Un optimista profesional

Alfredo Guevara, fundador del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), se definía a sí mismo como perteneciente a una generación comprometida con todo, pero fundamentalmente con los jóvenes cubanos

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Murió el notable intelectual Alfredo Guevara, el fundador del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), uno de los principales impulsores del nuevo cine latinoamericano, cuyo festival ideó y presidió hasta el mismo instante en que nos dejó físicamente. Y murió porque su cuerpo de 87 años ya no fue capaz de soportar un corazón que insistía en crecer. Un corazón que también, por la enorme humanidad que lo distinguía, apenas le cabía en el pecho.

Acaba de abandonarnos un hombre que, según sus propias palabras, pertenecía «a una generación que está comprometida con todo, ante todo y ante ustedes»; un ustedes que —como lo venía reiterando en sus últimos años— equivalía a decir los jóvenes cubanos. Ese fue uno de sus mayores desvelos hasta el final de sus días: su preocupación de lo que debía florecer en Cuba, como lo confesó tantas veces, pero sobre todo en aquel fructífero diálogo que, coordinado por el cineasta Kiki Álvarez, sostuvo Alfredo junto al también premio nacional de Cine Fernando Pérez, en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, el 13 de mayo de 2010.

Entonces afirmó: «Estoy desde el primer día en la acción y solo ahora, a esta edad, es que me toca analizar más que accionar, pero he hecho mi análisis que también es ético, moral. Mi generación, que tiene por símbolo principal a Fidel, está obligada, moral y políticamente, pero sobre todo moralmente, a producir un conjunto de transformaciones que abran el camino a lo que harán después ustedes los jóvenes...

«Nosotros todos estamos más allá de los 70 unos, y los otros más allá de los 80. Entonces, dentro de seis, siete, ocho años, no existiremos y tú mencionas dentro de 20 años (se refería al estudiante que lo interrogaba sobre cómo visualizaba a Cuba dentro de ese período de tiempo). Bueno, soy cubano, del trópico, no soy chino ni confucionista —no en el sentido de confusión, sino de Confucio—, por tanto calculo diez años. Sencillamente si en ese período no hemos cumplido la tarea a que nos obliga la historia, pues no la habremos cumplido, pero, ¿es que no se va a cumplir? La van a cumplir ustedes, que por suerte no tienen 40 años; son muy jóvenes. Es decir, si no lo hacemos nosotros lo harán ustedes irremediablemente, y yo espero que nosotros seamos capaces de iniciar ese camino hacia una sociedad que florezca.

«Hace falta un socialismo —yo soy socialista—, pero un socialismo que tenga un carácter renacentista, es decir, un socialismo que cumpla su objetivo, la apertura hacia ese inundar el mundo de belleza. Inundar nuestro mundo de belleza no es algo que pueda hacerse con criterios endogénicos (...) Hay que abrirse de modo tal que la persona se adueñe de sí de veras, y yo, un optimista profesional, creo firmemente que esto es posible a más corto plazo de aquel en el que me llegará la muerte».

Así pensaba el Alfredo Guevara que luchó en la clandestinidad contra la dictadura de Batista, que fue líder estudiantil y participó en el Bogotazo. Así pensaba un hombre que se resistía, al menos, a que sus ideas envejecieran, por tal razón insistía una y otra vez:

«Yo creo que las palabras se hacen viejas y que no hay que retocarlas con afeites, sino renovarlas con acciones interiorizadas. No se puede hablar de los problemas actuales con elementos referenciales que pueden ser válidos, pero que podrían encontrar otra forma de expresión, otra forma de comunicación. Lo primero que tendríamos que hacer es estudiar cuáles son las inquietudes, los problemas, las interrogantes que se plantean los jóvenes en nuestra época, en nuestros días, y buscar cómo llegar a ellos, pero limpiándonos de pasados que no les pertenecen».

Dialogar, dialogar. Y esencialmente con los jóvenes. De ello tenía una sed inagotable Alfredo. Tanto, que de ese modo tituló su último libro, publicado por Ediciones Nuevo Cine Latinoamericano, y cuya presentación se quedó aguardando por él en la Asociación Hermanos Saíz; encuentro que esperaba con ansias, consciente de que sobrevendría un debate intenso con esos creadores que lo admiraban profundamente, y quienes en el 2005 le otorgaron el Premio Maestro de Juventudes, que él honró con sus visitas casi cotidianas al Pabellón Cuba, con los intercambios con artistas e intelectuales, y las exhibiciones fílmicas y de artes plásticas que organizara desde el recinto del Vedado, que convirtió también en su casa.

Se trata de un texto que reúne, según explican sus editores, los disímiles encuentros que Alfredo había sostenido en fechas recientes con jóvenes intelectuales, estudiantes y profesores, animado por una razón: comunicarse con la juventud para debatir con ella significados, sentidos, problemas y alternativas en la hora actual de Cuba.

Es en estas páginas donde aparece, entre otras, la ya citada conversación con los futuros cineastas de América Latina, en la cual este notable creador, para quien el cine era un milagro, afirmaba que «sin poesía, sin que el ser humano sea dominado desde dentro por el amor a la belleza y por la convicción de que la obligación del artista (la obligación moral, íntima, no la que se impone) es inundar el mundo de belleza, algo que solo saben hacer y pueden hacer los poetas, no hay modo de retornar al respeto —que un día apasionadamente sentí yo— por la imagen.

«He vuelto a los libros cuando los libros comienzan a desaparecer, y me pregunto cómo pudieran las jóvenes generaciones invadir el mundo de la imagen de belleza, de belleza real, profunda. La belleza no es solo belleza, es también expresión de la verdad, de la bondad, de la justicia.

«Este mundo es otro. Los que hemos sido dirigentes, los que son y los que serán tienen que aprender a comprender que este mundo es otro y que, entre otras cosas, está transfronterizado. Ya no hay límites para nada y no es posible seguir actuando con una mentalidad local, provincial o municipal; esa es la clave de todo».

¿Qué significaba para Alfredo ser un artista? Lo definía en aquel intercambio que tituló Mi generación está obligada a generar transformaciones que abran el camino a los jóvenes: «Para mí, el artista es ese, el que no puede más consigo mismo, al que no le caben ya las ideas, el poeta que sufre, que se angustia porque no logra demasiado. En ese sentido, el artista es un dios, pero tiene que ser también un diablo. Si no hay algo diabólico en la inteligencia, en la creatividad, si no hay un poco de fuego que queme por dentro y queme a los demás, no es, por lo menos suficiente. Hay que cultivar un hervor dentro de uno, que se enriquezca sin tregua, ese es el valor de los libros para mí. Las civilizaciones todas están en los libros, y el culto por la biblioteca de Alejandría es, ante todo, un símbolo.

«En la formación del artista, la clave, para mí, es cultura, cultura y más cultura. Después veremos si está el talento también, pero primero cultura, cultura, cultura y más cultura. Desde la ignorancia no hay obra posible, tampoco en política».

Soñador empedernido, poseedor de la Orden José Martí —máxima condecoración que otorga la República de Cuba— y autor de textos imprescindibles como Revolución es lucidez, Tiempos de fundación y ¿Y si fuera una huella?, no frenaba nunca a la esperanza, como lo hacía palpable en las palabras a modo de prólogo que escribió para Dialogar, dialogar:

«Si estuviera a mi alcance, me haría rodear de los Servando Cabrera Moreno y los Raúl Martínez de esta época, e igualmente de los Alejo Capentier, los Lezama y Raúl Roa, y de los Gutiérrez Alea, Titón, y de los Humberto Solás; o sea, de los creadores del texto y de la imagen, de los fascinadores, y con ellos inventaría una inmensa catedral imaginaria y entonces llamaría a Leo Brouwer, que está aquí, y con él a Silvio y Omara, y en esa inmensa catedral, inmensa siempre porque sería la patria, llamaría a iniciar otra campaña de alfabetización de la conciencia, en la que todos, con todos y para todos, martianos hasta la médula, nos comprometiéramos juramentados, sin necesidad de juramentos, a salvar la patria fortaleciéndola desde la unidad y la acción renovadora. Cada quien desde su Iglesia, pero no observadores desde un margen u otro, sino como protagonistas. De eso se trata, de protagonizar “la nueva hazaña”. Esa que para mí, pretencioso como profeta, tendrá que generar en lo más hondo, esencial del alma, la solidaridad fraterna, fijar la mirada en el otro, dar sitio a la bondad y a la justicia, que entrelazadas pudieran ser amor, y siempre la belleza, que resume como iluminación iluminante».

Dialogar, dialogar

La Asociación Hermanos Saíz y la Casa del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, como homenaje póstumo a Alfredo Guevara, invitan a la presentación de su último libro Dialogar, dialogar, que tendrá lugar el próximo martes 23, a las 4:00 p.m., en el Salón de Mayo del Pabellón Cuba.

El gran intelectual revolucionario

El gran intelectual revolucionario Alfredo Guevara, nacido en La Habana en 1925, se incorporó desde muy joven a las luchas estudiantiles. En 1955 participó, junto a Julio García Espinosa y otros cineastas, en la producción del documental El mégano, antecedente del cine revolucionario cubano. Fue fundador de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo. Como dirigente clandestino en La Habana, fue detenido, encarcelado y torturado. Luego del triunfo de la Revolución, en 1959, fundó el Icaic y se convirtió en su primer presidente. Se desempeñó durante diez años como Embajador de Cuba ante la Unesco.

En cumplimiento de la voluntad del compañero Guevara, sus restos fueron cremados y sus cenizas serán esparcidas, este sábado 20 de abril, a las 3:00 p.m., en la escalinata de la Universidad de La Habana.

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