Miradas a la Gran Guerra

La Cinemateca de Cuba propone un recorrido a la I Guerra Mundial, el catastrófico conflicto armado que hace exactamente cien años convulsionó al orbe

Autor:

Jaisy Izquierdo

Un siglo atrás las naciones, cual fichas sacudidas por el efecto dominó, comenzaron a caer unas sobre otras, hasta que el mapamundi quedó irreconociblemente desordenado. Desaparecieron de raíz los imperios alemán, austrohúngaro, otomano y ruso, y la cifra de 16 millones de muertos fue alcanzada en tan solo cuatro años.

Desde aquel entonces la brecha quedó abierta, vino una segunda guerra mundial y hasta hoy penden sobre la Tierra los peligros de una tercera. Vicio incorregible el de la guerra, que ha dañado a los hombres a escala global con el humo de sus gases venenosos, las llamas de sus bombas sobre ciudades inocentes y una ciencia militar que no para de hacernos creer que guerrear no afecta la salud, y vende cajetillas de misiles, con filtro nuclear o sin él, al mejor postor.

La Primera Guerra Mundial vista por el cine, un siglo después es la muestra que propone la Cinemateca de Cuba para recordar el nefasto aniversario. El ciclo, que tiene su primera parte del 2 al 14 de enero y que continuará del 17 al 23 en su segunda entrega, siempre en el capitalino Cine Chaplin, no solamente permite asomarnos entre estallidos de cañones y metralla a aquel tristemente célebre trozo de la Historia ampliamente documentado por la cinematografía mundial, sino que aprovecha la ocasión para incluir títulos multipremiados y directores y estrellas de renombre que hacen de la selección un suntuoso botín. En él hallaremos las más diversas aristas que sus autores han mostrado a través de los años: el amor trunco por la partida o la muerte, la pérdida de la inocencia, el héroe que se sobrepone a los peores obstáculos, el pillo que intenta huir, la huella funesta en cada ciudad o alma atravesada por la guerra.

En franco alegato pacifista, La gran ilusión (1937) cuenta la historia real de un soldado francés que escapó numerosas veces de un campo alemán de prisioneros. El cineasta Jean Renoir, quien sirvió en la aviación a partir de 1916 y cojeó toda su vida a causa de una herida recibida en la pierna, se ganó la censura de Italia y Bélgica y que su obra fuera nombrada enemiga cinematográfica número uno por el ministro de Propaganda del III Reich alemán, el temible Joseph Goebbels.

Bajo el velo de la reprobación terminaría también Stanley Kubrick al transitar con crudeza por el polémico tema de los fusilamientos por cobardía en Senderos de gloria (1957), protagonizada por Kirk Douglas. Basado en hechos reales, el filme relata el ataque suicida del ejército francés contra posiciones alemanas, su estrepitoso fracaso y el consiguiente desenlace: tres soldados elegidos al azar se enfrentan a la pena de muerte. Como era de esperar, la incómoda película terminó prohibida en países como Francia y la España franquista durante décadas.

A los absurdos bélicos se opone desde su título la producción italiana Hombres contra la guerra (Francesco Rosi, 1970), protagonizada por Gian Maria Volonté y Bruno Pischiutta. Le sigue los pasos antimilitaristas la británica Rey y patria (1964), con los dilemas psicológicos que gravitan entre la cobardía, los efectos de la guerra y la deserción.

Con el antibelicismo nacido de la no menos famosa novela pacifista de Erich Maria Remarque, el director Lewis Milestone revela que toda guerra se mantiene Sin novedad en el frente: hambre, fatiga, miedo, dolor y muerte es el ciclo vicioso que repite cada día a su paso. Una herida profunda que se volvió a abrir cuando Johnny cogió su fusil (Dalton Trumbo, 1971) y quedó sin brazos, piernas ni rostro, pero con un mensaje entero a favor de la paz que conmovió al jurado del Festival de Cannes.

Un galo, Bertrand Tavernier, ondea la bandera blanca en La vida y nada más (1989), multipremiado filme que se ubica dos años después del fin de la guerra para hablarnos de una cínica paradoja: mientras los políticos desean dejar atrás rápidamente el desastroso pasado, dos mujeres se empecinan en escarbar en la pesadilla para encontrar al hombre amado que en ella perdieron. Siete años después retorna Tavernier a denunciar la falacia de la guerra en Capitán Conan, donde recrea la incursión del ejército francés en Rumanía para combatir en una guerra no declarada contra las tropas del Ejército Rojo, luego de haberse firmado la paz, cinta que acaparó dos premios César.

En la lucha por encontrar al ser amado durante la enmarañada postguerra se enrola igualmente Un largo domingo de noviazgo (2004). Con un elenco de lujo integrado por Audrey Tatou, Marion Cotillard y Jodie Foster, este drama romántico, ganador de cinco premios César y dos candidaturas al Oscar, explora además el tema de la automutilación voluntaria como un escape brutal y desesperado para tratar de salir del peor de los infiernos, la guerra.

De amigos que ven la conflagración como una aventura y sufren cruel desengaño hablan la inglesa El gran desfile (1925) y la australiana Gallipoli (1981). Esta última aporta los ideales de los australianos que se unen a la lucha y cuenta los esfuerzos de dos amigos —uno de ellos protagonizado por Mel Gibson— para alistarse en la lucha contra los turcos, aliados de Alemania. En una línea opuesta, La gran guerra, del italiano Mario Moniccelli, reúne a dos que solo comparten su falta de valentía y sus deseos de escapar a toda costa de las trincheras, una comedia memorable que se alzó con varios premios cinematográficos italianos como el León de Oro y el David di Donatello.

El aspecto aéreo de la muestra va encabezado por filmes que realzan el heroísmo de sus protagonistas a la vez que hacen alarde de complicadas piruetas a vertiginosa velocidad, clásicos títulos de todo un subgénero dentro del amplio abanico del cine bélico. Tal es el caso de Escuadrón de la muerte (Edmund Goulding, 1938), estelarizada por Errol Flynn; la celebrada Los chicos del aire (2006); El barón rojo (1971) y Alas (1927), cinta que pasó a la historia por ser la ganadora a la mejor película en la primera edición de los Oscar en el año 1929, y que además conquistó otra estatuilla a los mejores efectos especiales.

En esa primera entrega del lauro hollywoodense, otro drama bélico acaparó los aplausos desde El séptimo cielo (Frank Borzage, 1927). El legendario filme romántico obtuvo tres premios al mejor guión adaptado, dirección y mejor actriz, conferido a Janet Gaynor en la piel de Diana, la sufrida Penélope que espera el regreso de su chico del frente de batalla. De Borzage se incluye otro clásico, Adiós a las armas (1932), primera adaptación de la novela homónima de Ernest Hemingway, inspirada en su propia vida, sobre la relación sentimental de un soldado norteamericano (Gary Cooper) y una enfermera británica (Helen Hayes). La historia ambientada en Italia fue versionada por Charles Vidor en 1957, con Rock Hudson y Jennifer Jones, mirada que también forma parte de esta muestra fílmica.

De igual manera, dos versiones ponen en la mesa a la famosa bailarina de streptease y espía Mata Hari, una encarnada por Greta Garbo en 1931 y la segunda por la francesa Jeanne Moreau, tres décadas después. Lo mismo sucede con El puente de Waterloo, protagonizada por Betty Davis, un argumento mejor conocido a través del remake rodado en 1940 por Mervyn LeRoy, en el que Vivien Leigh y Robert Taylor tejen un amor imposible interrumpido por el llamado de la guerra.

Igual recurso sentimental para componer la trama esgrimen las cintas norteamericanas Los cuatro jinetes del Apocalipsis, En la noche del pasado y El precio de la gloria —realizadas en la primera mitad del pasado siglo—, al enredar los misterios del corazón con los destinos de la pólvora.

No faltan los acentos biográficos y aparece así la vida de un valeroso soldado en El sargento York (Howard Hawks, 1941), protagonizada por Gary Cooper, quien ganó para sí la estatuilla de la Academia por su interpretación. El reconocido cineasta húngaro István Szabó nos regala al enigmático Coronel Redl (1984), que sirvió como espía del imperio austrohúngaro y del ruso a la vez; mientras Lawrence de Arabia revive en la cinta británica que supuso el lanzamiento del actor Peter O’Toole como estrella internacional y conquistó siete premios Oscar, entre estos el de mejor película. La versión que exhibirá la Cinemateca es la restaurada en 1989, a la que se añadieron fragmentos nunca vistos.

Completan la amplia selección dos producciones de 2011: Caballo de guerra (Steven Spielberg) y El batallón perdido (Russell Mulcahy). Para el final reservo un título que se recibe con el halo de esperanza que transmite un abrazo de reconciliación: Feliz Navidad (Christian Carion, 2005). Coproducida amistosamente por los antes enemigos Francia, Alemania, Reino Unido, Bélgica y Rumanía, la cinta escoge un pasaje real y asombroso del conflicto bélico, donde dos ejércitos, el alemán y el francés, hermanados por la Navidad, deciden pactar una tregua, enterrar juntos a sus muertos, jugar al fútbol y salvarse mutuamente de los ataques aéreos que sus propios ejércitos les descargan ajenos a la insólita paz compartida. Sirva este centenario de la gran contienda, al menos para desear que la blanca paloma de la paz ahuyente al fatídico caballo rojo de la guerra.

 

 

 

 

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