Un artista nunca termina de aprender

Irene Rodríguez, quien en 2011 se alzó con el Premio Ramiro Guerra, que otorga la Asociación Hermanos Saíz a la mejor interpretación femenina en Danza Folclórica, ha dedicado la gran mayoría de sus horas al baile español

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Verónica Alonso Coro

«Disculpa el reguero, pero así es la sala de la casa de una bailarina», me dijo cuando entré y miré las zapatillas y la ropa de trabajo sobre el sofá, Irene Rodríguez, quien en 2011 se alzó con el Premio Ramiro Guerra, que otorga la Asociación Hermanos Saíz (AHS), a la mejor interpretación femenina en Danza Folclórica, un año antes de que compartiera el máximo lauro del VIII Certamen Iberoamericano de Coreografía (CIC) Alicia Alonso. «Es que acabo de llegar y no he tenido tiempo de recoger».

Para ella, el día a día es así. Mientras conversábamos me confesó su agotadora rutina, pero de la que no se aburre porque el poco tiempo y el amor por el arte no se lo permiten. Al baile español ha dedicado la gran mayoría de sus horas la Rodríguez, quien ha logrado, a fuerza de perseverancia, ser bailarina, profesora, actriz y directora de compañía, pues creó su propio grupo hace poco más de un año.

Un sueño que, reconoce, pudo materializar gracias al Consejo Nacional de las Artes Escénicas, a la Alonso y el Ballet Nacional de Cuba, Eusebio Leal, el Ministerio de Cultura, el Centro Andaluz de La Habana, el Gran Teatro de La Habana (GTH), el Centro Hispanoamericano de Cultura... y, por supuesto, a la Asociación Hermanos Saíz.

—Irene, ¿cómo se inició esa pasión por el arte ibérico?

—Empecé recibiendo clases de ballet en el GTH, pues mi mamá había sido bailarina de Pro Arte Musical. Cuando llevaba un tiempo en el curso, la maestra de danzas españolas habló con ella, pues había una alumna que no le estaba pagando (en este caso yo). Mi mamá se asombró porque su hija no tomaba clases españolas. Fue cuando la maestra le dijo que me escapaba de las lecciones de ballet para ir a las suyas. Así me incorporé a las clases con Andrea Méndez, quien me sugirió que empezara en el Centro Andaluz de La Habana. La directora del Conjunto de Danzas Españolas del Gran Teatro de La Habana, Olga Bustamante, me vio bailar y le gustó mucho mi interpretación. En ese momento nos propuso —a mí y a mi madre, porque yo tenía solamente diez años— que comenzara como parte de la cantera para luego ingresar a la compañía.

«A causa de una coyuntura especial, Eduardo Veitía asumió la dirección del conjunto danzario y su nombre cambió por el de Ballet Español de La Habana. Reaparecí entonces como alumna de la compañía profesional. En ese entonces se necesitaba una escuela más grande, por eso se creó, en 1993, la Academia Profesional de Danzas Españolas, donde recibí asignaturas como Flamenco, Escuela bolera, Ballet, Música, Maquillaje... Cinco años después, me gradué».

—A pesar de haber sido por mucho tiempo primera bailarina del Ballet Español de La Habana (desde hace un tiempo Ballet Español de Cuba), su naturaleza enérgica e innovadora la llevó a crear su propia compañía...

—Creo que estas ganas de inventarse lo nuevo se deben a mi personalidad. Por lo general, los jóvenes tenemos esa misión de innovar. La danza española, a pesar de ser un estilo que remite a España, puede hacerse más afín a nosotros, mucho más latina, a nuestro parecer, más de los tiempos que estamos viviendo. Este género danzario, y dentro de él principalmente el flamenco, está todavía muy encasillado, no se ha abierto como lo ha hecho la danza clásica. Nosotros queremos unirnos y ponerle nuestra huella e impronta a la manera de bailar las danzas españolas.

«Interpretamos un flamenco puro en determinados momentos, pero bebemos de lo que sea importante beber. Por ejemplo, cuando estamos interpretando a Federico García Lorca, y se necesita hacer un gesto de dolor, eso no es flamenco puro, ni estilización pura, es arte teatral. Cuando se interpreta la danza final del Sombrero de Tres Picos, se hace mucho ballet, porque lo necesita. En muchos casos, como sucede en Emigrantes, también fusionamos ritmos cubanos con nuestra manera de interpretarlos. Como los bailarines están muy bien preparados técnicamente, aprovechamos todo ese virtuosismo.

«Nuestro objetivo no es representar los estilos como una simple mímesis de los españoles, sino partir de ellos para sacar nuestra propia esencia y fruto.

«Por ser graduada de actuación, intento que lo que hacemos no sea danza por danza, sino que cada montaje tenga una intención, un contenido. Aunque hay algunas coreografías que son simplemente el virtuosismo técnico combinado con la música, buscamos, por sobre todas las cosas, que se exprese algo. Pretendemos siempre contar una historia».

—¿Cómo conseguir un estilo totalmente distinto?

—Ciertamente tenemos mucha influencia de la danza clásica, porque esta es necesaria para interpretar la estilización de las españolas. El ballet es la madre de todos los géneros, por eso es primordial para nosotros —además del flamenco—, porque ayuda a lograr una serie de posturas muy importantes en el bailarín.

«Pero, en realidad pretendo formar bailarines completos y así abrir las danzas españolas a la modernidad. Actualmente, la mayoría de los espectáculos internacionales son multidisciplinarios; tienen desde artes plásticas, hasta cantantes que bailan. Ya no hay barreras ni fronteras dentro del arte, y esto provoca que se fusionen ritmos y bailes que nunca se pensaron antes, incluso pop y rock con flamenco.

«De hecho, la coreografía con que gané el primer lugar en el VIII CIC, El crimen fue en Granada, inspirada en el poema homónimo de Antonio Machado sobre el asesinato de Federico García Lorca, me fue entregado por reunir las danzas españolas con la contemporánea y la interpretación teatral. En este caso, la música era flamenco con rock, jazz, junto con seguidillas y bulerías, que sí son palos flamencos».

—¿Dónde radica la sede de la Compañía de Irene Rodríguez?

—Actualmente radico en el Centro Andaluz de La Habana, gracias a la amabilidad de su presidenta, Blanca Fernández. Ha sido una linda casualidad que mis inicios como bailarina y mi carrera como directora y líder de compañía hayan sido allí. Ahora, después de mirar hacia atrás, y ponerme a pensar qué pesa más en mi vida: si el baile o la pedagogía, llego a la conclusión de que está todo junto. Con mis conocimientos como bailarina, con mi praxis, es que puedo demostrar y transmitir a mis bailarines lo que quiero que hagan. Ahora como directora estoy haciendo ver mis ideas. Diariamente mezclo estas dos facetas, porque practico con mis bailarines, y esto representa un doble esfuerzo para mí.

—¿Tu opinión de Alicia?

—Alicia Alonso es mi paradigma como mujer, como persona, como artista. La gente no tiene idea de su carácter tan maravilloso. Como cualquier persona, se enfada si las cosas están mal hechas, porque es muy exigente y metódica. Pero así son los directores de compañía: deben ser la mano rectora y dirigir con amabilidad, cariño, siempre tratar de transmitirles a los bailarines energía positiva. Y Alicia busca un equilibrio entre la exigencia y el estímulo.

«Como coreógrafa es genial. Sus obras son fabulosas y sus versiones de los grandes clásicos se bailan a nivel internacional por las grandes compañías del mundo. Como bailarina se distinguió no solo por la maestría técnica, sino también por su entrega y su manera de interpretar. Con su gestualidad facial le transmitía al público ese trasfondo de las obras, toda la dramaturgia de los personajes que interpretaba, esa gracia y sensualidad que muchas bailarinas no veían necesaria.

«Y como si fuera poco, consiguió convertir la danza clásica en un arte popular. Alicia Alonso y el Ballet Nacional de Cuba bailaron hasta en los cañaverales, arriba de las cunetas de los camiones, cuando ella era una gran estrella internacional».

—¿Cuál es la clave del éxito para un artista?

—Lo primordial es tener disciplina y entrega, antes que talento. Yo he visto bailarines que no han tenido tantas condiciones físicas, pero los acompaña una expresividad que les permite hacer suyo al público. Por el contrario, hay quien posee grandes condiciones, pero le escasea la pasión para entregar o carece de disciplina y constancia. Ese puede ser estrella de un día, mas no de una carrera, que es lo difícil de ser artista.

«Un artista no es el que saca una canción que se pega a nivel mundial y después no se escucha más hablar de él; eso fue un golpe de suerte. Un artista siempre se está superando, se está entregando y cada vez evoluciona también como persona, nunca termina de aprender. El que realmente es un bailarín no logra separarse nunca del baile, siempre mira a través de ese prisma».

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