¿Gris? ¡Teatro multicolor!

Las obras de teatro Mundos de muertos y Delirio habanero siguen conservando el don de comunicarse con la platea, aunque los motivos que inspiraron ambas piezas les sean lejanos, sobre todo, a los más jóvenes

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

CAMAGÜEY.— Tal vez por estos días solo la LIV Serie Nacional de Béisbol se capaz de «robarle» los espectadores al Festival Nacional de Teatro de Camagüey, y eso cuando se produzcan choques como el de este lunes en que los anfitriones enfrentaron a un Industriales siempre convocador. Aunque, a decir verdad, desde que comenzó esta cita las salas han estado colmadas por un público que ha salido más que satisfecho, a diferencia de quienes repletaron el Cándido González y vieron perder sus esperanzas cuando los visitantes se fueron por encima en el octavo inning.

Y sin embargo, a pesar de ser un tema que seguramente atañe a medio pueblo, era poco probable que quienes marchaban cabizbajos por las calles debido al reciente fracaso beisbolero, hubieran podido contagiar con su tristeza a quienes terminaron sacudidos después de ver Mundos de muertos, la obra cuya dramaturgia y dirección llevan la firma de Fátima Patterson y que desde hace una década forma parte del repertorio vivo de la compañía santiaguera Estudio Teatral Macubá.

Porque la presente edición está celebrando también la convocatoria 15, es que Mundos de muertos aparece programada en el apartado correspondiente a De la buena memoria, donde también clasificó esa puesta memorable de Teatro de la Luna que lleva por nombre Delirio habanero, y que acá en Camagüey hizo delirar a un auditorio que quedó subyugado ante la contundencia de la pieza escrita por Alberto Pedro y que dirigió Raúl Martín.

Lo mejor de todo es que tanto Mundos de muertos como Delirio habanero siguen conservando el don de comunicarse con la platea, aunque los motivos que inspiraron ambas piezas les sean lejanos, sobre todo, a los más jóvenes: en el primer caso, una profunda investigación de la cultura popular tradicional, con un peso importante en lo relacionado con la religiosidad, que sirvió de base para el nacimiento del texto dramatúrgico; y en el segundo, el homenaje que sin dudas se le rinde a dos figuras cimeras de la música nuestra: Benny Moré y Celia Cruz, pero que, lamentablemente, apenas son conocidos por los más nuevos. Son justamente esos dos grandes, y Varilla, un afamado cantinero, los que salen a flote en los reiterados momentos de delirio de tres locos que noche tras noche se encuentran en un bar abandonado.

Pudiera parecer que a estas alturas Mundos de muertos tiene muy poco que decirnos, pero cuando uno se adentra en la representación, incluso aunque no entienda del todo los ritos y simbología que se emplean, no puede menos que sentirse angustiado al tomar conciencia de cuánto puede dañar vivir en medio de la marginalidad, de un mundo hostil. Todavía la cultura, a pesar de su poder de alumbramiento, no ha conseguido transformar algunas duras realidades sociales. Y aunque quizá hoy algunas ciudadelas y zonas periféricas no luzcan como la cuartería que diseñó para el montaje Pedro Castro, y hayan cambiado en lo físico, la realidad es que las mentalidades permanecen casi intactas, por lo cual la fatalidad y la violencia de todo tipo siguen reinando en ellas.

Es por ello que Mundo de muertos no deja indiferente al espectador, que ya dentro de la sala Tassende puede llegar a sentirse casi incapaz de respirar, inmerso en esa atmósfera de violencia, en esa fatalidad que acompaña constantemente a los personajes y que se percibe hasta en el aire que rodea a estos actores preparados para convencer. Sobre todo, Mairelis Flores (Vidente), Mateo Pazos (Iwi Mane), Diosnelvis Ortiz (Juan con todo), Jorge Patterson (Juan la risa) y Consuelo Duany (Lady Achaba).

Y hablando de actores, me quito el sombrero ante Yordanka Ariosa (la Reina), Yasel Rivero (El Bárbaro) y Luis Manuel Álvarez (Varilla). Ya habíamos aplaudido el magnífico montaje y la escenografía eficaz y superfuncional de Raúl Martín, y conocíamos de la fabulosa banda sonara de Rafael Guzmán, solo nos quedaba verificar si estos jóvenes histriones, en cuyos desempeños recae el peso de la obra, estarían a la altura de sus antecesores. ¿Y qué descubrimos? Que los tres parecen escapados de un manicomio. Así de interiorizados tienen sus personajes. Así nos hacen creer en sus desvaríos y en sus momentos de lucidez.

Como me sucedió con Delirio…, me acerqué con gran nivel de expectativa a ese notable espectáculo que tiene por título Gris, la propuesta de Teatro Tuyo para este festival. Admito que creía imposible que el colectivo de Las Tunas pudiera superar su anterior Narices, que significó mi reconciliación con el mundo del clown. Sin embargo, debo admitirlo, Gris me ha llevado a ponerlos en un altar.

Y es que con este espectáculo creado colectivamente a partir de la idea original de Ernesto Parra, director de esta agrupación que anda celebrando su aniversario 15, queda definitivamente dignificada una técnica que en nuestro país estaba tocando fondo. Sin embargo, Teatro Tuyo se ha adueñado de ella a partir de un trabajo interior profundo y de la atenta observación de la dinámica de la vida. De ese modo ha hallado una forma de crear personajes que logran una particular integración y complicidad con el espectador, al punto de que con Teatro Tuyo no hay cuarta pared que valga.

Quedó demostrado con este redondísimo espectáculo que narra la historia de tres payasos extraterrestres que aterrizan con sus escafandras (no dejan de sorprender con ese sabio afán de hallar soluciones reciclando objetos y traerlos de vuelta con otras funciones, —en este caso pomos plásticos de cinco litros) en nuestro planeta en busca de un cofre donde están encerradas las cuatro estaciones que pretenden llevarse consigo para colmar de luz y colores ese mundo gris de donde vienen.

Un llamado con gracia, alejado de todo teque y didactismo, y desde la emoción, a cuidar el medioambiente es este Gris que seduce por su frescura y tiene en los espectaculares Alex Batista (Karambola), Yani Gómez (Puchunga) y Leyder Puig (Lelé) una de sus principales cartas de triunfo.

Llama la atención el notable entrenamiento físico de Alex, Yani y Leyder, que les permite defender estos simpáticos payasos tan bien caracterizados. Ellos y sus tres maletas llenas de «cachivaches» teatrales se bastan solos para entregarnos mucha verdad en el escenario. Si algo no escasea en Gris es la libertad de creación, un guión bien pensado, mucha espontaneidad, fino humor...; cualidades todas que igual distinguen a ¡Ay, Margarita! o La loca aventura e increíble historia del caballero que conquistó su luz, de Teatro Andante (Granma).

De altura es esta entrega de teatro callejero con la que ha parado el tráfico la tropa que dirige Juan González Fiffe, encargado de la dramaturgia y puesta en escena. Superdivertida y original esta pieza que a la hora de conquistar no cree en edades y que nos presenta a un cocuyo que se ha quedado sin trabajo, y por tanto disponible, con la llegada de la electricidad al campo, creyendo que su luz ya no le servirá de nada, como le convencen un par de pillos cucarachones.

Rebosa cubanía este espectáculo sencillo, pero sólido, que propone una fábula que, de inmediato, encuentra sin ninguna dificultad un auditorio cómplice, el cual se deja seducir por las enormes potencialidades histriónicas no únicamente de una Dailín Anaya que en contradicción con su pequeña estatura se agiganta en su representación del cocuyo timado que necesita recuperar su luz, es decir, su identidad; sino, sobre todo de unos Julianner Suárez y Roque Figueredo que permanecen 45 minutos subidos en unos zancos prodigiosos, como si eso fuera lo más natural del mundo. Y así se convierten, además, en gato, lechuza, gallos, vaca... Ellos cantan, bailan y hacen magia encaramados en las alturas, pero descendiendo todo el tiempo para hechizar a esos niños que no pueden contenerse y participan abiertamente de la obra.

De premios son los imaginativos diseños de Félix Manuel Viamonte Cabrera que contribuyen a regalarnos esa siempre necesaria carga multicolor de buena energía y saludables emociones que provoca el privilegio de ser testigo de esos momentos en que se hace realidad el milagro del teatro.

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