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Pronóstico reservado

El proyecto Lucas está comenzando a extraviar el rumbo y deriva, paulatinamente, hacia el populismo rampante, la farándula adocenada, y la más inocua cartelera o concurso de popularidad

Autor:

Joel del Río

Una hora y 15 minutos después de lo anunciado comenzó la conferencia de prensa, el 29 de octubre, en el salón Arcos de Cristal de Tropicana, para dar a conocer a los nominados al premio Lucas en la temporada 2014. La cifra de periodistas que asistieron, estoy seguro, estaba muy por debajo de la de otros años. Una buena parte de los realizadores tampoco se hallaban presentes para recoger las menciones de un jurado que, en esta edición, contaba con solo diez miembros, de los cuales la mitad proceden de la realización de audiovisuales, principalmente para la televisión.

En una conferencia de prensa sin preguntas ni respuestas, donde no hablaron periodistas ni creadores pero abundaron baches, problemas de audio, desajustes en la proyección de los videos y presentadores aferrados a los lugares comunes más incómodos y altisonantes, la mayor parte de quienes «amenizaron» procedían de categorías como el pop house electrónico o el tropical urbano, de modo que también se vio lesionado el balance genérico que, hasta ahora, el proyecto intentó mantener en cada una de sus presentaciones.

A juzgar por estos y otros síntomas, Lucas —que ahora anuncia riesgosas galas en vivo a todo lo largo del mes de noviembre— está comenzando a extraviar el rumbo que antes lo colocara entre los más emergentes y singulares proyectos músico-audiovisuales cubanos, y está derivando, paulatinamente, hacia el populismo rampante, la farándula adocenada, y la más inocua cartelera o concurso de popularidad.

Todo ello pudiera y debiera encontrar abrigo bajo esa gran sombrilla que es el programa de televisión y sus muchos seguidores, versiones, apropiaciones, etcétera, pero Lucas no solo ha servido de paradigma, sino que también se está dejando arrastrar por la neurosis pop de mantenerse en el top ten, y de alguna manera se están lacerando aquellos presupuestos de creatividad y respetabilidad que antes lo animaron.

Y conste que corro el riesgo de ser inexacto a conciencia, puesto que me estoy refiriendo al programa como si no formara parte de un sistema televisivo que, por lo visto, está permitiendo, ignorando o favoreciendo, la pérdida de un perfil cultural, intelectual y artístico, en pro de la contienda por una popularidad irrestricta y acrítica.

Nada tengo en contra de la existencia de las listas de éxitos, los géneros concomitantes con el pop ni mucho menos abogo por un elitismo que solo encumbre los videos de música coral o instrumental, o los de tradicional y folclórica. Pero es que Lucas, desde sus primeros años, se afilió a un grupo grande de críticos, especialistas, creadores y teóricos para tratar de conferirles a los premios una intencionalidad que contribuyera con el posicionamiento del video musical cubano en tanto encrucijada de lenguajes y conceptos próximos a la sociología y la psicología, el cine de autor y el videoarte, la animación y el documental, la musicología y la historia, los estudios de racialidad y de género.

Tiene que parecerse a un retroceso el sacrificio, o el arrinconamiento momentáneo, de tantas intenciones y complejidades para acomodarnos otra vez en la verdad relativa de que el video musical no es más que la obra promocional de una disquera para incentivar su carácter comercial. Sí. Básicamente estamos de acuerdo. Pero estratégicamente debiéramos estar de acuerdo también en que si pensamos en línea con lo más progresivo de la cultura y el arte en Cuba, el video musical podía y sabía ser mucho más que eso. Y prefiero pasar por alto, en esta ocasión, la tendencia dominante en el suplemento cultural Lucas, de la editorial En vivo, porque de solo hojear cualquiera de sus últimos números se perciben con toda claridad los tonos y fragmentos de la línea editorial predominante.

Pero hablemos sobre los resultados de este año. El mayor número de nominaciones lo alcanzaron videos cuyas canciones gravitan en el mundo del pop y la fusión. Además de figurar en la categoría priorizada de Mejor video del año, Brujas, de Sexto sentido (dirigido por Joseph Ross); Bota a matar, de Buena Fe (Ian Padrón); y Alcé mi voz, de Ivette Cepeda (Alejandro Pérez), encabezan la competencia en tanto rivalizan también en una larga lista de otros apartados como Mejor dirección, Producción, Dirección de arte y Coreografía, por solo mencionar los rubros en que clasificaron los tres.

Entre cuatro y seis postulaciones fueron acaparadas por Serás sol, de Diana Fuentes; Llueve otra vez, de Augusto y la Sinfónica Nacional; Que nadie sepa, de Gretel Barreiro; y Ya no más, de Osamu y David Blanco, que muy bien pudo acceder al selecto club de los más sobresalientes, empujado por sus cinco nominaciones en muy diversas especialidades.

Los seleccionados con mayor número de postulaciones derrochan méritos. Sin embargo, hay que lamentar la exclusión de algunos títulos como Este amor que se muere, dirigido por Ian Padrón para el dúo ocasional de Beatriz Márquez y Juan Formell, o el escaso reconocimiento de Haydée Milanés en Palabras, y de Niurka González con Tonada II- Sonata para flauta sola, afiligranado trabajo de Lester Hamlet que asimila encuadres, texturas y colores de la pintura impresionista francesa (Manet, Monet, Degas) en apropiación de códigos que debió ser reconocida de acuerdo con la plenitud de su belleza y singularidad. Más que elogiar la tremenda emotividad y la eternización de un instante único (Este amor que se muere) o la consecución de una atmósfera sugestiva que simboliza toda una época y su música (Palabras), prefiero apuntar la tendencia reciente a considerar meritorio, en exclusiva, el corte vertiginoso, la angulación sofisticada, el abigarramiento o el barroquismo en la dirección de arte, el efecto especial o la animación generados en computadora… en desmedro de la sencillez elocuente, el testimonio vivaz aunque implícito, el minimalismo, la cordura y la contención.

Ahora que tanto estamos hablando, preocupados todos, sobre el fomento de la cultura audiovisual, sería un verdadero pecado abandonar a la tutela del comercialismo, las moralinas, el populismo, la abulia y la rutina, uno de los proyectos más conspicuos y sanamente controvertidos del panorama cultural cubano. Cuando el año pasado triunfó el clip El vuelo del moscardón, por encima de otros videos protagonizados por intérpretes de masiva y aplastante popularidad, puede ser que en las premiaciones se escucharan algunas voces de protesta, pero estoy seguro de que al final miles de espectadores vieron El vuelo… y se convencieron de sus valores, o al menos comprendieron las diferencias entre lo mejor y lo más popular, dos categorías que no siempre coinciden ni difieren, porque simplemente se rigen por parámetros distintos.

A propósito de las diferencias entre lo mejor y lo más popular, es curioso cómo la confusión está invadiendo incluso los predios de Lucas, que parecía tener claro el balance entre ambos. Un par de semanas antes de que se dieran a conocer los nominados, en la Uneac se convocó a una reunión entre quienes quisieran razonar sobre el momento en que se encuentra el videoclip cubano. Parte del tiempo precioso se estuvo discutiendo sobre la manera en que deben confeccionarse las listas de éxitos o Lucasnómetros, y hubo que emplear otro segmento largo, demasiado largo para mi gusto, en explicar, incluso a personas muy integradas al proyecto Lucas, por qué razón la categoría de Mejor video del año ostentaba, muchas veces, gran distancia respecto al Video más popular, la categoría que al fin y al cabo provoca el entusiasmo masivo y clamoroso de la mayor parte de los espectadores.

Este año compiten por el cetro de la popularidad Ángeles (Serás mía y Besando tu boca), SMS (Crazy Life), Descemer Bueno, Gente de Zona y Enrique Iglesias (Bailando), Mayco D’Alma (Como te amo yo), Yuly y Habana C (El que la hace la paga), Leoni Torres y Descemer Bueno (Amor bonito), Chacal y Yakarta (Luna), Qva Libre  (Cuando tú dices que me amas) y Buena Fe (Bota a matar). Es decir, que habrá que esperar la protesta del público cuando se premie como mejor video del año a cualquiera de los nominados que no sea Buena Fe, puesto que solo ellos comparten la preferencia del jurado y el gusto de la mayor parte de los espectadores. Resulta demasiado fácil vaticinar los resultados.

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