En el canto va mi alma - Cultura

En el canto va mi alma

La soprano cubana Yolanda Hernández conversa con JR acerca de cómo nace su inclinación por la música, sus preferencias y su llegada al Gran Teatro Wielki para protagonizar Halka

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

«Yolanda Hernández: cuando la voz suena excelentemente». «Una lección de bel canto». «Una diva en concierto». «La nueva María Callas cubana». «Lujo, calma y voluptuosidad»... De esa manera se han deshecho en elogios las revistas especializadas en el bel canto de Francia, Italia, Estados Unidos, la antigua Unión Soviética, Japón, Dinamarca, Alemania, Noruega..., cuando se han referido a la reconocida soprano de esta tierra, que ha conseguido desarrollar una carrera ciertamente exitosa en importantísimos escenarios del mundo.

Y es que siempre impresionaron su voz espectacular, su timbre que acaricia, su belleza de mulata que corta la respiración, lo mismo cuando actuaba al lado del afamado tenor nacido en Estocolmo, Nicolai Gedda, que con la Orquesta Filarmónica de los Países Bajos, la de Helsinki o la de Munich, cantando a Verdi y Puccini; o cuando hacía suyas las Canciones para los niños muertos de Gustav Mahler; el Wesendonck lieder, de Richard Wagner, o La Bohème, en el renombrado teatro Bunka Kaikan, de Tokio.

Porque estamos hablando de alguien que pasará a la historia no solo por haber tenido el privilegio de estrenar en América Latina la ópera nacional polaca Halka, de Stanislaw Moniuszko, o de haber integrado el selecto grupo de intérpretes de la obra de Rachmanivov, en el momento en que se celebró el centenario del genial compositor en el Teatro Bolshói, de Moscú, junto con el violinista David Óistraj, el pianista Sviatoslav Teofilovich Richter, el maestro Msistlav Rostropovich...

Sin embargo, Yolanda Hernández apenas es conocida en esta Isla de la música por las nuevas generaciones, tal vez porque ha sido acogida, desde hace algunos años, también en Alemania y Francia, justo por la grandeza de su arte. Y, no obstante, esta hermosa mujer no puede dejar pasar demasiado el tiempo sin abrazar su patria querida.

«Es inevitable, más fuerte incluso que yo», reconoce Yolanda a Juventud Rebelde. «No puedo dejar de llegarme a mi Cuba preciosa, porque aquí están mis raíces, aquí está mi gente, y porque creo que aún puedo aportarle mucho a mi país. No niego que me haría muy feliz que mi pueblo supiera que existe una cubana que lo representa con dignidad en el mundo, que se entrega por completo para poner bien en alto su nombre.

«En estos últimos años he podido conocer las nuevas y excelentes voces que defienden el arte lírico cubano, que se muestra pleno de una juventud poderosa, y que debemos ayudar. Es formidable el caudal de magníficas voces con se cuenta en estos momentos, lo mismo en la capital, que en Holguín o Pinar del Río. Eso no existía en nuestra etapa, aunque sí estaban, por supuesto, las grandes figuras... No, ese don presente en todas las cuerdas que ahora aprecio, no lo había entonces.

«Por esa razón me preocupo por propiciar que encuentren escenarios donde se puedan desarrollar, traigo obras completas, partituras, videos para que sepan cómo se hacen las cosas en Europa y en otros sitios. Hay que ayudar a esos valores, darles la oportunidad de que crezcan», dice con emoción Yolanda.

—¿De dónde le viene esa inclinación por la música?

—Mi madre escuchaba mucha música clásica y valses, supongo que ahí haya estado el germen de lo que me llevó a afirmar, desde los tres años, que sería cantante de ópera. Para mi madre aquella aseveración era un juego de niña, pero es evidente que se trataba de una decisión firme.

«Comencé primero con el pianista repertorista Luis Borbolla, y después, más grandecita, matriculé piano en el Conservatorio Alejandro García Caturla, con la profesora Zenaida Manfugás. También decidí tomar la escuela de percusión con el maestro Domingo Aragú, y estuve a punto de graduarme. Ya estaba lista para ensayar con la Orquesta Sinfónica cuando invité a ese eminente músico, padre de la enseñanza de la percusión, a la gala de fin de curso del conservatorio, donde canté varias arias de La Bohème.

«Cuando finalizó la gala me llamó y me dijo: “Mira, no te quiero ver más en mi clase. Tú tienes que estudiar canto”. Y fue de ese modo que me decidí de una vez a conquistar ese sueño que apareció siendo una chiquilla. Luego vendría el I Concurso de Canto de la Uneac donde conquisté el primer premio, lo que me llevó al emblemático Conservatorio Tchaikovski de Moscú, en la entonces Unión Soviética. Allí, tras los exámenes de ingreso me abrieron las puertas».

—Antes, formó parte de la Ópera Nacional de Cuba...

—Efectivamente. Estar en la Ópera Nacional completó una preparación envidiable, sin dudas resultó una escuela maravillosa. Allí pude compartir con artistas de primera línea. Bastaba con observarlos para aprender. Todos me enseñaron. Gracias a sus ejemplos llegué a Moscú con un profesionalismo recio.

—¿Cómo un niño descubre que puede cantar música lírica?

—Creo que lo primero es que empieza a notar que al cantar todos se quedan mirándolo atónitos. Es algo natural, un don, aunque después necesitas de la dirección de profesores que te ayuden a desarrollar esas dotes. Porque no es suficiente venir a este mundo con esa gracia, sino que hay que perfeccionarla con mucho estudio, con mucho esfuerzo. Me la he pasado estudiando música y de cuanto hay, porque en el caso de una carrera como la mía, no puedes dejar a un lado, por ejemplo, los idiomas —mientras mayor sea la cantidad que domines, mejor. Pero ello exige una dedicación total, solo así he conseguido hablar diez lenguas diferentes, aunque nada más puedo escribir a la perfección ruso, italiano, francés y alemán.

—Volvamos a su vida profesional. ¿Cómo llegó a convertirse en la titular de la ópera Halka, un acontecimiento que muchos todavía recuerdan?

—Bueno, ya sabes que era una cantante en desarrollo dentro de la Ópera, aunque había protagonizado varios conciertos y ganado el premio Uneac del año 70, pero aún no poseía el estatus de solista. Se habían escogido para los roles titulares a Gladys Fraga, Genoveva Blasco..., y se interesaron por mí. Hacía seis meses que se habían repartido las partituras de Halka, compuesta por Stanislaw Moniuszko, considerado el primer compositor polaco que traspasó las fronteras de su nación para lograr sonados éxitos internacionales en la música, así que puedes imaginar la trascendencia de esa obra en Polonia.

«Pero sucedió que la soprano María Foltyn, autora intelectual de la puesta en escena y que después se convirtió en admiradora, consejera y amiga —hasta escribió un libro sobre el montaje en Cuba—, ya había estado aquí y me había escuchado en un concierto. Por eso insistía: “La voz de Yolanda Hernández es la ideal para Halka”. Y un buen día sus compañeros decidieron preparar una voz más. Entonces propuso: “Tiene que ser Yolanda”.

«Y, efectivamente, me dieron la partitura un viernes, pero con el compromiso de que al lunes siguiente debía presentarme con el primero y segundo actos aprendidos. Te hablo de una partitura gigantesca. Cuando aparecí en el ensayo, el director comenzó por el primer acto, pero cuando paraba no decía por dónde lo iba a empezar nuevamente. Movía su batuta y yo debía estar lista. Y fui muy feliz, protagonicé la ópera Halka.

«De ese modo llegué al Gran Teatro Wielki de Varsovia, pueda que sea inmodesto decirlo, pero mis presentaciones alcanzaron un triunfo total. Supongo que también los impresionó el hecho de ser una mujer negra que interpretaba una historia tradicional sobre una campesina polaca rubia, con trenzas... ¡Qué le íbamos a hacer! (sonríe).

«Tiempo después, estando en Moscú, me llamaron para preguntarme si quería representar algunas selecciones de Halka o la obra completa. “Estamos interesados, me aseguraron, que quede para la historia del teatro y de la música de Moniuszko, aquí en Polonia”. Por supuesto que acepté. “¿Conserva la misma talla de entonces?”, me preguntaron. “Sí, pero ¿por qué me preguntan?”, respondí. “Porque de ser así sacaremos su traje del Museo de la Ópera”. “¿Cómo del Museo de la Ópera?, interrogué incrédula. “¿Pero usted no sabe que después de su última presentación su traje fue expuesto allí?”. No lo quise creer».

—¿Por qué la duda?

—Es que es una institución en la cual se encuentran la batuta de Toscanini cuando estuvo en Varsovia; el traje de Feodor Chaliapin al asumir Mefistófeles en el teatro Wielki, y uno de María Callas la vez que hizo la Margarita de Fausto. Y entre todos esos objetos de inmenso valor histórico y cultural se hallaba el mío. ¿Te imaginas qué honor?

—¿Qué le aportó haber recibido un postgrado en el Conservatorio Tchaikovski de Moscú?

—Fui privilegiada porque de pronto era la niña mimada del maestro Rostropovich. Me veía por los pasillos y me pedía: “Yolandita, por favor, cántame tal cosa. Algo de Rachmaninov”. Él se complacía enormemente con oír mi voz, y claro que uno se siente un ser especial cuando está acompañada por un músico de esa talla. Siempre me estaba aconsejando: escucha esto, debes cantar lo otro; gracias a sus sabios criterios conformé mi repertorio.

—¿Cuáles son las obras de las que no se puede desprender?

—Mi trilogía de grandes roles titulares la conforman: Aida, Trovador y Tosca, esas obras las he interpretado en todas partes, y en ellas siempre he dejado hasta mi alma, independientemente que dentro de mi repertorio figuran otros clásicos como Los cuentos de Hoffmann, que canté en la Ópera de París; La Bohème, Cavalleria Rusticana...

—¿Algún compositor que le haya costado demasiado hacerlo suyo?

—Mira, ya cuando uno tiene una buena base de solfeo, de armonía, de idiomas...; cuando has tenido maestros como los que ya te mencioné y como Félix Guerrero o Manuel Duchesne Cuzán, muchas posibles barreras van quedando atrás. Me ayuda también el hecho de que poseo mucha seguridad en los intervalos, por eso es que puedo poner mi voz como si fuera un instrumento más de la orquesta..., y todo eso ayuda.

—¿Y cómo le ha ido con el repertorio cubano?

—Mira, uno que me dio mucha dificultad interpretar,  pero me fascina, Quirino con su tres, pero como cubana rellolla me encanta Lecuona, Roig, Sánchez de Fuentes, Prats, Grenet, la música afrocubana de Moisés Simons... Y no puedo dejar de mencionarte mi repertorio de música contemporánea cubana, donde sobresalen las piezas compuestas por mi padre y mi guía, el maestro Harold Gramatges. También se me ha considerado una intérprete destacada de Gisela Hernández. Yo hice su primer disco, que grabó la Egrem, con sus lieder cubanos. Jamás he abandonado esa música nuestra que me hace vibrar.

—¿Cómo es un día suyo?

—Inicia con las vocalizaciones. Después paso a estudiar el repertorio. Resulta fundamental tenerlo en voz. Voy cantando lo que debo siempre recordar, porque en cualquier momento te pueden llamar, como me sucedió cuando me avisaron del Ministerio de Cultura de Roma porque querían que realizara una gira por Noruega, representando a Italia por el centenario de Verdi. Si no hubiera tenido ese repertorio en voz no hubiera sido posible. Hay que estar listo todo el tiempo; prepararse sin descanso, no queda más remedio, sacrificarse cada día. Y así lo hicieron Alicia Alonso y todos esos artistas geniales que nos llenan de orgullo: dieron cada día algo más, porque estaban conscientes de que cada actuación constituye una inmensa responsabilidad. Por tanto, aunque disfrutes con el corazón lo que haces, debes saber que cuando sales al escenario debes entregarte como si se te fuera la vida en esa actuación.

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