El realismo cubano de Adigio Benítez

Este miércoles falleció en la capital el Premio Nacional de Artes Plásticas y de la Enseñanza Artística, cuyas cenizas estarán expuestas hoy, a partir de las 9:00 a.m., en la Funeraria de Calzada y K, en el Vedado

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Otro duro golpe para la cultura verdadera: murió el notable pintor, grabador, ilustrador, diseñador, dibujante y profesor Adigio Benítez, premio nacional de Artes Plásticas y de la Enseñanza Artística. El hijo de Santiago y de Cuba toda que vio la luz en 1924, solo supo entregar luz, color y desbordante cubanía en esos lienzos que aún recorren el mundo.

Como los genios, empezó a garabatear desde muy temprana edad y después ya no pudo detenerse más. Para el gran creador que supo encontrar un lenguaje propio —eternamente se admirarán sus fantásticos personajes que él mismo nombraba papirotes—, pintar era una necesidad vital, «como lo es respirar o calmar la sed», decía.

«Un lienzo en blanco incita, es desafiante, su extensa blancura es como la inercia, una frecuencia muda como la desmemoria. El lienzo no es enemigo, sin embargo hay que rasgarle la piel con trazos que parecen cuchilladas».

Y allí, en sus obras, por lo general siempre estaba una escena cubana. «Pretendo unir a nuestro país con el resto del mundo, explicaba. En mis apropiaciones me esfuerzo porque aparezca Cuba, que exista una base de la cultura que me ha dado la razón de ser y de trabajar. Esa cultura está cimentada en la realidad de ser cubano, de vivir en esta maravillosa Isla».

Así creaba —con el único compromiso de trabajar por y para la cultura de su país— su mundo de maravillas, habitado por enormes calas y enormes crisantemos. «Hay quienes estiman que eso es arte de la complacencia, pero detrás de ese modo calmado o alegre hay una rebeldía, una negación de lo opuesto, lo terrible, lo satánico, lo apocalíptico existente en el mundo de hoy», explicaba.

Egresado en 1949 de la Academia de Artes de San Alejandro, empezó a darse a conocer como dibujante político. «Al comenzar mi vida de pintor, mi mecanismo de creación estaba muy urgido de transmitir mensajes de contenido social. La pobreza, la delicada situación política que atravesaba el país y la figura de algunos mártires se reflejaron en mi quehacer».

De ese modo cobraron vida en sus retratos los líderes de los movimientos obrero y estudiantil, Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena... Por ello fue secuestrado por la policía batistiana en 1958 y apresado hasta tres meses antes del triunfo de la Revolución. Y entonces aparecieron, en los lienzos del también poeta; de quien fuera distinguido como Profesor de Mérito del Instituto Superior de Arte, con la Orden Félix Varela de primer grado que otorga el Consejo de Estado, los milicianos, los soldadores, los blancos y los negros, las madres y los niños, los campesinos y los obreros..., como hacedor de un realismo fabulosamente cubano.

Por ello, y por su probada destreza artística y humanidad, Adigio Benítez, cuyas cenizas estarán expuestas este jueves, a partir de las 9:00 a.m., en la Funeraria de Cazada y K, será por siempre recordado. Murió en su patria quien se sintió dichoso justo por esa razón. «No puedo quejarme, admitió en una entrevista. Me ha tocado vivir una época excepcional. El triunfo de la Revolución bajo la guía de Fidel marca el día más memorable que pudiera vivirse, el momento en que los cubanos nos convertimos para siempre en hombres y mujeres libres, sin bota alguna sobre nuestras espaldas, el hito en que se sientan las bases para la construcción del socialismo; una sociedad más justa y humana, meta anhelada de los pueblos del mundo».

El maestro de la plástica

Desde mediados de la década del 40, las caricaturas y dibujos políticos de Adigio Benítez comenzaron a aparecer en diversas publicaciones de la prensa progresista de esa época. Realizó diseños de carteles, vallas e ilustraciones de libros. Sus primeros óleos datan de 1953. Fue profesor fundador de la Escuela Nacional de Artes Plásticas y el   Instituto Superior de Arte. Entre 1979 y 1983 presidió la Asociación Internacional de Artistas Plásticos. Publicó cuatro cuadernos de poesía y concibió seis murales. Sus obras forman parte de la Colección de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes, así como de otras instituciones y colecciones públicas y privadas.

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