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Música raigal

Desde el Gran Teatro de La Habana, Eliades Ochoa ofreció un viaje por esa esencia raigal de nuestra sonoridad, con una profundidad que impresiona

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

Buscamos en los escenarios la calidez que también anhelamos para nuestras vidas. En apenas unas horas, disfrutamos de la sensibilidad del artista, y es en esos matices melódicos que la música dibuja cada detalle de la realidad.

Hace ya un tiempo que reflejo en comentarios esa teoría que explica que el arte nos atrae, precisamente, porque nos retrata desde la visión de su creador. Y meditaba en ello cuando escuchaba a Eliades Ochoa el sábado último, en el Gran Teatro de La Habana. Ante un público multinacional, el cantante nos ofreció un viaje por esa esencia raigal de nuestra sonoridad, con una profundidad que impresiona.

Es que tradición y sensibilidad son conceptos que maneja acertadamente Ochoa. Con ellos «camina» de una ma-nera propia por la música nuestra. Encima del escenario, el artista santiaguero conjuga su estilo único al tocar la guitarra con el exquisito repertorio que escoge y que también crea, para mostrarnos cuán viva está la música tradicional.

En la escena se califica de «hombre de pocas palabras», como se autodefinen todas las personas de pueblo. Pero Eliades es capaz de mantenernos toda una noche atentos a sus frases, su carisma y su buen humor. En la noche sabatina Ochoa dejó una quincena de canciones, algunas que le han dado fama y otras recientemente creadas, todas con el sabor de lo auténtico.

El artista hizo su entrada con los instrumentales del Chan chan y Píntate los labios, María. Fue acompañado por una formación musical diversa: las cuerdas de Frasis, una poderosa sección de metales y el grupo Patria.

Y ya que los adentro en los detalles de la sonoridad, es importante señalar que ese fue uno de los elementos más notables de la velada. Junto a la voz de Eliades y sus incursiones en la guitarra, este grupo de músicos ofreció una colorida pincelada melódica, explotada al máximo por Giovanis Alcántara, arreglista de la trilogía fonográfica Lo más reciente de Eliades Ochoa (Egrem 2012), y de lo que vimos esa noche.

Con un texto lleno de optimismo, Ochoa entregó Vamos a alegrar el mundo, el sencillo que dio título al concierto, y con buen humor propuso descifrar un gran enigma: quién llegó primero al mundo, la gallina o el huevo.

Dominando el bolero —incluidos esos que disfrutamos en la vitrola—, Ochoa obsequió de su autoría Un fantasma para ti y Un bolero para ti, el mismo que nombró al disco con el que obtuvo el Grammy Latino en 2012. Sin embargo, este último tema se nos presentó de un modo diferente al que aparece en el álbum, pues en esta ocasión se escuchó la voz de Luna Manzanares.

Fuimos seducidos por varios dúos protagonizados por Eliades y sus invitados. Una característica de estas uniones es que evidenciaron las cualidades interpretativas tanto de los vocalistas como de los instrumentistas.

Con David Blanco, interpretó Pica pica, perteneciente al disco Amigos, del joven cantautor. A diferencia de la original, que es más roquera, la versión sabatina llevó una buena dosis de los elementos de la música tradicional.

En No dejes que te digan muñeca, Eliades fue seguido al piano por Manolito Simonet, quien, con su arraigado matiz sonero, subió la parada al concierto. Con el joven pianista Alejandro Falcón tocó el instrumental de El manisero, de Moisés Simons, una pieza imprescindible en cualquier repertorio.

Pero fue Píntate los labios, María, uno de esos temas que no dejó a nadie pegado a su asiento. Ochoa y Alexander Abreu (trompeta), se llevaron prolongados aplausos.

Amén de que el fallo del audio afectó el momento inicial del concierto, fueron casi dos horas de disfrute, donde sobresalieron otras tres ejecuciones impecables: La comparsa, de Lecuona; Estoy como nunca, tan solicitado por el público, y El cuarto de Tula, el cual devino cierre de un intenso programa donde la cubanía y la versatilidad de Eliades y sus acompañantes indicaron que el arte es un eterno reflejo de nuestras sensaciones, de nuestra existencia.

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