Un trago de ron muy saludable

El teleplay Añejo, cinco siglos, dirigido por Magda González Grau y protagonizado por las actrices Amarilys Núñez y Luisa María Jiménez, inaugura esta noche el espacio El Cuento, por Cubavisión

Autor:

Frank Padrón

Añejo, cinco siglos es el notable relato de una respetable cuentista del patio llamada María Elena Llana, que adaptó para la pequeña pantalla Sergio Pérez y dirigió alguien que desde hace ya algunos años viene destacándose por su obra audiovisual: Magda González Grau; el teleplay obtuvo el pasado año el Gran Premio de ficción en el concurso Caracol de la Uneac.

Un encuentro imaginario entre personas que viven épocas, países y por tanto culturas diferentes, es algo que la literatura y el cine, en particular, han incorporado con no poca frecuencia; en esta ocasión Llana imagina, y plasma literariamente, el diálogo que entablan Chabela, una mulata, cubana típica, contemporánea, desgarrada por la salida en balsa hacia Miami de su marido; e Isabel de Bobadilla (la famosa Giraldilla), española que vivió hace 500 años y fue abandonada en la Isla por su esposo Fernando de Soto, cuando este partió a «conquistar» la Florida.

No es necesario abundar en lo que ustedes verán esta noche, como quiera que el audiovisual inaugura el espacio El cuento de la programación veraniega por Cubavisión, pero sí en algo que late detrás del argumento: la coincidencia de mujeres que han quedado sin sus parejas, en ambos casos porque ellos se han enrolado en algún tipo de exilio que presupone un adiós prácticamente definitivo; aun con tantas centurias entre una y otra, con diferencias culturales y sociales ostensibles, las dos protagonistas del relato enfrentan la soledad y le hacen frente mediante la conversación solidaria, la complicidad y el intercambio.

La emblemática bebida cubana, ese ron que nos enlaza a tantos por mucho que difieran real o aparentemente de nosotros, aparece aquí como sustancial motivo dramático que sirve de perfecta apoyatura al desarrollo del conflicto, el cual, dicho sea, y no de paso, transcurre en una mesurada proporción de elementos humorísticos y graves, apoyados justamente en la no identificación que hace la criolla de su colega peninsular, o en las plausibles diferencias lingüísticas y de dicción en el manejo del idioma, pese a lo cual, entre trago y trago de una botella que se agota, fluye y crece entre ambas la comunicación.

No es gratuita la manera en que se juega también con el tópico de la Florida en su dualidad connotativa y geográfica, pero que coincide en erigirse como punto de exilio de ambos cónyuges quienes parten, a sus respectivos modos y desde sus tan distantes épocas, a conquistar nuevos espacios, mientras el dorso del mismo: esa Cuba inamovible, particularmente su Habana esencial, se erige como destino enlazador de las dos féminas, espacio esta vez de su desamparo y, a la vez, de su esperanza, que las estrecha en una circunstancial mas no por ello menos sólida amistad.

La lectura televisual que ha realizado Magda resulta más que digna, apoyada en una recreación fotográfica espléndida de Rafael «Felito» González, por su minuciosidad, por la manera en que ha captado la luz nocturna, peculiar, sobre todo de esa zona —cercana a la Avenida del Puerto—, donde se ubica el cuento; la dirección de arte y el diseño de vestuario, que resaltan tanto las diferencias como lo más importante aquí, las similitudes entre estos personajes que a tantos siglos de distancia se acercan y complementan, dibuja a la vez esa singular atmósfera como de sueño que las rodea, conformando el diálogo fictivo.

Mis reservas personales en torno al teleplay radican en la narración. Considero que Añejo, cinco siglos pierde ritmo, sobre todo a partir de la mitad de su trayecto; que el encuentro final de Isabel y Fernando carece de la fuerza con que inició el relato (el de Chabela y su marido), y que no todos los diálogos entre las dos mujeres gozan de la misma intensidad ni alcance, lo cual, también debe aclararse, no hace perder el indudable vuelo estético que en términos generales define la obra, partiendo de sus analizados y bien reconocidos valores.

Entre ellos, a propósito, he dejado para el final uno decisivo en tal éxito: el trabajo de los actores.

Omar Franco y Patricio Wood, en sus breves apariciones, llenan correctamente sus cometidos, pero como este es un texto —en más de un sentido— de mujeres, son las actrices que dan vida a las protagonistas quienes sostienen buena parte del peso diegético: Luisa María Jiménez, desenfadada y sensual, pese al dolor que atraviesa su «cubana de solar», logra transmitir a la perfección tales contradicciones; Amarilys Núñez, deslumbrada y hermosa, es la eterna Giraldilla que evoca y aprehende con delectación y elegancia. Entre las dos se crea la magia y la compenetración de las que nos hacen partícipes, como el teleplay todo, en definitiva, otra valiosa e ingeniosa inmersión en nuestras fuentes identitarias que debemos agradecer a sus realizadores, y a la Televisión Cubana por programarlo.

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