Baile flamenco: una forma de vida

Ana Rosa Meneses Arocha, joven bailarina recientemente galardonada con el Premio Ramiro Guerra, que otorga la Asociación Hermanos Saíz (AHS), relata su fructífera trayectoria artística

Autor:

Dairon Miranda

Ya llega la bailarina:/ soberbia y pálida llega:/ ¿Cómo dicen que es gallega?/ Pues dicen mal: es divina. Estos versos de José Martí retratan de forma perfecta a la entrevistada: Ana Rosa Meneses Arocha, primera bailarina de la Compañía Flamenca Ecos, recientemente galardonada con el Premio Ramiro Guerra a la Interpretación Femenina de Danza Folclórica, el cual otorga la Asociación Hermanos Saíz (AHS) a jóvenes creadores, como parte de su sistema de becas y premios.

Dentro de los principales méritos que la hicieron acreedora del lauro resalta su abarcadora trayectoria como profesora de niños y adultos, coreógrafa, y por supuesto, formar parte de la creación de ese conjunto danzario, fundado en abril de 1999 con el objetivo de realizar un intenso trabajo en relación con el aprendizaje, desarrollo y difusión del flamenco en Cuba.

«Vivo en Centro Habana y es muy flamenco mi barrio por los constantes pregones. Empecé a bailar a los ocho años en Concepción Arenal, una sociedad española, solo por embullo de una amiga mía. Allí estudiaba los bailes de la región europea, como el paso doble y un poquito de flamenco, pero no estaba muy clara de este último.

«Fui ese tipo de niña que en la primaria participaba en muchas funciones o coreografías y sus padres la iban a ver. Poco a poco me interesé más, le puse más seriedad; lo único que quería era bailar, bailar y bailar, hasta convertirme en una profesional. Después busqué otras escuelas con un poquito más de rigor, como la vocacional del Gran Teatro de La Habana, donde se desarrollaban unos talleres por las noches, y en los cuales existía gran exigencia técnica y disciplina.

«Luego ingresé al Centro Andaluz de La Habana. Llegué a estar en tres lugares a la misma vez y la semana era toda para el baile. Después de la escuela, a partir de las 6:00 p.m., solo me dedicaba al baile todos los días. Eso me ayudó mucho, mientras más frecuencias disfrutaba más rápido aprendía».

—¿Tus padres estuvieron siempre a tu lado?

—Todo el tiempo. Ellos me decían que si no quería estudiar Medicina o cualquier ingeniería y lo que deseaba era ser artista, me apoyarían sin vacilación alguna, y así fue.

—¿En qué otros centros estudiaste?

—Cuando estaba en los talleres del Gran Teatro de La Habana, se fundó Danzas Ibéricas, por una bailarina muy joven con grandes deseos de crear su propia compañía, Lizt Alfonso. Ella realizó una selección y allí entré. Con Lizt estuve dos años, había mucho más rigor del que yo había experimentado; recibí clases de ballet, para una preparación más completa de bailarina. Pero en esa compañía no me iba a dedicar al flamenco nada más, lo que en realidad me cautivaba.

«En 1993 aprobé unas audiciones para ingresar al Conjunto de Danzas Españolas, actual Ballet Español de Cuba. Esta etapa de cinco años fue decisiva para mí: me hice una profesional sin haber estado en un centro de enseñanza artística como la Escuela Nacional de Arte (ENA). El ballet español tampoco me “llenó” por lo que tuve la idea de crear, en abril de 1999, junto a un grupo de jóvenes, la Compañía Flamenca Ecos».

—Mayores dificultades…

—Ninguna, y si tuve ni las recuerdo. Me fui de Lizt, a los dos años de estar en ese conjunto, hoy día soy maestra de flamenco allí y mantengo las mejores relaciones con ella, no me guarda ningún rencor por haber escogido otros caminos. Tengo un buen salario y aunque la compañía siempre debe buscar nuevos contratos de trabajo, nos renovamos sin afectarnos económicamente.

—¿Esperabas este premio?

—No. De hecho, ni estaba en Cuba, sino en Abu Dabi (Emiratos Árabes Unidos), en un festival al que fuimos invitados. Me sorprendió el galardón y tuve que decirle a un amigo muy querido, Carlos Benassi, que fuera por mí a recibirlo en el Pabellón Cuba, sede nacional de la AHS. Estoy muy agradecida de que me reconozcan un trabajo de años. Yo bailaré hasta que pueda, pues disfruto lo que hago, y eso es lo más importante.

—¿Cómo los ha apoyado la AHS?

—Desde la fundación del grupo nos ha brindado su local en la Quinta de los Molinos, ya que aún no contamos con sede. Incluso ha habido períodos en los que no hemos hallado un espacio para ensayar, pero entonces una alumna brinda el “tabloncillo” de su casa. Hemos hecho hasta lo imposible para solucionar este problema, pero parece que no es tan fácil. Como el vínculo con la Asociación se ha mantenido, puedo decir que la compañía está estable.

—¿Tiene hijos?

—No, tengo 34 años pero pienso esperar por lo menos cuatro más, como los europeos. Ahora es un buen momento de la compañía, estamos desarrollando varios proyectos dentro y fuera del país, y no quisiera estar ausente. Estoy enamorada de mi carrera y para colmo mi pareja es el director musical del conjunto. Es tan estrecha mi relación con el flamenco, que hasta puedo afirmar que es una forma de vida.

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