Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Enrique vivo, Enrique vive

Las crónicas que domingo tras domingo, entre 1987 y 2002, publicara Enrique Núñez Rodríguez en Juventud Rebelde aparecen reunidas en el volumen El vecino de los bajos, que se presentó recientemente en Quemado de Güines

Autores:

José Luis Estrada Betancourt
Nelson García Santos

QUEMADO DE GÜINES, Villa Clara.— Si tú supieras mi sufrimiento,/ si te contara la inmensa amargura/ que llevo tan dentro... Liane Pérez Machado, integrante del trío Palabras, canta y encanta. Interpreta primero Si te contara, el bolero de Félix Reina, y luego Unicornio, de Silvio, y saca del alma una voz que parece venida de un mundo gobernado por la perfección. Y es solo en ese instante cuando los abanicos, que llenan el centro nocturno Bella Cuba de colores que baten, se detienen de golpe, como alelados.

A uno le cuesta entender que haya ocurrido tamaño milagro, y le agradece al hechizo «preparado» por Liane y Yoandy Guerra, un instrumentista que ha entrenado su inspirada guitarra para que «hable» y emocione. Porque es cuando único parece que «refresca» en aquella instalación que acumula calor por partida doble: el que propician los rayos del fortísimo sol, colado sabrosamente por las tejas de fibrocemento y que reparten en todas direcciones unos ventiladores de techo con mal de San Vito, y el muy humano que siempre aporta la gente de la tierra del guajirigallo, cuando es convocada para recordar la eterna obra de uno de sus hijos ilustres: Enrique Núñez Rodríguez.

Esta vez el motivo del encuentro, que tuvo lugar el pasado sábado, fue la presentación en Quemado de Güines de El vecino de los bajos, el cual reúne las crónicas que domingo tras domingo, entre 1987 y 2002, publicara en Juventud Rebelde el autor de textos como Gente que yo quise, Yo vendí mi bicicleta y Mi vida al desnudo. Justo el mismo libro con que Graziella Pogolotti convidará a la más disfrutable lectura este jueves 24 de julio, a las 4:00 p.m., en la sala Villena de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), encargo que con gusto asumió hace unos días el presidente de dicha organización, Miguel Barnet, allí donde viera la luz, en mayo de 1923, el también destacado dramaturgo y guionista.

Muchos habrán creído que a JR se le «cruzaron los cables» al sacar en su edición del sábado más reciente las palabras que Barnet escribiera con el fin de presentarle a las nuevas generaciones de la Isla a un criollo tan peculiar, por su probada cubanía, rica vida y espectacular obra, sin pensar que el adelantarse al notable suceso era parte de la táctica y la estrategia: hacerle saber a los quemadenses que si no se llegaban a Bella Cuba podían perderse esa joyita surgida del empeño del realizador Tupac Pinilla (compilador), nieto de Enrique, y de Ediciones Unión, que atrajo a colaboradores como Abel Prieto (prólogo), Roberto Fabelo (ilustraciones), Fermelo (diseño de cubierta), Beatriz Pérez (diseño de interior y diagramación), Lourdes Díaz (corrección)...

Para Miguel Barnet era superimportante hablarle a los más jóvenes, desde aquel suelo que pisaba por primera vez, del gran intelectual que «nos legó un inventario de la realidad monda y lironda de la vida cubana», un hombre al que «nada humano le fue ajeno, nada lo hizo estirar el cuello o desviar la vista de las cosas del diario vivir», y era portador de «un humorismo del más supremo linaje» y «un profundo sentido de la ética social».

Contó Barnet que con el «sucesor de Eladio Secades, Guillermo Lagarde, y de toda una rica generación de agudos escribanos como él gustaba definirse», compartió casi a diario durante los nueve años en que ambos formaron parte de la dirección nacional de la Uneac, que entonces lideraba Abel Prieto. Recordó cómo siempre le hacía notar, con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja, que él estaba invariablemente en el grupo de los «y otros» que se anunciaban cuando se daba a conocer la presidencia de cualquier acto de turno. «Así era de modesto Enrique, a pesar de que estamos hablando de una figura que estuvo bien presente entre los cubanos, alguien que fue tan querido por todos».

También Abel Prieto se mostró más que feliz en el Quemado de Güines que Tupac adora gracias al amor que su abuelo le dejó de herencia y adonde fue a parar huyendo de amores difíciles. La satisfacción del asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, General de Ejército Raúl Castro, venía acompañada de la «sorpresa» de que «por fin se cumpliera un acuerdo tomado en una reunión —lo que no sucede en el 99,99 por ciento de las ocasiones, dijo—, y que en ese lugar se estuviera dando a conocer el ganador del Premio Nacional de Crónicas Enrique Núñez Rodríguez, que JR retomó en la asamblea popular que celebró en el parque José Martí con motivo del cumpleaños 90 de Enrique».

Sí, Abel Prieto estaba superfeliz, al igual que el pueblo de Quemado de Güines, y Julio Ramiro Lima Corzo, integrante del Comité Central y primer secretario del Partido en Villa Clara; Jorgelina Pestana Mederos, presidenta de la Asamblea Provincial del Poder Popular; Julián González, titular de Cultura... Lo estaban en primer lugar por ver materializado El vecino de los bajos; en segundo porque el matancero Eugenio Vicedo Tomey resultó el nuevo ganador del mencionado concurso con su Un pitén diferente, según dio a conocer Marina Menéndez, directora de nuestro diario, al leer el dictamen del jurado presidido por María Elena Llana, e integrado por Reinaldo Cedeño y Yuris Nórido (se concedieron menciones a Jesús García Clavijo y Yoelvis Lázaro Moreno Fernández), y porque —lo fundamental— ninguno permitirá que se pierda tan importante legado.

«Tenemos la tendencia, decía Abel, de olvidar a figuras entrañables para la cultura cubana. Los empezamos a ver cada vez más distantes, y se nos van desdibujando. Pero no podemos permitir que Enrique se nos muera. Cuando, efectivamente, tenemos tanta influencia de culturas foráneas, Enrique nos da lecciones de cubanía de la más íntima. Enrique, que se nos metió en el corazón hablando de lo cubano no desde una tribuna, sino en minúsculas, acercándose a las “pequeñas” historias de su gente, de su pueblo. Enrique que nos enseñó a reírnos de nuestras dificultades para seguir resistiendo, para poder seguir adelante».

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