El exceso que convence

El musical épico Les Misérables consigue resumir plausiblemente los cinco tomos de la novela homónima del francés Víctor Hugo, y desafía desde el punto de vista artístico las versiones cinematográficas y televisivas precedentes

Autor:

Joel del Río

El legendario Jean Valjean habla en inglés y canta sus parlamentos, para anular toda posibilidad de considerar en términos de verosimilitud la época ilustrada, en el musical épico Les Misérables, cuyos realizadores se empeñaron en lograr todo el tiempo ese tono mayor, trascendentalista.  Si el auditorio consigue soportar los excesos de melodrama, y sobreponerse a la cantilena exhorbitada de una película concebida con apariencia de tragedia realista, entonces podrá apreciar que, en medio de la algarabía, la crueldad, la violencia, el fango y los harapos, el director Tom Hooper y sus principales colaboradores se interesaron en saturar al espectador con acentuaciones que transforman la cinta en uno de los apelativos sensoriales más desbocados que recuerda el cine del siglo XXI.

A favor de los hacedores puede decirse que consiguieron «desteatralizar» por completo un musical nacido para las tablas, resumir plausiblemente los cinco tomos de la novela y, además, desafiar en cuanto a estatura artística las decenas de versiones cinematográficas y televisivas precedentes.

Del fecundo pasado, se rescató la esencia narrativa de una historia inmortal: dos hombres enfrentados en una persecución sin tregua; y en el subtexto, el enaltecimiento de cierta moral e idealismo, inherentes a la condición humana, en un terrible itinerario mediado por los sueños desgarrados, el desamor, el infortunio, la culpa y la redención.

El cine siempre padeció «miserablefilia», pero nunca hubo, como en esta última película, un desborde tan ambicioso de apropiaciones. Así, avalada por el aprovechamiento de precedentes arquitectónicos, pictóricos, literarios, musicales y teatrales, apoyada en el tema trascendental, el regusto trágico y 200 años de reverencia cultural, llegó a la gran pantalla esta versión longa y ruidosa de Les Misérables, que solo a ratos logra atrapar la esencia intimista y filosófica de Víctor Hugo, pero no se olvida de la defensa de los ultrajados y el impulso preclaro a la rebelión que propone la novela.

Superproducción de gran tirada, Les Misérables arriba en una época cuando son cada vez más frecuentes los filmes inspirados en grandes shows musicales teatrales (Chicago, Mamma Mía!) con la evidente aspiración de presentar, ante todo, un espectáculo comprensible y amado por la mayor parte del público. Sin embargo, a pesar de que los intérpretes canten todo el tiempo, la película se desmarca de ciertas características del cine musical sobre todo en la segunda parte, cuando se subordina el impacto de las actuaciones, la música y la escenografía a subrayar los aspectos histórico-románticos de cierta épica que propone una visión utópica e idealista, y clama por un mundo más equitativo y bondadoso.

No obstante, la película es más estática de lo conveniente (en un género que suele distinguirse por la ligereza y la agilidad), y menos sutil de lo esperable. Es tanto el estrépito y la lágrima, la furia y el énfasis, que algunos momentos se imprimen perdurablemente en la memoria, y casi nos hacen olvidar que estuvimos inmersos en una experiencia abrumadora de dos horas y 37 minutos, colmados por medio centenar de canciones.

Hasta el más consumado admirador de Víctor Hugo, el melómano atrapado por todas las variantes del  cine musical, e incluso los fervientes entusiastas del épico e histórico, puede aterrizar en el bostezo y el agotamiento ante las imparables canciones, concebidas a la manera de monólogos interiores más que de diálogos. De este modo contienden, al interior de la película, las tendencias encontradas al intimismo reflexivo (seguidas por los actores y la música) con la enfática reconstrucción de una sociedad totalitaria con todas sus miserias y brutalidades (descritas al nivel de la fotografía y la dirección de arte).

Estimulado tal vez por las variaciones del musical que representaron los experimentos de Tim Burton y Lars Von Trier, en Sweeney Todd y Dancer in the Dark, respectivamente, Hollywood nos ha regalado una suerte de antimusical colmado de melodías cuyos textos intentan simular el fluir de la conciencia, además de la prosopopéyica reconstrucción epocal, subrayada por situaciones lo suficientemente sórdidas, desencantadas o pesimistas como para contagiarle al espectador un modo diferente, más sombrío, del que muestra el 95 por ciento de los largometrajes musicales norteamericanos, europeos, iberoamericanos, o indios, por mencionar las fuentes más socorridas.

Tom Hooper se arriesga con el musical de vena trágica, pero a veces se enreda y tropieza con sus propias pretensiones de trascendentalismo, por un lado, y además, se equivoca cuando le encarga a un Russell Crowe, sorprendentemente inadecuado, una responsabilidad que lo rebasa.

Como en su película anterior, El discurso del rey, Hooper cuenta la redención de un personaje. Hugh Jackman se redime de tanto cine comercial de segunda categoría (una lista cuyos puntos culminantes se relacionan con su Wolverine de los X-Men) y deviene Jean Valjean, personaje trágico por excelencia, arrepentido de sus culpas, humanitario y protector, y además cantante correcto.

Si Hugh Jackman emprendió uno de los esfuerzos histriónicos más notables del cine norteamericano reciente, Anne Hathaway se ocupa de darle vida al momento más sublime de la película, que ocurre cuando le pone voz a Fantine cantando I Dreamed a Dream, luego de ser humillada en todos los sentidos en que un ser humano puede serlo. Y es cuando la actriz de Alicia en el país de las maravillas o El diablo viste de Prada parece irreconocible, sin maquillaje, casi rapada y con el rostro descompuesto por un rictus de dolor.

Una legión de seguidores y un número considerable de críticos acérrimos y consuetudinarios, glorifican los soplos de excelencia, o defenestran el conjunto pomposo y atronador que es Les Misérables, porque al parecer la película despierta, con la misma intensidad, desdén o aprecio.

Y como a estas alturas de mi existencia solo le pido a las películas un adarme de gracia y de belleza, y que sean capaces de llevarme a cierto estado elemental de tristeza o alegría, debo confesar que esta alcanzó a convencerme a través de los cuatro o seis principales personajes, quienes cantan a sotto voce sus elocuentes lamentaciones por las injusticias de un mundo que, desgraciadamente, ha cambiado demasiado poco desde las barricadas parisinas de 1830, 1841 y 1871 hasta los parapetos que hoy mismo concentran las protestas en varios países europeos.

Aunque al final los guionistas apostaron por desterrar a los reinos del sueño y del más allá todo empeño de los seres humanos por vivir en un mundo más justo e igualitario, Les Misérables transpira cierto hálito progresista, y de entusiasmo por ideales como la libertad, la igualdad y la fraternidad, en tanto le canta con énfasis a temas como la redención y la victoria final de la bondad y la compasión, en medio de una arriesgada combinación de realismo sucio y musical grandilocuente.

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