Django se desencadena (estrepitosamente) - Cultura

Django se desencadena (estrepitosamente)

El filme más reciente escrito y dirigido por Quentin Tarantino, Django Unchained, es una producción que garantiza entretenimiento, sátira y violencia física entre magnificada y burlona, amén de reinterpretar caprichosa y juguetonamente la historia de Estados Unidos

Autor:

Joel del Río

El filme más reciente escrito y dirigido por Quentin Tarantino, Django Unchained o Yango se desencadena, por decirlo completamente en español, seguramente estará ausente al pase de lista de las películas más significativas de esta década, pero la ausencia de los panteones labrados por críticos y especialistas hiperselectivos, apenas tiene algo que ver con el disfrute de una producción que garantiza entretenimiento, sátira y violencia física entre magnificada y burlona, amén de reinterpretar caprichosa y juguetonamente la historia de Estados Unidos.

El director y guionista se ha dedicado a poner en solfa un siglo de oestes norteamericanos, apologéticos y mentirosos, sobre el avance de los valores civilizatorios. Entonces, prefirió apoyarse en la vertiente paródica del western spaguetti, como se aclara desde los primeros instantes del metraje, para presentar el siglo XIX estadounidense y el nacimiento de esa nación, cual aquelarre de infinitas crueldades, violencias y salvajismos en nombre, siempre, de la civilización y de la «superioridad» de los colonos europeos.

Nadie deberá sorprenderse cuando el autor de Reservoir Dogs, Pulp Fiction y Kill Bill les confiera el protagonismo, y mayormente presente como héroes, a un hatajo de ladrones, vengadores y asesinos, esta vez en un contexto marcado por la esclavitud y el racismo, y una anécdota concentrada en las peripecias de Django, y su amigo alemán, en el rescate de la novia del primero, que es también esclava. Todo ello reforzado por los motivos de la venganza, el héroe redentor y enamorado, y la amistad a prueba de cualquier circunstancia, por solo mencionar un grupo de los clichés más visibles, en una trama marcada por el refrescamiento del lugar común a partir del exceso.

Más parecida a Inglourious Basterds que a ninguna otra de las obras anteriores de Tarantino, una semejanza que se refuerza con la actuación tan desbordada como absorbente de Christoph Waltz, Django Unchained reescribe y magnifica los colmos de los oestes clásicos, crepusculares, italianos o españoles, además de incorporar ciertos pormenores de los melodramas sudistas y decimonónicos en la cuerda de aquel clásico televisivo llamado Raíces. Pero en realidad se presentan solo algunos momentos de la brillantez burlona y delirante a que nos tiene acostumbrados Tarantino, y el conjunto dista de alcanzar, en su totalidad, ese sello inconfundible de un cineasta capaz de combinar momentos tomados del cine de autor más sublime con la pacotilla comercialista, y los residuos genéricos de las series B, C, D y Z, no solo norteamericana sino también europea y asiática.

Django Unchained se diferencia de otros filmes tarantinescos, sobre todo, en cuanto a su concentración en solo dos personajes (los que interpretan Christoph Waltz y el siempre convincente Jamie Foxx) y una trama única, tal vez por ello es que parece estirarse y redundar en prolijidades más allá de los límites demarcados por la cordura. Como aquellas retrospectivas la mar de convencionales y explicativas, o la dilatación casi paroxística de ciertas escenas verbalistas que trascienden el sentido común de un narrador interesado en sostener el interés de su anécdota. Pero a quien le importen demasiado la cordura, la racionalidad aristotélica y el principio dramatúrgico de la causa y el efecto, nada tiene que ir a buscar en los cines donde se exhibe este sarcasmo excesivo, laudable intento de revisar la bochornosa historia norteamericana en un año en el que abundaron las películas patrióticas y propagandísticas en el corte de Lincoln, Argo o La cacería de Bin Laden, por solo mencionar las más promovidas en el Oscar.

Algunos críticos apenas le perdonan a Tarantino el hecho de no haber entregado otra obra maestra, y otros le reprochan el revisionismo, el prisma eminentemente político (bastante raro en un cineasta especializado en la parodia del género criminal) y su eterna tendencia a sublimar la violencia y la sangre, el asesinato y la brutalidad, pero la mayoría de los espectadores disfrutarán con esta más que imaginativa, frenética versión de la historia del oeste, y del racismo, construida a través de grandes actuaciones, formidables diálogos e imparables citas y homenajes al cine más ramplón o formulista.

Nunca he militado entre las huestes de admiradores incondicionales de Tarantino ni alcancé el éxtasis ante aquellas escenas pantagruélicas que mostraban su manipulación exhibicionista de la violencia física, pero debo confesar que esta vez el autor me ha parecido mucho más convincente, maduro y comprometido en cuanto a su propósito de develar el humor (negro) que yace en ciertas escenas que el cine suele presentar, cuando las presenta, con un pudor mentiroso e hipócrita.

Aquí los disparos causan un impacto demoledor en el cuerpo del enemigo, y la balacera se convierte en festín demencial y vindicativo de toda una raza, porque Tarantino ha decidido reinventar la historia (como también lo verificaba Humberto Solás en el sueño sedicioso de Isabel Ilincheta en la película cubana Cecilia) y, al igual que en Inglourious Basterds cuando aportaba aquel final delirante de un cine que explota con toda la plana mayor del nazismo adentro, se dedica a fabular, reinventar y traicionar burlonamente lo que ya ha estado acuñado oficialmente.

Comedia estruendosa y desencadenada, más que oeste puro y duro, o melodrama histórico, o filme de acción y aventuras con violencia gráfica (todos estos códigos alternan en esta película) Django Unchained resulta, eso sí, una experiencia memorable, coctel otra vez consagratorio de uno de los cineastas más inventivos, posmodernos, copiadores y originales del cine contemporáneo, por mucho que algunos salgan de verla exclamando que pudo ser mucho mejor de lo que es. Y quizá hasta tienen razón. Pero no hay que llorar por la Luna si tenemos las estrellas, como susurraba Bette Davis en otro clásico de ese mismo Hollywood que hoy apuesta por el reciclaje.

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