Algunas dudas sobre osarios y transacciones (+ Fotos)

A través del cubanísimo choteo, la película Se vende, escrita, protagonizada y dirigida por el reconocido actor Jorge Perugorría, dibuja el tejido sociológico y cultural cubano de los últimos meses, desde lo coyuntural y fortuito, lo circunstancial e instantáneo

Autor:

Joel del Río

«(La película) es un canto a la vida, un reclamo de mi generación y de las más jóvenes que lo único que están exigiendo es que quieren vivir, y por eso son capaces de desprenderse de las cosas que tienen, las cosas más queridas, y capaces de hacer cualquier cosa», declaró Jorge Perugorría en conferencia de prensa en la presentación de Se vende, escrita, protagonizada y dirigida por el reconocido actor de Fresa y chocolate y Lista de espera.

Clasificable en el rango de comedia negra, con momentos de absurdo y amargos comentarios sobre el presente, el filme significa la tercera prueba de Perugorría en la ficción, luego de la codirección con Vladimir Cruz (Afinidades) y aquel juguete cómico y semidocumental llamado Amor crónico.

El tema dominante, los conflictos principales y la propuesta de mayor calado ético de esta película se advierten desde el mismo título y los primeros minutos: en Cuba hay gente dispuesta, con tal de sobrevivir, a vender hasta los huesos de nuestros antepasados. Todo se le regala al espectador un tanto masticado, y las alusiones de cualquier tipo se entregan con demasiada rapidez y desde el principio. Quizá la historia comienza con una pegada demasiado buena con el diálogo en el cementerio (intercambio verbal que resulta finalmente el mejor de la película), entre la joven protagonista y su madre difunta que le aconseja vender la bóveda.

Poco después, luego del robo de los restos también en el cementerio, la trama avanza con dificultad y solo ofrece más de lo mismo, y se acumulan detalles reiterativos en torno a un solo concepto: aquí existen personas que lo venden todo, desde los huesos de los padres hasta las bóvedas donde sus restos tal vez descansen en paz. Y por más que se trate de una comedia, de una caricatura deformante y exagerada, como le conviene a la sátira, me cuento entre los espectadores a quienes la historia le resultó tan amarga y pesimista, que apenas si alcancé a sonreír un par de veces. Conste que probablemente se trate de limitaciones personales, porque conozco mucha gente que disfrutaron a rabiar con la estimable irreverencia de una película, cuya preocupación ética con los excesos del cambalache y la candonga resulta necesaria y oportuna.

Los problemas de Se vende no tienen nada que ver con los conflictos que se exponen ni mucho menos con las muy discutibles soluciones dramáticas a tales conflictos. La película se afinca tanto en la extrema obviedad, en términos de planteamiento y de soluciones dramáticas, que sus chistes se vuelven elementales, pueriles, y parecen prisioneros de la más flagrante subestimación del auditorio, aparte del abandono total de cualidades como la sutileza, la alusión velada o la insinuación penetrante.

A través del cubanísimo choteo, que el actor-director declara heredar vía Tomás Gutiérrez Alea (La muerte de un burócrata, Los sobrevivientes) o Juan Carlos Tabío (Plaff, El cuerno de la abundancia), el filme dibuja, pero no ilustra, el tejido sociológico y cultural cubano de los últimos meses. Así, tanto el fondo como la forma se entregan a lo coyuntural y fortuito, lo circunstancial e instantáneo, y ese fervor por reflejar el mangle le impide ver la línea costera.

El espectador se enfrenta a una visión superficial, resuelta a partir de chistes gruesos y predecibles, en medio de una caricatura bastante sombría que intenta colorearse, supuestamente, con personajes como los dos protagonistas cuyo romance está desprovisto por completo de química, la amiguita vendutera de la protagonista (muy notable Yuliet Cruz aunque al borde del encasillamiento), una madre hipercrítica que regresa desde el más allá a incentivar el espíritu comercial (que aquí se entiende por supervivencia), un padre tan esquemático que se vuelve momia reminiscente de ciertas retóricas, y una serie de apariciones especiales entre las cuales brillan, por su absoluto dominio humorístico de la situación representada, Raúl Pomares como administrador del cementerio, y Aurora Basnuevo, en el papel de la compradora de huesos.

Es complicado hacer funcionar una comedia cuyos personajes principales no dan gracia, porque entonces se supone que todo el humorismo recaiga en las situaciones, o en el desempeño de los actores secundarios. Las primeras funcionan, a veces (recuerdo a la protagonista leyendo la mano del agente de la ley, por ejemplo) y los papeles secundarios logran conferirle frescura y espontaneidad al conjunto, por más que la convocatoria a grandes grupos de actores para desempeñar papeles minúsculos se ha convertido en una solución manida para enriquecer las sugerencias del cine cubano más reciente.

Además, en la primera parte se abusa de la voz en off y se escuchan parlamentos extemporáneos y desmarcados del tono naturalista como aquel de «tanta vida por venir no logra sacarme los muertos de la cabeza», entre otros. Tampoco llegué a comprender nunca ciertas escenas disonantes como la terrible pesadilla de la protagonista ni la visita de la pareja central a la abigarrada casa de los padres del protagonista.

Se vende exhibe sin pudor su comunicación con ciertas tendencias del cine cubano más cercano, aunque disiento de quienes insisten en considerar a las comedias de costumbre con ribetes sociales nuestro género emblemático. Lo fue, en los años 80. Después, este tipo de películas dejó de ser, a ojos vistas, el plato fuerte y repetitivo de la producción del Icaic. Y ahí está la lista de títulos producidos desde 1995, o 2000, hasta ahora para corroborar que este género, tan respetable como cualquier otro, dejó de ser hace tiempo el más socorrido y popular del cine cubano.

Pero ocurre que Se vende parece, formal y narrativamente, una película pensada desde los años 80 y 90, a la cual se le adhieren temáticas contemporáneas, en tanto las situaciones que relata son posibles solo en la Cuba de hoy mismo. Y seguramente puede impugnarse el resultado artístico de una película, pero sería deshonesto tratar de tapar el sol con un dedo y negar algunas penosas realidades que aquí se exponen.

A pesar de las muchas objeciones, pienso que se trata de un filme oportuno, hecho y estrenado en el momento justo en que debió realizarse. Habrá que elogiar siempre la voluntad de Perugorría por colocar sus múltiples talentos en función de darle continuidad al proyecto de la cinematografía y de la cultura nacional, y tratar de establecer puentes de comunicación activa con el espectador cubano, y entregarle un divertimento que exprese inquietudes dignas de ser escuchadas, discutidas.

El problema es el cómo. El problema está en la ausencia de matices y la tosquedad. Porque, en mi opinión, las películas cubanas debieran trascender el marco de alusiones «picantes», que cualquier paisano puede disfrutar en los programas humorísticos de la televisión. Y en Se vende todo es, quiere ser, pantagruélico, trascendental, desaforado, y sobre todo directo, demasiado directo. Hasta el punto de que se anula la capacidad de la historia para sorprender (pecado mortal en una comedia), a pesar de que la última escena, si bien puede impactar a un espectador desprevenido, resulta forzada, artificiosa e incoherente en términos de tono y de alcance.

Jorge Perugorría anuncia que el próximo filme que dirigirá está inspirado en el cuento de Miguel Barnet, Fátima y el Parque de la Fraternidad, y agregó que no actuará en esa película. Lo de escribir, dirigir y actuar al unísono tensiona en demasía las posibilidades creativas incluso de los genios (Orson Welles, Woody Allen o Charles Chaplin incluidos), y en mi opinión sus próximos empeños en la dirección deben establecer colaboraciones con profesionales del guión y de la dirección de actores, que auxilien al cineasta en oficios divorciados de la improvisación y la premura.

Al fin y al cabo, los párrafos anteriores encierran, única y exclusivamente, opiniones personales que, de ninguna manera, aspiran a descalificar a ninguna persona o grupo de personas. Lo advierto para tratar de evitar los eternos equívocos entre el derecho del crítico a emitir una opinión personal y la supuesta obligatoriedad a claudicar con el gusto de la mayoría.

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