La música del pueblo no tiene precio - Cultura

La música del pueblo no tiene precio

Abanderada de la delegación colombiana, Totó la Momposina ha develado en esta Fiesta del Fuego su concepción del arte genuino y su aspiración a que Latinoamérica sea una sola sinfonía

Autores:

Yelanys Hernández Fusté
Dayron Chang
Eduardo Pinto Sánchez

SANTIAGO DE CUBA.— No existe ninguna contradicción entre Sonia Bazanta y Totó la Momposina. Ambas nutren su existencia de aquellos elementos vitales que coexisten en la Naturaleza. Seguramente la tierra les proporciona alimento y savia; el viento, lo etéreo; el agua, lo dúctil, y el fuego, una intensa fuerza. Juntas conforman la vida que ese dueto Momposina-Bazanta aplica con una buena dosis del arte que ha heredado de sus ancestros.

«Lo único que hago es trasmutar lo que se hace en mi suelo y enaltecerlo a través de la buena expresión del amor, acompañado de la belleza. Y eso se llama en el arte el buen manejo de la escena», confiesa Totó en la Casa del Danzón Electo Rosell, «Chepín», donde es seducida por un experimentado bailador de nuestra danza nacional, que aprovecha su presencia en la 33 edición del Festival del Caribe.

Allí, entre compases y reconocimientos, la colombiana devela su mirada naturalista, su concepción del arte genuino y de la necesidad del concurso de todos para que Latinoamérica sea una sola sinfonía, un continente de esperanza, paz y buenas causas.

Las fuentes de La Momposina para darle forma a este arte auténtico están en el cuerpo y en los tambores. Son ellos el lenguaje común que escoge para comunicarse con el mundo. Explica que cada pueblo tiene una manera de cantar, de hablar, de asumir su cultura. Pero se trata de encontrar el equilibrio, ese que nos permite ser universales a través de lo cotidiano. Por eso halla en la centenaria Conga de los Hoyos un matiz único para canalizar las energías populares que siempre busca.

Y es en esta mística ciudad y en Cuba donde la afamada artista camina y conversa con familiaridad. Ahora ha regresado como abanderada de la delegación de su país a la Fiesta del Fuego, y le es grato recibir el homenaje del evento al Caribe colombiano, ese mismo que la viera nacer.

«Cuba siempre ha tenido un lugar importante en mi corazón y en el desarrollo de mi música. Hace 25 años, mi hijo estuvo becado aquí estudiando percusión. Cuando una recibe esa ayuda, esa colaboración de un país —porque mi hijo es cultor de la música tradicional y graduado de la escuela cubana—, no solamente con Colombia, sino con 26 países de Latinoamérica, entonces guarda una gratitud inmensa, y llega a sentirse comprometidísima con el desarrollo de esta Isla, dentro de ella todas sus ciudades y, especialmente, Santiago».

Una Totó vital y que asombra por la perfección de su danza y su canto fue vista en la Casa de Colombia en esta Fiesta del Fuego, una dicha que también tuvieron también los capitalinos, en el teatro América.

Son la meditación y el mantenerse alejada de la cafeína y el tabaco, sus secretos para conservarse en sus más de siete décadas de existencia. Eso le ha permitido también permanecer en el escenario santiaguero por más de tres horas, y cuando se le interroga sobre ese eterno vínculo que establece entre el baile y el canto, dice que «hay que moverse. Es sabor, el asunto», y sonríe hasta que se le dibuja una gran carcajada en el rostro.

Lo cierto es que el arte que Sonia Bazanta exhibe viene de un gran árbol genealógico. Cuenta a un grupo de periodistas que todo inició en la Isla de Mompós, de donde es oriunda. Allí su bisabuelo tocaba las cuerdas y se interpretaba, narra, «la música antigua de acá: la rumba, la guaracha, pero con guitarra. Mi punto de referencia siempre estará con Cuba».

Con la certeza de que tiene lazos sanguíneos en la Mayor de las Antillas, gracias a los relatos de su abuelo, señala que todos los Bazanta son artistas. «Somos una comarca de músicos que hace su trabajo. En Colombia, por ejemplo, hay en la sabana de Bolívar alrededor de 200 músicos (de apellido) Bazanta y cada uno está realizando su labor y a mí me correspondió esta».

La danza forma parte de sus actuaciones porque está apegada a ese legado familiar. «Mi mamá siempre decía que si uno no bailaba, pues no sabía expresarse bien o no podía desempeñar su quehacer. Y si no lo hacemos estamos mal, muy mal», asegura la artista, ahora con risa pícara por lo obvio de la integración de ambas manifestaciones.

La preocupación por la promoción de las culturas populares ocupó un lugar importante en la conversación con la Momposina. Ella insiste en que su música no se escucha con asiduidad en la radio y la televisión, y es menos favorecida por los circuitos internacionales que comercializan el arte.

«Siempre he dicho que nunca voy a pagar dinero para que promuevan mi música, que es la del pueblo, porque eso sería una falta de honestidad. Vengo de una familia de músicos y no estoy haciendo esto por negocio. Así de simplecito», argumenta, mientras nos seduce con su empeño de continuar regalando su hacer, el mismo que «se enaltece cuando está presente como debe de ser y sin pensar en ser protagonistas, porque la protagonista es la música».

Alerta entonces sobre el aspecto negativo que produce la fama en algunos. Insta a desterrar el ego y todos los defectos que tienen los hombres cuando suben a un escenario. «Es importante que uno esté claro, porque la música identitaria se mueve a través de la verdad y de la ley del equilibrio. Si no tienes eso claro, te puedes corromper fácilmente», sentencia.

Muchos le preguntan qué aderezos pone a su combinación musical, rica en detalles melódicos tradicionales de Colombia. Totó revela que junta las gaitas, los tambores y los cantos, procedentes estos últimos del romancero español y de los compositores populares de su país. Incluye, además, instrumentos actuales como las guitarras, las trompetas y los saxofones.

Pero la Momposina asevera que no está inventando nada. «Todo es producto del pueblo y yo lo canto como debe ser... Si no existieran las personas que hacemos esto no existirían las demás músicas, porque esta es la fuente de información. Si uno la hace como corresponde, con el tiempo se convierte en eterna, como pasó en Cuba y su Oriente».

Su visión de Latinoamérica resulta uno de los momentos más emotivos de esta conversación. Le pedimos que nos relate cómo se integró al grupo de tres cantantes —junto a Susana Baca y María Rita—, invitadas por los boricuas de Calle 13 para interpretar el tema dedicado a nuestro continente.

Esos muchachos, comenta, «me estuvieron persiguiendo por allá y por acá. Ellos tocan ese “tropipop”. Les dije: “Bueno, yo se los voy a cantar a la manera de Totó la Momposina, y sé que tengo mis raíces de soprano. Llegaron en avión un día en la mañana y en la noche ya estábamos grabando.

«Lo único que hice fue cantar esa letra con amor. Porque es la verdad, cuando Dios le entregó esas tierras a Abraham, este no tuvo que firmar un documento. No tenía que comprar la lluvia, ni el fuego, ni el sol. Y entonces lo canté con ese sentimiento, con propiedad. Cuando terminamos, estaban tres representantes de la América y yo dije: “¡Que viva la América!”. Y eso se llama realmente así, porque se ha creado una estrategia para que estemos unidos», concluye Totó y nos tararea nuevamente su intervención en Latinoamérica, un fragmento que se erige como su himno para sentir.

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