De Matanzas nos llegó un portazo - Cultura

De Matanzas nos llegó un portazo

Con un sentido innovador y oxigenante, el colectivo teatral El Portazo está dando pasos firmes en la escena cubana. El estreno mundial de Antígona y la presentación de la obra Por Gusto, conminan a seguir de cerca su trayectoria

Autor:

Frank Padrón

Afortunadamente, grupos y solistas de las más diversas manifestaciones artísticas que viven y trabajan en el interior de la Isla están conociendo frecuentes presentaciones capitalinas, con lo cual los espectadores amplían su información y conocimiento en torno a lo que se hace fuera de La Habana.

En teatro, donde tanto y bueno se hace en provincias, estamos asistiendo a provechosas temporadas con algunos de esos colectivos; uno de ellos fue El Portazo, de Matanzas, que presentó recientemente Por gusto, de Abel González Melo, y el estreno mundial de Antígona, de Yerandy Fleites, ambas dirigidas por quien lleva las riendas del grupo, el también actor Pedro Franco.

Galardonada con uno de los premios que la Asociación Hermanos Saíz otorga a las mejores puestas en escena, Por gusto reúne y/o alterna a cuatro jóvenes: un profesor de filosofía, un pintor, una estudiante y un policía; la ciudad agitada y convulsa donde estos personajes se desarrollan, incluyendo algunas de sus casas, se resuelve mediante un sencillo y funcional recurso escenográfico: un andamio ambulante que a veces deviene paredes, otras calles o paradas de ómnibus.

Con el humor, la agudeza de captar lenguaje, inquietudes y proyecciones de la juventud cubana actual (sin necesidad de cargar la mano en malas palabras e ineficaces y malentendidos «realismos de letrina»), González Melo nos entrega aquí personalidades ambiguas, complejas y contradictorias, dentro de esa capacidad relacionante y cíclica que detenta su teatro.

Es cierto que, obra temprana dentro de las suyas, se echa de menos un mayor desarrollo de personajes y situaciones; uno siente como que pueden dar mucho más los vínculos a veces desconocidos por los propios muchachos, que van tejiéndose entre ellos.

Sin el calado y la redondez que exhiben otros títulos posteriores de Abel (Chamaco, Nevada, Talco…) Por gusto mostraba las credenciales de uno de los autores más audaces y sensibles de la escena insular hoy. Pedro Franco ha entendido las sutilezas de las ideas manejadas y compartidas aquí, y su puesta destila dinamismo y un uso inteligente del espacio, así como una música sugerente por sus alusiones al contraste y las referencias lúdicas.

Las actuaciones (él mismo, Leandro Ars, Laura María y Marcos Viera) pueden, sin embargo, perfilarse mejor; sobre todo el mayoritario elenco masculino debe trabajar la dicción y las necesarias pausas a la hora de enunciar sus textos.

Ese rubro aparece mucho más cristalizado en la otra pieza, Antígona, donde otro incuestionable valor dentro de la joven autoría criolla, Yerandy Fleites, nos ofrece una lectura muy singular y polisémica del clásico escrito por Sófocles.

Los míticos personajes saltan de la Tebas original en la época para contextualizarse en seres que aquí y ahora pueden enriquecer sus conflictos de siempre con otros más contemporáneos, o mejor: conferirle a aquellos (tan vigentes, tan, pese a todo, recientes) dimensiones nuevas.

La protagonista, Creonte, Ismene y los demás se debaten en pasiones y prejuicios que solo han cambiado un poco de maquillaje y lugar, pero las actitudes dictatoriales, la rebeldía que ellas generan, las máscaras y los rostros verdaderos, son universales y atemporales.

Así lo concibe Fleites en una escritura corrosiva, sanamente cínica, iconoclasta, que juega y negocia con el hipertexto desde una perspectiva enriquecedora y desacralizante. De ese modo lo ha plasmado escénicamente Franco en una puesta mucho más jugosa en cuanto a rupturas, intertextos y guiños pos modernos, apoyado en una banda sonora y un diseño gráfico y de vestuario que acentúa las sobreimpresiones y vastedad de significados.

Nuevos rostros se suman a la nómina actoral, con el superlativo trabajo de Sarahí de Armas (Ismene) aunque para nada desentonan Lisandra Solís, Iriam Olivares, William Quintana o Alejandro Cisneros.

El Portazo es un colectivo que está dando pasos en firme a pesar de su aún breve vida en los escenarios; el hecho de volcarse a la nueva dramaturgia cubana es per se un suceso para aplaudir; el trabajar en ella con un sentido innovador y oxigenante, lo es mucho más.

Estos dos estrenos nos conminan a seguir de cerca sus movimientos… y ese saludable estruendo al entrar por cada nueva o vieja puerta.

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