Rumba, batá, cubanía - Cultura

Rumba, batá, cubanía

Para Wilmer Ferrant Jiménez, director de la aplaudida agrupación Rumbatá, el mundo de la clave de la rumba es infinito, rico. Y darle vida, una manera de sentirse más apegado a esta tierra que lo vio nacer

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

La culpa la tuvo el batá. Aquel sonido único, inconfundible, que no había escuchado jamás, lo embrujó de tal manera que cambió radicalmente su vida. Tanto, que Wilmer Ferrant Jiménez, quien entonces estudiaba ballet, no se detuvo hasta convertirse en el hoy reconocido director de una de las agrupaciones cultivadoras de la rumba más emblemática de Cuba: Rumbatá, multinominada al Cubadisco, justo reconocimiento a la manera magistral como bebe de lo más tradicional de este género que nos identifica, para luego presentarlo de modo muy renovado y peculiar.

«Mi encuentro con el mundo del arte fue a través del ballet. Estudié mis ocho años correspondientes. Me gradué como bailarín y formé parte del Ballet de Camagüey, bajo la dirección del maestro Fernando Alonso, entre 1989 y 1990.

«¿Qué sucedió? Que desde que descubrí el folclor entre las asignaturas que recibía, quedé impresionado. Escuché el sonido del tambor batá y me deslumbró. Se me apretó el corazón y se cortó mi respiración; algo que no ha cambiado y nunca cambiará.

«Recuerdo que para mi graduación interpreté al Von Rothbart de El lago de los cisnes, Espacio para dos, Majísimo... Todo salió superbien, pero la gente sabía que lo mío era el folclor, así que aproveché que el maestro Reinaldo Echemendía iba a fundar el Conjunto Folclórico de Camagüey (actualmente Ballet Folclórico de Camagüey) y hablé con él (desde la escuela trabajábamos juntos). Te soy sincero: me “fugaba” de las clases de francés para irme a tocar el tambor batá. Me convertí en fundador de esa compañía en la cual me desempeñé como cantante, percusionista, coreógrafo y bailarín.

«En el año 1996, oyendo un disco de Clave y guaguancó me percaté de que el mundo de la clave de la rumba era infinito, rico. Enseguida me convencí de que darle más vida era una manera de sentirme más apegado a esta tierra que me vio nacer. Entonces fundé, ese mismo año, la agrupación musico-danzaria Rumbatá».

—¿Qué te propusiste con esta agrupación?

—Mira, el año 1996 era muy complejo para conformar una agrupación que desarrollara ese estilo y que al mismo tiempo lograra conseguir un modo de hacer diferente. Por eso decidí utilizar elementos del tambor batá; que el grupo tuviera esos timbres graves del iyá, la sonoridad de las tumbadoras de dimensión ancha, de los cajones... Claro, tuvimos que darnos unos cuantos golpes antes de hallar nuestro sello.

«Para mí resultó determinante participar en un festival de rumba en La Habana, donde se homenajeó a Malanga (José Rosario Oviedo), cuatro meses después de creado Rumbatá. Fue única la experiencia de compartir con Yoruba Andabo; con Merceditas Valdés, la pequeña Aché de Cuba, como la nombrara el gran etnólogo Don Fernando Ortiz; apreciar la respuesta del público… Me pude nutrir de las diversas formas en que se tocaba, de cómo se presentaban. Me di cuenta de que era necesario encontrar nuestra propia sonoridad, así como interpretar temas originales que nos identificaran. Solo de ese modo pudimos, con el transcurso del tiempo, asumir una propia manera de defender la rumba».

—El repertorio que los identifica demuestra que la rumba es un supergénero musical...

—La rumba es, como decía el maestro Changuito (José Luis Quintana), telegrafía sin hilo de la música cubana, y esas palabras ofrecen un campo abierto para expresarnos. La rumba puede perfectamente convertirse en el eje que va narrando, transmitiendo lo que quieres decir. Y mientras mantengas la clave, la esencia, puedes conjugarla con cualquier otro género: jazz, trova, samba...

«La demostración está en el último disco que realizamos, La rumba del siglo, esta vez bajo el sello Bis Music. En él aparece un tema compuesto por Miguel Ángel de Armas, dedicado al maestro Tata Güines (Federico Soto Alejo) y titulado Güines, qué le pasa a Tata. Nuestro productor, el maestro Manolito Simonet, ya lo había ubicado en su álbum de latin jazz y ahora nosotros lo grabamos con su agrupación, pero sobre la base de la percusión, el canto y los coros de Rumbatá.

«Asimismo, tuvimos el privilegio de unirnos al maestro Frank Fernández, a quien siempre le estaremos agradecidos, y, para colmo de bienes, al maestro Adalberto Álvarez en una pieza que dedicamos a nuestro Camagüey, Entre la rumba y el son, que por cierto, forma parte también del CD El son de altura, de Adalberto, que estuvo nominado al Grammy Latino. De más está decir que La rumba del siglo constituyó un enorme desafío, pero los resultados dicen que valió la pena».

—¿Por qué no le detallas más a los lectores de JR sobre los dos primeros discos de Rumbatá?

—El primero, denominado como nuestra agrupación, se realizó con el respaldo de la Egrem, y lo produjo magistralmente Simonet, al igual que La rumba del siglo; sin dudas el principal artífice de ambas producciones discográficas. Ha sido una bendición poder contar con la sabiduría y la genialidad de Manolito, que no deja de exigirnos y nos obliga a superarnos en cada propuesta.

«En el Cubadisco 2009, Rumbatá estuvo nominado en categorías como Música folclórica, Mejor grabación y Ópera Prima lo cual, si no constituyó un récord fue un buen average, sobre todo cuando defendemos un género que está representado en Cuba por no pocas agrupaciones de muchísimo prestigio.

«Mientras que Rumbatá reunía 12 temas, La rumba del siglo cuenta con 14. Estamos supercontentos porque respondieron a nuestro llamado no solo Frank y Adalberto, sino además otros artistas de calibre como Vania Borges, quien desempeña una labor formidable con una pieza como Veinte años; Mayito Rivera, que interpreta el Sóngoro cosongo de Nicolás Guillén llevado a yambú; Andrés Correa, el cantaor...

«En el álbum aparecen asimismo la samba (Sambaloya) y la trova por medio de Óleo de una mujer con sombrero, de Silvio Rodríguez; una columbia de Santiago Garzón titulada Ya yo maté, mayoral; rendimos homenaje a Papín (Ricardo Abreu) con un tema de Miguel Ángel de Arma (Pan con salsa)... Es un fonograma muy completo».

—En Rumbatá se aprecia mucha seriedad en el trabajo con las voces, los bailes, los toques...

—Agradeceré por siempre el hecho de haber encontrado unos profesionales de alta valía, cuya versatilidad me han permitido pensar nuestras actuaciones como si fueran un verdadero espectáculo. De entrada, el trabajo de las voces es importante, pero no soy de los directores que solo se preocupa por contar con un cantante líder. En Rumbatá somos siete, y todos poseen fabulosas condiciones vocales, lo cual les permite enfrentar cualquier tipo de interpretación.

«Hemos aprovechado esa cualidad narrativa que distingue a la rumba para concebir presentaciones que sean asimiladas por todo tipo de público, por medio del canto, los bailes, nuestros movimientos... Asimismo hemos ideado espectáculos musicales al estilo de Aserekó, donde los músicos se convierten en bailarines y viceversa; una propuesta muy cubana que reúne pregones, baile de la chancleta, conga camagüeyana, donde se toca a la vieja usanza el yambú, la columbia, el guaguancó...».

—Algunos ven en ti, por las características de tu voz, al relevo de Lázaro Ros...

—Decir algo así es demasiado pretensioso. Lo que sí te puedo asegurar es que por mucho tiempo me he dedicado a buscar las grabaciones del maestro Lázaro Ros, quien constituye un verdadero paradigma para todos nosotros; sin dudas, el más grande akpwon (cantante) de música lucumí y arará de Cuba de todos los tiempos. Tuve el privilegio de compartir con el maestro en el año 1998, lo cual constituyó una escuela para mí. Ese contacto me marcó para siempre. Lázaro se convirtió en un ejemplo no solo por esa espiritualidad que transmitía su extraordinaria voz, sino por el enorme ser humano que era. Sus enseñanzas están presentes en Rumbatá, por eso hemos podido salir adelante.

¿Consideras que el quehacer de Rumbatá es reconocido a nivel de país?

—Sinceramente, no creo en el fatalismo geográfico. Creo que lo más importante es desarrollar un trabajo serio, hacerlo de conciencia. Que desde el ensayo los integrantes del grupo se entreguen como si estuvieran actuando frente a diez mil personas, porque eso repercutirá después en la calidad de nuestras presentaciones.

«Hasta el momento, no nos podemos quejar de la manera como es recibida nuestra música. Ha sido muy grande la aceptación en plazas esenciales para la rumba, como La Habana y Matanzas. Y ello debemos agradecerlo, de todo corazón, a la Asociación Hermanos Saíz, que nunca nos ha soltado de la mano, y propició que se nos abrieran las puertas en el Palacio de la Rumba, la sede del Conjunto Folclórico Nacional...

«Pero en Camagüey contamos con un público que no conoce de edades, muy diverso y fiel, el cual se identifica y nos sigue donde quiera que estemos; un público que no solo es espectador, sino que participa, se brinda por entero y con respeto. ¿Quieres una distinción más alta? Todavía esperamos con ansias el encuentro con Santiago de Cuba, Guantánamo, Baracoa... y allá llegaremos. No obstante, estoy convencido de que en la medida en que evolucionemos, que crezcamos aun más como artistas, el reconocimiento será todavía mayor.

«A veces se nos acercan personas preocupadas por nuestra presencia en el mercado internacional, y sí, hemos actuado en España, Italia, Alemania, Martinica (nos encantaría, por ejemplo, actuar en Haití y Venezuela, lo cual enriquecería nuestro quehacer), pero lo que más nos interesa es el público cubano. Esa es nuestra prueba de fuego. No estamos apurados. Todavía debemos mejorar, seguir investigando, escudriñando en nuestras raíces... Queda mucha tela por donde cortar en la rumba».

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