Retratos de lo consabido y algunas excepciones

El documental digna guerra del realizador Marcel Beltrán confirma su posición sobresaliente en la «nueva ola» del documental cubano a partir de su notoria capacidad para develar los resquicios de compleja humanidad en protagonistas sumidos en la paradoja de su cotidiana excepcionalidad

Autor:

Joel del Río

Demasiados tal vez han sido los documentales cubanos de los últimos 15 o 20 años consagrados a trazar la biografía o rendir homenaje a figuras trascendentales del ámbito artístico y cultural. Y nada impugnable proviene de la intención de tributar honores a quienes lo merecen, pero estas apologías audiovisuales casi siempre se realizaron atendiendo a la saturación de las entrevistas como casi único recurso, y a un empleo bastante convencional de la voz en off, el montaje o el trabajo de cámara.

Entre todos estos documentales, dedicados a exaltar la valía cultural o artística de una personalidad, que con frecuencia soslayaron los conflictos inscriptos en tales hojas de vida, predominaban estructuras dramatúrgicas aferradas a la relatoría de anécdotas y méritos del entrevistado.

El hálito diferenciador de los buenos audiovisuales de este tipo supera la colocación, a punto y seguido, de entrevistas y material de archivo, y escapa a la reiterada alternancia de testimonios y performances, en una sucesión que se torna aburrida cuando el conjunto carece de crescendos o curvas dramáticas, de problematización, de suspense, de la más elemental distancia crítica, o de respuestas suspendidas respecto a la trayectoria artística descrita. Y no es solo que sobren varios testimonios, o que las imágenes de archivo muchas veces entorpezcan el discurso, en lugar de iluminarlo, ocurre que simplemente el documental no ha sido pensado en tanto obra de creación, sino por su valor de compendio y homenaje.

El problema de la mayoría de estas propuestas cubanas estriba en la carencia de asombros, y de revelaciones mayores, en testimonios de todas formas valiosos, pero que resultan a fin de cuentas reiterativas conferencias sobre lo ya sabido, o explicaciones de una obviedad inveterada que consigue saturar la comprensión del espectador con los más rimbombantes elogios. Y no soy yo quien va a negar el derecho a la apología más que justificada cuando se intenta ofrecer un mapa de gigantescos logros artísticos, pero en ocasiones se olvida que ese mapa, y espejo, debieran recurrir a mecanismos de puesta en escena mucho más elocuentes, y convincentes, que la manipuladora voz en off, para cubrir de aclamaciones a una figura cuyos méritos son de sobra conocidos. Además, es contraproducente verbalizar una lista de logros salvo cuando la obra aliente solo un objetivo didáctico-informativo.

Cuando los editores o realizadores de una obra de este corte permiten la abundancia de entrevistas acumulativas, intrincadas y cacofónicas, el espectador termina por desconectarse de una información demasiado prolija y apenas consigue concentrarse en los principios que sostienen la excepcionalidad del personaje biografiado. Así, un documental, que puede brillar por sí mismo, independientemente de la indiscutible grandeza de la figura «biografiada», finaliza suministrando la misma información que teníamos al respecto luego de consultar wikipedia o ecured.

Los mejores documentales, cubanos y extranjeros, consagrados a bailarinas, cantantes, escritores, u otras personalidades del arte y la cultura, trascendieron en tanto señalaron algún tipo de novedad respecto al sujeto, algún aspecto relevante de su personalidad, algún conflicto con el contexto, y por tanto nos posibilitaron atisbar en realidades, conocimientos o riquezas espirituales de que no disponíamos antes. Y en cuanto a las obras, más o menos recientes, que no solo confiaron, para validarse, en los méritos del biografiado, recuerdo, de fechas más o menos recientes, Con todo mi amor, Rita (2000, Rebeca Chávez); Las sombras corrosivas de Fidelio Ponce aún (2000, Jorge Luis Sánchez); No me voy a defender (2000, Ismael Perdomo, sobre el cantautor Pedro Luis Ferrer); Luis Carbonell, después de tanto tiempo (2001, Ian Padrón) o Las manos y el ángel (2002, Esteban Insausti, sobre el pianista Emiliano Salvador).

digna guerra, así con minúsculas —como para resaltar el significado esencial de palabras que se convertirían en imponente designación si iniciaran con letra mayúscula— pretende reconocer, incluso honrar, pero también explicar y comprender, la vida y obra de la directora de coros, cuyo laboreo al frente del Coro Nacional y del coro Entrevoces le han ganado justo reconocimiento dentro y fuera de la Isla. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de los documentales del patio dirigidos a exaltar el trayecto recorrido por ciertas imprescindibles personalidades, en esta glosa de sutiles matices el realizador Marcel Beltrán no solo confió en traducir sonora y visualmente los talentos de su protagonista, sino que también le propone al público la posibilidad de ahondar en el temperamento y observar la intimidad, porque al fin y al cabo temperamento e intimidad devienen puntales y espejos de las públicas acciones.

El retrato de Beltrán elude el dato acucioso en cuanto cronología, identificación de los personajes o entrevista directa, porque prefiere estimular las inferencias del auditorio, sorprender a Digna Guerra en momentos de exaltación y de remanso, mostrar la sincopada reiteración de los ensayos, testimoniar ciertos encuentros de la protagonista con su pasado, rememorar momentos de consagración a partir de deteriorados materiales de archivo, e introducir aquellos de reveladora frontalidad con alto y simbólico contraste de blanco y negro. De esta manera, digna guerra, con minúsculas, deviene fino conglomerado de texturas y estilos expositivos, cada uno de los cuales adquiere, paulatinamente, estratos de significación vinculados a temas en apariencia distantes como el papel de la personalidad en la cultura de la nación, o los modos en que este país se concibe y realiza la música.

Personajes extraños, singulares, de algún modo disminuidos, pero habitados por incombustible anhelo de contribuir y ayudar al prójimo, centran anteriores documentales de Marcel Beltrán, muchas veces cercanos a la ficción y la puesta en escena, como Parihuela (2009), Cisne cuello negro, cuello blanco (2010), Cuerda al aire (2011) y Memoria del abuelo (2012). El realizador prefiere orquestar el acercamiento a sus personajes en medio de momentos definitorios, cuando estos seres humanos se consagran como tales a pesar del naufragio, la derrota o la cercanía de una de esas catástrofes que pueblan la existencia de cualquiera.

Así, independientemente de que se trate de un eminente creador o de anónimos campesinos de la Sierra Maestra, la excepcionalidad de los personajes de Beltrán se muestra desde la combinación de lo observacional con ciertos recursos de la puesta en escena, como la estructura narrativa, el suspense y en cierto sentido, muy singular, el llamado «recorrido del héroe». Los protagonistas de Cisne… y Parihuela son víctimas de la soledad y el desafecto, e incluso del rechazo y la exclusión, pero ambos conservan un resquicio intocado de nobleza que Marcel, como autor comprometido con sus personajes, decide exaltar.

De este modo, su obra confluye con similares opciones éticas a las que desplegaba el cineasta iraní Abbas Kiarostami, en tanto sus películas comparten la belleza de lo pequeño y sencillo, el minimalismo narrativo, las iteraciones significativas y la sobriedad estética.

Y si bien Parihuela, Cisne… y Cuerda al aire trabajan personajes anclados en la contingencia y compulsados a crecerse, Memoria del abuelo se movía dentro de un registro formal mucho más experimental, pues apelaba a los recuerdos del músico Harold Gramatges para presentar una de las más hermosas cavilaciones del audiovisual cubano, de fecha reciente, sobre el paso del tiempo, la cercanía de la muerte y el carácter transitorio y fugaz de toda belleza.

Como Memoria del abuelo daba cuenta de la habilidad del director para manejar diversos registros estéticos, con digna guerra, Marcel Beltrán confirma su posición sobresaliente en la «nueva ola» del documental cubano a partir de su notoria capacidad para develar los resquicios de compleja humanidad en protagonistas sumidos en la paradoja de su cotidiana excepcionalidad.

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