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Música es lo que soy

Graduado con Diploma de Oro en el Instituto Superior de Arte, para este joven el piano ha sido el centro de su vida hasta el día de hoy, según confesó a Juventud Rebelde

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

A los tres años de edad, Marcos Madrigal, cual niño prodigio, aprendió a leer música antes de poder descifrar las letras del abecedario. «Por eso es mi idioma más afín —dice. De hecho, puedo entender con mucha mayor facilidad una partitura que un párrafo de una novela, aunque, curiosamente, no escogí que fuera así. Sin embargo, existe una gran verdad: el piano ha sido el centro de mi vida hasta el día de hoy».

Sucedió que en lugar de inclinarse hacia el cine, por aquello de la herencia que le pudo llegar de familia, Madrigal creció casi pegado al instrumento con el cual se ha ganado un enorme prestigio como concertista a nivel internacional. «Prácticamente me crié en la casa de unos vecinos muy cercanos, dueños de una tremendísima tradición musical. A los tres años, la señora que me cuidaba, Marta García, me enseñó a tocar piano», cuenta el graduado con Diploma de Oro en el Instituto Superior de Arte.

Después vendría el Conservatorio Alejandro García Caturla, con la maestra Viera Ulaskievich. «A los seis inicié mi enseñanza de un modo profesional. Hasta ese momento era de esos chicos “raros” que, siendo tan pequeñito, se “defendía” con un instrumento en programas de la televisión.

«Más tarde ocurriría algo que me marcó para siempre: conocí a la grandísima pedagoga Teresita Junco, quien se convirtió en mi guía hasta que me seleccionaron para perfeccionar mis estudios en Italia», detalla a JR en exclusiva este joven multipremiado en una de esas agotadoras jornadas del 24 Festival de Internacional de Ballet de La Habana, en que se preparaba para el estreno de Valsette, la versión de Nuestros valses de Vicente Nebrada, que bailarían en la noche de clausura Viengsay Valdés y Víctor Estévez. Un evento de alto valor artístico que se esperaba con el mismo interés que suscitó su magistral acompañamiento con la música de Chopin a las estrellas del New York City Ballet, Ashley Bouder y Joaquín de Luz, en Other dances, de Jerome Robbins.

—¿En qué momento supiste que el piano sería definitivamente tu camino?

—Creo que el «encantamiento» se produjo cuando me inicié en los concursos. Entonces uno empieza a descubrir el rigor de la vida profesional a la cual te debes enfrentar cuando asumes esta carrera. Porque lo cierto es que en mi primera etapa de estudios todavía no estaba consciente de que ese sería mi camino. Es increíble, pues aunque sabía que sin la música no podría ni siquiera respirar, como no la había escogido, pensaba que debía elegir hacer algo, al igual que mis amigos, quienes optaron por una carrera, mientras yo permanecía metido en el mismo mundo en el que me hallaban desde pequeño.

«Mas hubo una experiencia muy fuerte para mí, si bien ya había ganado premios y hasta realizado giras: el Concurso Internacional Ignacio Cervantes. Era la segunda vez que se hacía ese certamen y Teresita me convidó a que probara. Después de él me dije: “espérate, que esto va en serio”».

—¿Qué tuvo de particular ese concurso?

—Mi recuerdo mayor es que era muy joven (tendría unos 17, 18 años) y todos los concursantes cubanos me superaban en siete u ocho, mientras que conocía muy bien la carrera de los extranjeros que vinieron. Para mí era un sueño compartir con ellos esta vivencia, pero jamás me imaginé que ganaría el concurso. No olvidaré que nos preparábamos con Teresita en la onda de: probemos a ver qué pasa. Fíjate si fue así que para la primera vuelta me puse el mejor traje con que contaba, pues temía que más adelante no pudiera mostrar mis galas más llamativas (sonríe).

«Ciertamente, el programa de la competencia era muy fuerte. Había que interpretar música desde el Barroco hasta la actualidad, además de concierto con orquesta, sonata clásica, obra romántica, otra del siglo XX... Entonces sí, constituyó un gran reto, pues debía demostrarle al público que conocía los estilos, que podía diferenciar las escuelas... Allí estábamos todos diciendo: “Esto somos nosotros”. Resultó una experiencia muy hermosa que pude compartir con dos queridos amigos y grandes pianistas: Gabriel Urgell y Patricio Malcolm, acompañados todo el tiempo por Teresita Junco: una gran familia. El Ignacio Cervantes me marcó tanto que cuando finalizó nos dedicamos con la maestra a proyectar un futuro, que ha ido más lejos de lo que imaginamos».

—Y te viste obligado a repetir el traje...

—Ah, sí, exacto (sonríe). ¡Y tuve que repetir el traje!

—Mencionas una y otra vez a Teresita Junco, con quien evidentemente creaste un vínculo muy cercano...

—Digamos que un profesor de piano es una guía, y no solamente musical, sino humana. Como la enseñanza se lleva adelante por medio de una clase individual, hablamos de una persona que nos va preparando justo en el período en que nos estamos formando como hombres y mujeres. Entonces, se convierte en un ejemplo de vida. Por tanto, se necesita por una parte que el profesor posea una cultura y conocimientos sólidos, y cuente con una experiencia pedagógica importante, y por la otra, que sea muy humano, que te enseñe a convivir con todo lo que conlleva ser un músico de carrera... Yo fui muy afortunado no solo porque pude encontrar a una Teresita que fue una pedagoga y pianista eminente, sino, además, un ser humano increíble. Trabajamos juntos casi 14 años, tiempo en el que se transformó en mi segunda mamá.

«También debo decir que aunque tuve la oportunidad después de perfeccionarme en una de las mejores academias del mundo, el pianista que soy es gracias a la escuela cubana, a Teresita; a Viera Ulaskievich, que me formó antes. Porque lo indiscutible es que llegué a Europa siendo ya un pianista de la escuela cubana, con todo el filo ruso que teníamos de la escuela soviética, y, además, alumno de Teresita, cuya mayor virtud fue respetar nuestra individualidad. Y, sin embargo, lo mismo en mí, que en Patricio, Gabriel, Aldito López-Gavilán, Madarys Morgan..., se percibe su sello... Sí, Teresita Junco fue profesora, mamá, amiga, confidente, la mejor compañía en el momento de reír y de llorar.

«Que de cualquier manera no me quejo porque mi actual maestro, William Grant Naboré, es una gran persona. Mas yo voy a los concursos solo, me autopreparo, decido por dónde va mi carrera, y él está allí —al igual que el resto de los notables profesionales con los que me perfecciono— para apoyarme, enseñarme, para darme consejos, estimularme..., pero es otro tipo de relación».

—Háblame de tu perfeccionamiento en Europa…

—Fue genial llegar a la prestigiosa Academia Internacional de Pianoforte Lake Como, altamente valorada por los pianistas clásicos. Es un proyecto creado por la inmensa intérprete argentina Martha Argerich y  William Grant Naboré para que notables maestros al estilo de Andreas Staier, Dimitri Bashkirov, Fou Ts’ong, John Perry y Malcolm Bilson, se reúnan y escojan siete instrumentistas en carrera y les brinden la oportunidad de hacer un máster.

«Si lo consigues, ya no solo eres uno de los siete alumnos de la Academia de Como, lo cual prestigia tremendamente el currículo de un solista hoy, sino que te confrontas con los otros seis, al tiempo que tu quehacer se pule con la influencia de otras escuelas. ¿Te imaginas trabajar la música rusa con Bashkirov, quien es la máxima autoridad de esa escuela en la actualidad, o a Chopin con Fou Ts’ong? Es una de las experiencias más sublimes que uno pueda vivir como artista».

—Tu currículo evidencia que eres un concursante nato.

—Un «concursero»... (vuelve a sonreír).

—¿No es demasiado estar todo el tiempo sobrepreparándote?

—Justo por eso lo hago. Tengo la suerte de que mi carrera es bien movida en cuanto a conciertos, pero es incomparable el modo en que uno estudia para una competencia que como lo hace para un concierto. ¿Por qué? Porque en el primer caso el programa es mucho más amplio y completo; igual hay que abarcar muchos más estilos... Es realmente agotador, pues exige todo el tiempo más y más del intérprete que, al mismo tiempo, puede confrontarse con pianistas de su generación, lo cual no sucede, por lo general, en las presentaciones. También se aprende muchísimo viendo todas las escuelas, los estilos, todos los tipos de pianistas...

«En un concurso, más allá de conquistar algún premio, o de si te eliminan, siempre se gana. Me lo enseñó el maestro Frank Fernández. Ya participando, con tan solo el programa que debes montar, que equivale a años de conciertos, has ganado, además de que estos eventos también se erigen como una plataforma para que el mundo te conozca.

«No obstante, las carreras no las hacen los concursos. Si uno ve la nómina de los pianistas que se encuentran en los circuitos de festivales, conciertos, conciertos con orquesta..., se da cuenta de que muy pocos han conquistado los certámenes más importantes... La carrera es otra cosa: lo esencial es estar en los principales centros europeos y americanos para la música clásica y de concierto...».

—Que es lo que, de alguna manera, has logrado hacer...

—Que es lo que estoy haciendo. Posiblemente cuando esta entrevista salga publicada ya haya emprendido una tournée en el norte de Italia, auspiciada por Keyboard Trust, una de las más grandes organizaciones de jóvenes pianistas del planeta, inglesa, a la cual pertenezco desde febrero pasado, cuando debuté en el Steinway Hall de Londres.

«Esta gira artística forma parte de un festival llamado Encuentro con Rachmaninov, que tendré el honor de clausurar junto al concertista ucraniano Vitaly Pisarenko. Y me siento muy orgulloso, porque hasta la fecha únicamente han participado en dicho evento rusos e ingleses. Nosotros dos protagonizaremos, con la Orquesta Filarmónica Marchigiana, bajo la dirección del maestro Federico Mondelci, los conciertos que se realizarán en tres de los escenarios más bellos y representativos de Italia: el Teatro delle Muse, de Ancona; el Gentile, de Fabriano; y el Rossini, de Pesaro. En mi caso interpreto la Rapsodia sobre un tema de Paganini para piano y orquesta, opus 43.

«Luego estaré en Roma para el relanzamiento del disco Classico Napolitano. Después debutaré, el 2 de diciembre, en la Purcell Room at Queen Elizabeth Hall, en Londres, una de las salas más significativas del circuito europeo, para luego regresar a Italia con el objetivo de preparar la presentación de mi más reciente producción discográfica. En realidad ha sido un año magnífico, no he parado en los últimos meses: he actuado en Colombia, Suiza, Francia, Italia, España... Mucho trabajo, pero yo feliz».

—¿Cómo es un día de Marcos Madrigal?

—Un poco aburrido. Me levanto y enseguida me siento en el piano a trabajar hasta la hora de almuerzo —antes voy al gimnasio a hacer un poco de ejercicios para cargarme de energías para la tarde. Regreso, como algo rápido y me vuelvo a sentar hasta que los vecinos me puedan soportar. Así es mi día típico: muy sacrificado, pero muy lindo, porque estoy siempre compartiendo con la música. Cuando no es así, estoy en un aeropuerto, en un avión o en un tren llegando a la sala de conciertos, probando y tocando.

—¿Por qué no te autodefines, por favor?

—Artista, músico y pianista..., en ese orden. Soy una persona que ha conseguido vivir del arte. O sea, la música no es solo lo que hago, sino lo que soy, de lo que vivo en todos los sentidos. Sí, creo que si hay una palabra que me define es: música. Como ves, soy muy afortunado.

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