De la utopía al Salón

Luego de tres años sin realizarse, la reciente 14 edición del Salón de Premiados logró aunar en su nómina a más de una veintena de ponentes laureados en los eventos provinciales

Autor:

Aracelys Bedevia

Como un lánguido cirio que intenta mantenerse encendido, en medio de otras propuestas mucho más atractivas para nuestros jóvenes artistas visuales, el Salón de Premiados celebró recientemente su edición 14. Luego de tres años sin realizarse, este acontecimiento cultural logró aunar en su nómina a más de una veintena de ponentes laureados en los eventos provinciales.

Múltiples soportes, poéticas y modos de producir convergen en este Salón, cuyas obras ofrecen una panorámica de lo que en materia de arte visual contemporáneo se está haciendo en el país. La obra perfecta, 2011, del avileño Lainier Díaz López, resultó la ganadora del Premio Único que otorga el certamen, distinción que en opinión del jurado —presidido por José Veigas Zamora—responde a la calidad y objetividad en la presentación de la idea y el grado de consistencia conceptual que la respalda.

Se trata de una multimedia, con videoproyección en tiempo real, que propicia la interacción con el público e incita a reflexionar en torno al tema que la sostiene. Stafford 1 y 2, díptico de pintura en acrílico sobre tela, de Elvis Céllez González, de Pinar del Río, y Por encima del hombro, instalación de María Carla Llanes Pereira, de Mayabeque, recibieron menciones. Otras instituciones como el Fondo Cubano de Bienes Culturales, la Oficina del Historiador de la Ciudad y la revista Revolución y Cultura entregaron premios colaterales.

Instituido en 1986 para estimular y fomentar la creación a nivel nacional, el Salón  de Premiados apuesta por mantener la calidad y revolucionar la producción de los artistas en cada región cubana. Muchos jóvenes han encontrado en él la catapulta para validar su producción simbólica y confrontar su trabajo con el de otros creadores.

De estos encuentros provinciales emergieron un gran número de los que hoy tienen una obra legitimada en circuitos de la plástica a escala nacional e internacional: Ponjuan, René Francisco (Premio Nacional de Artes Plásticas), Olazábal, Belkis Ayón, Arturo Cuenta y Ángel Ramírez. Participaron también, entre otros, Ares, Néstor Arena, Elsa Mora, Esterio Segura, Elio Ricardo, Analía Amaya y Humberto Díaz.

Sin embargo, poco entusiasmo queda, comparado con el que se respiraba cuando este hecho cultural se celebraba en el Museo Nacional de Bellas Artes y era una de las principales oportunidades de sacar la obra del entorno provinciano y mostrarla a nivel nacional.

Dirán —y coincido con quienes así piensen— que existen otras posibilidades, incluso en las provincias, de promover y comercializar el producto artístico, o que la ayuda económica que se le ofrece al premiado apenas cubre, muchas veces, los gastos que implica preparar una exposición de arte contemporáneo.

Conscientes de que los salones provinciales no tienen la misma resonancia en todas partes y que un gran número de nuestros artífices jóvenes no siente la necesidad de participar en estos, sus organizadores consideraron que «un lapso más extendido favorecería la oxigenación y consolidación de las propuestas. Pero la realidad «volvió a propinarnos una       palmada en el rostro, entendiendo que no solo es cuestión de tiempo», expresó Aireem Reyes Rubio, directora del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales (CDAV), en las palabras al catálogo.

La solución no está en espaciar su frecuencia. Tampoco en dejar de celebrarlos. Existen provincias como Matanzas donde el Salón es una fiesta. Otras como Pinar del Río, Santiago y Camagüey han defendido ese espacio a lo largo de estos años e insisten en potenciar su movimiento plástico.

Se trata, más bien, de reestructurar el modo en que están concebidos estos salones. Hay que ser más rigurosos en la selección y en la curaduría que se hace en las provincias, porque no todo lo que llegó al Salón está a la altura de lo que se espera encontrar en eventos de esta índole.

El mayor reto, considero, está en llevar a vías de hecho la utopía y presentar proyectos que permitan desarrollar las artes visuales en cada rincón de la Isla; en pasar a la acción y lanzar una convocatoria verdaderamente atractiva y atrevida; en motivar a los grandes de la plástica para que vayan a las provincias —como se hizo durante algún tiempo—, en busca de propuestas más sólidas y revolucionarias. Hay que, sin renunciar a la utopía, llenar de mercurio el termómetro que durante años midió la temperatura de la plástica cubana porque este, así como está, apenas funciona.

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