaba con esta película?

—Intentamos que no se quedara solamente en los marcos de la llamada comedia de costumbres o que fuera una película cubana más sobre la realidad contemporánea. Este trabajo versa más bien sobre la autenticidad propia del individuo. El concepto de prostitución aquí no tiene que ver solamente con pagar intercambios sexuales, sino que abarca también otras cosas que alguien tiene que hacer y que no le gustan, a cambio de obtener algún beneficio determinado. Eso, de alguna manera, también es prostituirse, y lo quisimos reflejar.

¿En qué marco temporal ubica esta historia?

—Transcurre en una fecha cercana al año 2000. Lo que no queríamos era situarla en la inmediata o contingente actualidad, aunque sí queda claro que es una película del presente. Queríamos que fuera una película de este siglo. Lo importante para nosotros es hablar de la necesidad de ser auténticos, y las dificultades como individuos que a veces tenemos que afrontar para ser nosotros mismos. Esto es un problema más difícil cuando se vive inmerso en los apremios de la cotidianidad. Por eso tener dignidad se dice fácil, pero yo creo que requiere un esfuerzo.

¿Cuán determinante fue el trabajo de Laura de la Uz como protagonista?

—Me interesaba mucho desde hace tiempo hacer una película que descansara plenamente en una actriz, que en este caso es Laura de la Uz. Creo que no existe un plano en el que ella no aparezca. Para mí Laura es Ana, y es la que hace verdaderamente La película de Ana, por su nivel de entrega a este personaje, al cual se dio sin medidas y le aportó muchísimo. Igual mención tengo que hacer de su contrapartida, Yuliet Cruz, quien me dio una gran alegría al verla en un papel absolutamente diferente en la película Melaza, de Carlos Lechuga.

—En la cinta también intervienen dos actores extranjeros.

—Michael Ostrowski, un reconocido actor austriaco, y el alemán Tobías Langhoff, llegaron al proyecto debido a que esta película es una coproducción entre Cuba y Austria, de hecho la primera colaboración que en materia de cine se establece entre ambas naciones, con la participación de la compañía SK Film y del Icaic. Fue riesgosa la manera de crear un marco de autenticidad en estos dos personajes. Uno de ellos no habla ni gota de español, y la película requería que algunos de sus diálogos fueran en nuestra lengua, aunque hay otros que sí son en alemán. Fue increíble lograrlo, pero en la película hablan un perfecto español y se adentran muy bien en el interior de sus personajes.

«En el elenco participan otros actores cubanos como Tomás Cao, que interpreta un personaje un poquito difícil. Él es el marido de Ana y sí es un realizador de profesión, aunque sin mucha suerte también. Resulta interesante ver cómo evoluciona su carácter en el filme. Además intervienen actrices en papeles secundarios como Paula Alí, Yerlín Pérez y Blanca Rosa Blanco, quienes les dan un matiz de veracidad a sus personajes, por pequeños que estos son. También incluyo a alguien que nunca dejo fuera porque creo que me trae suerte: Enrique Molina, que esta vez interpreta a un director de televisión de muy mal carácter».

—¿Qué diferencias se establecen entre la película de Ana y la suya?

—Es la primera película que yo realizo con tecnología digital, y por lo tanto intentamos que la textura del digital formara parte de todo. La película está filmada con distintas cámaras digitales. La obra documental que realiza Ana está filmada con una cámara menos profesional; la que toman los extranjeros está rodada con una cámara distinta, mientras que la nuestra también precisó de otra muy diferente. De esta manera se establece un juego de texturas que se empastan orgánicamente en la historia.

—¿Cómo recuerda los días de rodaje?

—Esta ha sido la cinta que en menor tiempo he filmado, pues se rodó en menos de seis semanas. Sin embargo, nunca nos sentimos apurados ni presionados, a no ser en una escena final que rodamos en el Malecón. Esta fue estresante porque tuvimos que cerrar la calle y tratar además que esta avenida, regularmente con tanto tráfico, no pareciera cerrada. Para lograrla tuvimos que filmarla en un horario pico del tránsito. Por lo demás siento que tuvimos el tiempo necesario de pensar bien lo que hacíamos y hasta de repetir alguna que otra escena con la que no quedáramos del todo conformes.

—¿Es una casualidad o una estrategia que el estreno ocurriera en días de Festival?

—La verdad es que el año pasado no pude participar del Festival pues me encontraba precisamente rodando las últimas escenas de este filme. Como en octubre la película estaba ya terminada, no tenía sentido estrenarla en noviembre y por eso decidimos esperar a que comenzara el Festival. De todas maneras para enero está previsto el estreno en todas las salas de la Isla.

—¿Qué expectativas alberga a un día del estreno mundial?

—Creo que la cinta puede tener un buen nivel de comunicación. Me parece que la gente puede sonreír e incluso reírse en algún momento. Pero sé que a su vez la película va adquiriendo un tono un poquito más amargo, un poquito más duro que, al final, no da para tanta risa. Me parece que ese tono, que los italianos denominan comedia dramática, logramos alcanzarlo en buena medida.

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