Amo ser actor

La política y el arte son las más grandes pasiones de Jose Pereira de Abreu, quien interpreta el personaje de Milton Castellani en la tenovela brasileña Insensato corazón

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Dos pasiones mueven la existencia del afamado actor brasileño José Pereira de Abreu: la actuación y la política. Cuando se trata de ellas, su corazón se vuelve tan «insensato», como el de los personajes de la popular telenovela donde él interpreta a Milton Castelani, y que ahora transmite Cubavisión, en su horario estelar de los martes, jueves y sábado.

Bueno, a decir verdad, existe una tercera pasión en José de Abreu, como se le conoce en el mundo del arte: las redes sociales en Internet, y especialmente Twitter, que le permitió ponerse en contacto con Roberto Suárez, fotorreportero de JR, quien a su vez facilitó esta entrevista, cuando supo que el Nilo de Avenida Brasil, el último gran exitazo de Red Globo, vendría a Cuba.

Aprendió el español escuchando tangos y boleros de los años 50, 60. Todo parece indicar que posee cierta facilidad para los idiomas, porque se desenvuelve con soltura con el italiano, el francés, el inglés, y jamás estudió lenguas. «Si me propongo hablarlas bien, enseguida comienzo a cometer errores (sonríe)».

—¿Y algún bolero que le guste especialmente?

—Infinidad de ellos: El reloj, Bésame mucho, Quizás, quizás, quizás... Pudiera darte una lista de 50, igual que de tangos. En la penúltima obra teatral en la que participé, yo comenzaba cantando Cambalache. El mundo fue y será una porquería/ ya lo sé/ en el quinientos seis/ y en el dos mil también... (su voz suena bien afinada). Cambalache le venía ideal a esta pieza que hablaba de corrupción, de ética, de política, cosas como esas...

«Ahora estoy haciendo otra obra teatral que se llama Bonifácio Bilhões, que también discute sobre ética, sobre la honestidad y el poder, a partir de la relación entre un economista, profesor universitario y escritor, que va constantemente a la lotería, y un joven vendedor de dulces. En una ocasión, este, Bonifácio, le indica qué debe jugar, y el otro, Walter, le promete que si gana compartirá el dinero, pero no cumple. Yo le decía al presidente Lula, que mi personaje era como Fernando Henrique Cardoso, mientras que el chico, bueno de corazón, con una excelente filosofía de vida, era como él.

«Ciertamente, Fernando Henrique Cardoso fue un reconocido sociólogo, profesor de la universidad de Sao Paulo, exiliado, impartió clases en La Sorbona, en París; sus libros eran de axilas (tal vez no se leía, mas la gente mostraba que lo tenía), pero cuando se convirtió en presidente se encantó con Washington, y traicionó sus propios ideales. No sé si es verdad —en Brasil fue asumido como tal—, pero aseguran que dijo: Olviden lo que escribí. Y como les sucedió a muchos, para mí él fue una decepción.

«Reconozco que en aquellas elecciones no voté por Lula, pensaba que aún no estaba preparado, pero en el 89 sí lo hice. Lo apoyé contra un loco nombrado Fernando Collor de Melo, una persona terrible, responsable de una red dedicada al tráfico de influencias, la extorsión y el chantaje, y eso ocurrió en Brasil. Esta vez apoyé profundamente a Lula, con la mayoría de los actores de la Rede Globo, aunque perdió, y vino Fernando Henrique, cuyo segundo mandato resultó una desgracia: privatizó todo para pagar una deuda externa que nunca saldó, fue un asalto al tesoro público. Entonces, mi Walter es como esos que quieren cambiar el mundo, pero que no saben cómo materializarlo en el día a día. Es algo muy común. Solo son comunistas de palabras».

—¿Qué decidió hacer durante el segundo gobierno de Fernando Henrique Cardoso?

—Me uní más al Partido de los Trabajadores (PT). Participé en la campaña de Lula de 2002, y luego también en la de reelección. Y tengo que decir que Lula nunca ganó fácilmente. La derecha en mi país permanece adormecida hasta que llegan las elecciones, que se despierta como si fuera un carbón aparentemente apagado que se oxigena de pronto. Pero Lula ganó, y después, cuando él indicó a Dilma Rousseff..., después de que, como siempre, se produjera un golpe mediático contra la izquierda, me percaté enseguida de que los medios estaban comprometidos totalmente con la derecha. Y yo tenía una obligación, un trabajo que hacer.

«Yo había participado dentro de la misma organización en la lucha armada contra la dictadura junto a Dilma, y sin pensarlo dos veces me dediqué a trabajar en su campaña como militante virtual. No podía poner mi nombre, porque como figura pública se nos impide hacer política —estaba al aire Insensato corazón—, sin embargo, inventé algunos nicknames en Internet. De todos los que utilicé me hice muy popular con mi @MarcosOvos. De hecho, Dilma aún me sigue llamando así: Marcos Huevos (sonríe). Ya eso lo hacíamos desde la dictadura cuando empleábamos nombres de guerra.

«Un día estábamos todos en Twitter y en Facebook haciendo campaña, y José Serra, el candidato opositor, que había vivido en Chile, aseguraba que se había graduado de economista, mas había algo medio turbio. Así que me moví hasta Chile para intentar encontrar la verdad. Permanecí allá por diez días buscando el supuesto diploma. Después de investigar lo que había sucedido, pude abrir una cámara de mi computadora y contar lo que había descubierto. Conseguí que 15 mil personas me siguieran por Twitter en ese momento. Al día siguiente Dilma me llamó por teléfono para decirme que se había quedado impresionada con la fuerza de Twitter. Ella, que no creía en eso. Ahora cuento con 75 mil seguidores políticos, no hablo de fans de televisión.

«Hace unos meses, un senador muy joven, Lindbergh Farias, quien fungió como presidente de la Unión Nacional de Estudiantes, fue electo junto con Dilma para el Senado Federal en el Estado de Río de Janeiro. Me llamó y me dijo: “Por primera vez tenemos la posibilidad de ganar el gobierno de la provincia de Río de Janeiro. Queremos tu ayuda. ¿Qué vas a hacer?”. Y me preguntó: “¿Nunca te inscribiste en el PT?”. No, le respondí. “Bueno, pues ya es hora de que lo hagas, porque te vamos a presentar como candidato a diputado federal».

—¿Y cómo usted reaccionó?

—¡Es una locura! (sonríe).

—Pero aceptó...

—No, le dije: vamos a pensarlo, y llamé a Lula, quien me recibió y conversamos durante dos horas. Decidí que participaría en una caravana política junto a este joven senador, para revivir lo mismo que hizo Lula hace 15 años. Mas no sé si saldré candidato o no, aún tiene vigencia, hasta diciembre de 2014, mi contrato con Rede Globo. De cualquier manera es la primera vez que el PT tiene la posibilidad de ascender al gobierno estadual, pero no será absolutamente fácil.

—De convertirse en diputado, la actuación podría quedarse a un lado...

—Sería un sacrificio personal grande. Por un lado, admito que bajaría ostensiblemente mi nivel de vida. Un diputado federal percibe el 15 por ciento de lo que gano, porque soy un actor bien cotizado. Bueno, tengo cinco hijos, cuatro nietos, y se me va bastante en pensión alimenticia (sonríe). Pero por el otro, siento que un cambio sería importante para Brasil, para el PT, para mí. Con mis 66 años, sé que puedo hacer cosas en el Parlamento brasileño. Reconozco que me gusta mucho la política. He estudiado a profundidad el pensamiento del Che, de Fidel, de Allende. He realizado muchos filmes políticos. Y presiento que desde esa tribuna mi colaboración puede ser más importante para el pueblo brasileño que hacer novelas.

«Sin embargo, amo ser actor. Por eso para mí sería un sacrificio enorme abandonar mi carrera, aunque solo sea por cuatro años. Me han propuesto, incluso, la secretaría de Cultura en Río aunque no quede como candidato, lo cual me permitiría hacer teatro y cine. Televisión sería difícil... Entonces, esa es la situación.

«Entre muchas otras razones, vine a Cuba ahora, porque sentía que ello me podía ayudar a tomar una decisión. Hacía años que quería conocer esta Isla, mas me lo impedía el trabajo, la familia».

—¿De qué manera se involucró con la política y la cultura?

—Cuando llegué a Sao Paulo con 14 años —mi madre era una ama de casa y apenas podíamos subsistir—, comencé a trabajar como mandadero, lo cual hice hasta los 18 años. Luego me puse a estudiar Química industrial, porque eso me daría dinero más rápido. Más tarde matriculé en la Facultad de Derecho, donde inicié mi actividad política.

«En ese primer año de Derecho dos cosas me marcaron: la dictadura se hizo más cruda, justo cuando Fidel, el Che y John Lennon se habían convertido en mis ídolos, al tiempo que existía un grupo de teatro muy prestigioso en Brasil nombrado Tuca (Teatro de la Universidad Católica), que había vencido en un concurso internacional de teatro en Francia (el mismo que lanzó a Chico Buarque como cantante). Y yo, en las noches, venía a hacer teatro político en Tuca.

«Ambas cosas me conquistaron: la política y el arte teatral. Y seguí con las dos hasta que me encarcelaron por las dos cosas. Cuando salí de la prisión a los tres meses, la extrema derecha sacó del poder a la propia derecha y acabó con todos los derechos institucionales. Los militares le usurparon al pueblo todos sus derechos. Usaron las armas del pueblo para sacrificar al pueblo. Eso fue para mí una lección que nunca olvidaré».

—Fue una película como La intrusa la que le abrió las puertas en Rede Globo...

—Tras regresar del exilio fui a residir en Río Grande del Sur, pero después de unos años volví al teatro como productor, porque aún había miedo de la dictadura. Ya era padre de dos hijos y La intrusa me cayó del cielo (resultó una película muy reconocida en mi país). Se inspiraba en un cuento de Jorge Luis Borges y utilizaba música de Piazzolla. Se rodó en Río Grande, en una ciudad llamada Uruguaiana, en la frontera con Argentina. Era una producción brasileña dirigida por el cineasta argentino Carlos Hugo Christensen, y yo acerté en el personaje. Hasta hoy creo que La intrusa es la obra más importante de mi carrera.

—¿Cuántas telenovelas ha hecho hasta la fecha?

—Creo que 42, ya llevo 32 años en Globo. Salí de esta televisora con Jayme Monjardim, el director de La casa de las siete mujeres (vista en Cuba como Siete mujeres), para hacer una obra con la ya extinta Red Titular, la cual se llamaba Pantanal; otro éxito inmenso de público. Pero luego volví a Rede Globo para no marcharme más.

Acaba de actuar en este 2013 en una película nombrada El tiempo y el viento.

—Primero hice, en 1985, la miniserie El tiempo y el viento, también con Jayme Monjardim, quien me llamó para que hiciera la película. El tiempo y el viento es una novela de Erico Verissimo, uno de los escritores fundamentales de mi país. Interpreté un papel muy pequeño. Jayme quería aprovechar la barba que tenía en el Nilo de Avenida de Brasil. Ahora me presento en la pieza teatral Bonifácio Bilhões, esperando a que me llamen para rodar otra telenovela.

Todavía se habla en Brasil de su Nilo de Avenida...

—Se exhibió el año pasado, y participé como uno de los protagonistas. Avenida Brasil fue una locura. Paró mi país, como en su tiempo lo consiguió Roque Santeiro. Y es que llevó a la TV el Brasil de Lula: la ascensión dentro de la sociedad de los más pobres. Presenta una chica que inventó una manera de alisar el cabello de los negros. Es una historia real que inspiró al guionista, quien incluye entre sus personajes a un futbolista que después de conseguir fama en Europa se jubila a los 35 años, y en lugar de vivir en Ipanema o Copacabana, volvió a su barrio de origen. El pueblo adoró Avenida Brasil.

—En Cuba lo hemos admirado en La Muralla, La casa de las siete mujeres, Señora del destino, ahora en Insensato corazón... Si pudiera elegir, ¿cuál de sus telenovelas le gustaría que se exhibiera acá?

—Bueno, La casa de las siete mujeres es una obra magnífica, un trabajo muy intenso, y me da mucho orgullo haber estado en su equipo de realización. Como comedia tal vez sería bueno que se viera Ti Ti Ti (1985), donde me convertí en Chico. También seleccionaría la miniserie Años dorados (1986), sobre la época cuando surgió la bossa nova en la música y el Cinema Novo en el cine. Ahí interpretaba a un mayor de la aeronáutica, apasionado por las mujeres... En fin, me gusta todo lo que he hecho, tanto, que no consigo pensar mi vida sin actuar.

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