El virtuosismo siempre estará en mi baile (+ Fotos)

Me lleno de orgullo cuando me toca representar a Cuba en cualquier parte del mundo, momentos en que me propongo poner bien alto nuestro nombre, asegura a JR Viengsay Valdés

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Que no cabía en sí de lo orgullosa, anduvo la Asociación Hermanos Saíz (AHS) por estos días de 24 Festival Internacional de Ballet, que recién finalizó. Y es que una de las suyas, Miembro de Honor para más señas, Viengsay Valdés, demostró que posee el difícil don de conseguir ser más y más amada, en cada nueva presentación que acomete.

Pero esa capacidad de algunos elegidos no la hacen olvidar su enorme responsabilidad con los escritores y artistas que conforman esa vanguardia agrupada en la AHS. «Soy consciente de que constituyo un ejemplo para muchos jóvenes. Sin embargo, lo asumo con placer, porque además me obliga a superarme sin descanso, a no resquebrajar la disciplina, a no abandonar la constancia», dice la primera bailarina del Ballet Nacional de Cuba.

—¿Qué representa para ti ser protagonista de un evento de tanta envergadura?

—Cuando llega el festival, ya a esta altura un primer bailarín lleva mucho tiempo sometido a no pocas presiones: físicas, emocionales, intelectuales... La verdad es que uno se viene preparando desde casi dos años antes. Por tanto para poder mantenerse bien hasta el final debes haberte fortalecido física y mentalmente, lo cual solo se consigue con una entrega absoluta en el trabajo, de lo contrario no te alcanzará luego la resistencia.

«Imagínate que el festival se desarrolla durante más de una semana, a veces con dobles funciones para los bailarines, e interpretando diversos ballets, lo cual requiere de una concentración distinta, de una cabal interiorización de los personajes, etc. Es decir, que debes saber cómo cambiar rápido el chip. Eso sin descontar las clases, los ensayos en las mañanas, y generales antes de las presentaciones... Es inmenso el estrés al que nos sometemos, pero hay que estar tranquilos, tomarse las cosas con responsabilidad y rigor, porque si te descuidas vienen las lastimaduras...

«No obstante, desde el punto de vista artístico representa el momento en el que el bailarín puede mostrarle al público su versatilidad, todas sus facetas. Asimismo, en cada edición se renueva tu repertorio y en ocasiones se te presenta hasta la oportunidad de estrenar obras, lo que nos viene muy bien, pues se trata de coreógrafos extranjeros reconocidos que se motivan a trabajar con nosotros. En ese sentido, me quedo satisfecha pues enfrento una labor muy completa. No solo bailo los grandes clásicos como La bella durmiente del bosque y El lago de los cisnes, sino nuevas piezas que se dan a conocer por medio de mi danza».

—En eso eres privilegiada… No hay festival en el que al menos no estrenes una obra...

—Así es. Es un honor que un coreógrafo que ha colaborado con importantes compañías del mundo haga una audición y me escoja a mí. Me hace sentir que estoy a la altura de las exigencias artísticas, intelectuales, culturales y técnicas de creadores como Annabelle López Ochoa, de sus expectativas. Uno se halla muy a gusto cuando se convierte en el material humano con el que ellos comenzarán a desandar el complejo y difícil camino del arte. Me halaga sobremanera que Annabelle pensara en mí para su Celeste, como antes hizo Peter Quanz, por ejemplo, con Double Bounce y Le Papillon. Es un privilegio, porque significa que estoy preparada, que yo también puedo aportarles.

—Hablando de nuevas obras en tu repertorio, ¿alguna que quisieras bailar especialmente?

—Hay varias que lamentablemente no las podemos incorporar por cuestiones de derecho de autor. Te podría mencionar, por ejemplo, Onegin, cuyos personajes exigen mucha madurez artística. Tatiana es de esos roles entrañables para mí. He podido apreciar este ballet montado por diferentes compañías, en video, y quisiera interpretarlo algún día, por la contundencia dramática de la historia. También me encantaría hacer Mayerling y Manon, de Kenneth MacMillan, y el Romeo y Julieta, de John Cranko, obras que demandan una interpretación sentida, y pasión en el escenario...

—¿Es que en este momento prefieres más esos roles que los que requieren un alto nivel técnico?

—Ciertamente no he dejado de disfrutar los grandes clásicos. El virtuosismo siempre estará presente en mi baile. Pero si además de las exigencias técnicas, puedo añadir fuerza interpretativa, hacer alarde de histrionismo, muchísimo mejor. Yo quiero continuar interpretando los Quijotes, los Cisnes negros, los Diana y Acteón, que de hecho me tocaron en el festival... Pero esos roles en los que me puedo desplegar como actriz, sin dudas me completan más como bailarina y como artista.

—En este 24 Festival te diste gusto...

—No lo puedo negar. Interpreté La bella durmiente del bosque, una reposición, pues hacía tiempo que no estaba en escena; también El lago de los cisnes, junto a Iván Putrov, conocido en Cuba a partir de la actuación aquí del Royal Ballet, y los pas de deux Don Quijote y Diana y Acteón, acompañada por el primer bailarín del Washington Ballet, Brooklyn Mack. Tuve la oportunidad de bailar otra vez Celeste, y cerré la gala de clausura con una nueva versión de Nuestros valses, de Vicente Nebrada, nombrada Valsette. Se realizó una adaptación para una sola pareja —en este caso Víctor Estévez y yo. Se estrenó con el acompañamiento al piano, en vivo y de lujo, de Marcos Madrigal.

—A muchos les llamó la atención que una bailarina de renombre como tú eligiera como partner a Víctor Estévez, muy talentoso, pero que recién comenzaba. ¿No fue demasiado arriesgado?

—Sucedió por cuestiones circunstanciales. Ocurrió que mis anteriores partenaires ya no estaban en la compañía, de modo que debía preparar el relevo. Decidí elegir a un bailarín joven, que sintiera los deseos de aprender y de superarse, y estuviera dispuesto a consagrarse al trabajo. Y Víctor, de notable potencial técnico, era ideal no solo porque cumplía con esos requisitos, sino porque además contaba con buena estatura, poseía magníficas condiciones físicas y cierto encanto en la escena. Con él hemos trabajado muy duro. Se ha tenido que presionar un poco, pero ha sido la mejor manera de garantizar el futuro. Creo que ha sido bueno para los dos y para la compañía.

—Una y otra vez eres invitada a participar en galas internacionales...

—Son muy provechosas, pues en ellas aprendo todo el tiempo. En ocasiones me presento con Víctor como partenaire regular, pero en muchas otras interpreto mis roles con bailarines de distintas compañías, lo cual me permite intercambiar experiencias, confrontar nuestras versiones con las de ellos, combinar lo mejor de distintas escuelas de ballet, etc. Así me sucedió con Brooklyn Mack, con quien logré bailar una semana antes de que rompiera el festival. Como él es norteamericano y estábamos cerca, en Puerto Rico, solicité que lo localizaran cuando el chico que iba a bailar conmigo se lastimó. Con Iván Putrov no había tenido esa experiencia. Ese era un Lago que muchos esperaban en este festival, donde fui la única bailarina que intercambió en escena con un extranjero, una tradición que se debiera rescatar. Recuerdo que junto a  Giuseppe Picone protagonicé Giselle, y que con Felipe Díaz, del San Francisco Ballet, interpreté Chaikovsky pas de deux. Esas estaban entre las vivencias más hermosas que ocurrían en La Habana.

«Mira, que me inviten constantemente a participar en esas galas me hace sentir como una embajadora de nuestra Escuela Cubana de Ballet. Me lleno de orgullo cuando me toca representar a Cuba en cualquier parte del mundo, momentos en que me propongo poner bien alto nuestro nombre. Me interesa mostrar cómo se baila en la Isla, sobre todo las mujeres de estas generaciones (por supuesto que la gente no olvida a Alicia, las Joyas...), pues ya los muchachos son famosos por Carlos Acosta, José Manuel Carreño, Joel Carreño, Rolando Sarabia... Me interesa dejar constancia de que las bailarinas cubanas somos muy académicas, virtuosas, contenidas, con control muscular y visibles elevaciones de salto; artistas, sensuales, entregadas en la escena... y ¡qué bueno tener esa oportunidad de evidenciar nuestro histrionismo y poderío técnico, pasión, musicalidad! Ser la embajadora, por tanto, de la cultura cubana, para mí es un tremendo honor, la verdad.

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