Dos que se aman y se hieren

En el 36 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano tres filmes (dos de ellos concursantes) focalizan de manera bastante original a parejas tan apasionadas como conflictivas

Autor:

Frank Padrón

La pareja de cualquier tipo sigue siendo vórtice principalísimo del cine; mas no son esos amantes armónicos que logran construir altares de su relación los preferidos por los cineastas, sino todo lo contrario: aquellos que aunque se quieran mucho también se lastiman al punto de que muchas veces dan al traste con su amor.

Tres filmes (dos de ellos concursantes) focalizan de manera bastante original —hasta donde es posible en ese terreno tan trillado como es la pantalla grande— esas duplas tan apasionadas como conflictivas. Se trata de Aire libre, de Argentina; Playa del futuro, coproducción entre Brasil y Alemania, y Paraíso, de México.

Mientras el matrimonio que forman Lucía y Manuel proyecta edificar una vivienda más amplia para ellos y su pequeño hijo, en realidad su relación de pareja se derrumba; es la paradoja que emplea Anahí Berneri (Por tu culpa) para erigir su filme Aire libre, que concursa en largos de ficción.

No es una obra donde haya demasiada historia, apenas detalles, pequeños gestos y actitudes aparentemente insignificantes pero que redundan en un hecho incuestionable: esa mujer y ese hombre se atraen, se desean, se necesitan pero a la vez comprueban (y nosotros con ellos) que el inmueble que significa su vínculo amoroso se carcome sin remedio, algo que les afecta a ellos tanto como al niño, quien desde su precocidad advierte que algo anda mal.

De esto es lo que da testimonio un filme que se inserta dentro de los presupuestos del llamado «nuevo nuevo cine», en tanto logra subvertir los parámetros narrativos tradicionales (léase aristotélicos) e infundir más estados anímicos y atmósferas que sucesos en sí mismos.

Lo cierto es que el relato está notablemente estructurado, de modo que aprehendemos paulatina, mas pormenorizadamente, los signos evolutivos del inevitable derrumbe; junto a elementos decisivos como el montaje y, en este caso, la dirección de arte, con todo el simbolismo y la literalidad que porta el ambiente de construcción y trazado arquitectónico tan decisivo en la diégesis, sobresalen los esmerados desempeños de Leonardo Sbaraglia (ya todo un veterano del cine argentino) y Celeste Cid.

Otra pareja, esta vez masculina, da vida al filme Playa del futuro, de un brasileño «coralizado» en ediciones anteriores: Karin Aïnouz (Cielo de Sueyli), concursante en la misma categoría.

El bombero Donato vive feliz en su pueblo costero (Fortaleza) con su madre y su pequeño hermano, y por azar conoce al alemán Konrad cuando este pierde a su amante ahogado en el mar; entre ellos nace una relación que se prolonga a Berlín, adonde marcha el brasileño de visita. Aunque riñen a la hora del regreso, pues Donato extraña lo suyo, este decide finalmente quedarse, pero las cosas entre ellos parecen cambiar… para mal.

Playa… consigue, como es habitual en este realizador, momentos de gran plasticidad visual y no poca fuerza en lo literario, además de discursar con ostensible pertinencia sobre temas esenciales, por encima de la orientación sexual de los protagonistas y la naturaleza de una relación en principio fogosa e intensa, y pronto llena de insalvables contradicciones: la identidad, la importancia de las raíces, el desarraigo, la fuerza de ciertos amores que pueden (o no) hasta sustituir otros, en lo cual ambos personajes responden de modo diametralmente opuesto.

Pero un defecto apreciado desde el debut de Aïnouz con Madame Satán, se deja ver en Playa…; esto es: cierta impericia en el narrar con inevitables consecuencias negativas en el redondeo de la historia, lo cual, lejos de suavizarse se agudiza aquí. Playa… extrema el recurso de la elipsis, esos saltos en el tiempo de la historia que los espectadores deben imaginar y completar, al punto de hacerla difícil de seguir en más de una ocasión; por otro lado, la irrupción de Airton en Alemania, el hermano crecido que dejamos de ver adolescente, en medio de la pareja disuelta pero reencontrada, no se inserta felizmente en el corpus narrativo.

La fotografía y ciertas tomas de cámara son más apreciables que el conjunto; digamos, la fruición de los cuerpos que esconde lo invisible de una angustia étnica, y mucho más allá, existencial, denota un tratamiento de imagen muy sutil, así como la fotografía contrastando los ambientes diferentes que enmarcan la vida de ambos personajes según sus diferentes personalidades, con elocuentes picados y audaces zooms que intentan trasuntar ciertos estados anímicos.

La música es también muy sugestiva (recordar la significativa escena de la discoteca, donde el sonido lógico de un lugar así es sustituido por un segmento sinfónico, para comunicarnos niveles de significado en juego dentro de la trama, algo reforzado también por el empleo de la cámara).

Sin dudas, uno de los sólidos valores del filme es la matizada y sólida labor de sus protagónicos, ante todo el asumido por Wagner Moura (Tropa de élite, y ahora mismo en la telenovela Paraíso tropical asumiendo el personaje de Olavo); él, más algunas sugerencias y méritos parciales bien valen una zambullida en esta Playa… irregular y un tanto errática.

Mientras, Carmen y Alfredo son dos personas no ya tan jóvenes y un poco gordos, pero ello no ha sido nunca una limitación para el sentimiento hermoso que se profesan mutuamente, hasta un día en que ella comienza a sentirse incómoda con su peso e inicia un curso para adelgazar, algo en lo cual involucra al esposo, quien va un poco a contrapelo. Sin embargo, los papeles se invierten y finalmente es él quien lo consigue y ella solo se aficiona más por la comida...

Paraíso, de donde procede esa historia que dio vida a la novela homónima de Julieta Arévalo, se convirtió el pasado año en el segundo largo de ficción de la realizadora mexicana Mariana Chenillo, quien debutara con una atendible muestra de humor negro (Cinco días sin Nora) y ahora pone el dedo sobre la llaga en lo verdaderamente importante dentro de una relación, mientras emplaza los modelos únicos y estandarizados en la apariencia física, además de pulsar otros temas no menos significativos, como el provincianismo y la vida capitalina, pues los protagonistas en las primeras escenas se mudan de Ciudad Satélite al DF.

Con un guión inteligente que trasunta la voz narrativa —punto de vista femenino que hereda el personaje de Carmen— y se ha plasmado con habilidad en pantalla, Paraíso es una entretenida indagación en los asuntos que aborda, la cual descansa en buena medida sobre los desempeños rigurosos de Luis Gerardo Méndez y Anabel Ferreira, al punto de que si la película estuviera en competencia (figura en la sección fuera de concurso A sala llena) serían sólidos candidatos (sobre todo ella) al Coral en esa categoría.

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