La tragedia que olvidó Dostoievski

El filme El cordero (2014), de Chile, constituye uno de los títulos más inquietantes del 36 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano

Autor:

Frank Padrón

El cordero (2014), de Chile, constituye uno de los títulos más inquietantes de la competencia. Dirigida por el debutante Juan Francisco Olea, se trata de una reflexión en torno a la culpa; sin embargo, aunque aparentemente los preceptos cristianos condicionan los sentimientos del protagonista, llama la atención que el enfoque del realizador tiende a una connotación más ontológica, por encima de cualquier teología o credo.

A Domingo, quien ha matado a una compañera de trabajo accidentalmente, le es imposible sentir remordimientos, aunque en un principio se imponga a sí mismo tal necesidad, con la ayuda del sacerdote que lidera la comunidad católica a la que pertenece; mas pronto deja de engañarse: ni por eso ni por cualquier otro «pecado» siente culpa alguna; incluso, yendo más lejos, este hombre no siente nada; ni sexual, ni afectivamente: por nada ni por nadie, y ninguna de las penitencias autoimpuestas e incluso los delitos en que incurre tratando de variar esa nulidad de sentimientos, logran algo positivo: todo lo contrario. Sus luchas internas ocultan motivaciones inconfesadas que poco a poco saldrán a la luz.

El cordero pudiera haber sido concebida por Fiodor Dostoievski, el novelista ruso que trató como verdadera recurrencia el tema en muchos de sus textos (Crimen y castigo, Los hermanos Karamázov, El jugador...) si bien enfocándolo siempre desde una perspectiva cristiana que, como decía, no creo presida la cosmovisión de Olea. En este sentido está más cerca de Luis Buñuel, a quien también se aproxima cinematográficamente.

Pese a lo singular del problema, sabemos que hay muchos Domingos: gente con culpa encima que, sin embargo, no la siente, dueños de una indiferencia que solo es capaz de generar violencia y dolor en los demás, y ello es algo que durante su desarrollo la historia del filme y su protagonista nos invitan a analizar y cuestionar.

Sin embargo, lo universal de la propuesta no elude su ubicación crono-tópica muy concreta: recordemos que el filme remite a los finales de la década del 90, transición posdictadura en Chile, donde, como ha declarado el director, «un fragmento de la sociedad era muy católica y conservadora», por lo cual el drama del personaje principal cobra significación histórica, social.

No obstante, El cordero no impugna la religión sino esa religiosidad basada más en la costumbre y la tradición que en una vocación sincera que por tanto, alberga no poca hipocresía y falsa moral; es algo no ajeno al nuevo cine en Chile que ha abordado el asunto desde varias aristas —por ejemplo, en la notable La sagrada familia (2006), de Sebastian Lellio.

La obra se caracteriza ante todo por mostrar caracteres ricos psicológicamente, que brotan de un guión que ha sabido hilar y combinar situaciones de gran complejidad y que escapan con mucho a los lugares comunes y circunstancias explotadas en otros filmes de semejante corte; más que a explotar las anécdotas en sí mismo, a Olea le interesa inducir al espectador a la reflexión: desea se cuestione la problemática que afecta al protagonista, así como a diferentes conflictos no menos profundos en otros miembros de la familia, en buena medida provocados por su personalidad (el hijo que no se atreve a confesar su orientación sexual, la sobrina sagaz que se da cuenta de todo, la esposa sufrida y atormentada con sobradas razones, el suegro incapaz de enderezar lo torcido…).

¿Es la moral algo inducido, condicionado de modo sociocultural, o nace con el ser humano? El temor al pecado, ¿induce más a cometerlo?, ¿pueden el dogma y la religión forzadas, sin interiorización, hacer más daño que bien?; la salvación prometida, ¿no es en algunos un escudo para proyectar de la peor manera el «libre albedrío»? Son algunas de las interrogantes que nos lanza Olea en su cuestionadora y sugerente ópera prima.

La puesta en pantalla logra materializar lo sustancioso de la escritura con una narración lineal, ausente de torceduras diegéticas, que persigue —y consigue— la comunicación rápida, directa y absoluta con el espectador, para lo cual todos los elementos técnico-expresivos desempeñan cabalmente su rol.

Pero si hubiera que encomiar tan solo un rubro, sería el actoral, ante todo por la brillante interpretación de Daniel Muñoz, quien bajo ese rostro impasible e indiferente es capaz de trasmitir las decenas de matices y contradicciones de su alienado personaje; lo secundan: ese gran caballero del cine chileno llamado Julio Jung (Coronación) y otros desempeños no menos rigurosos (Roberto Farías, Trinidad González, Isidora Urrejola…).

Cinta que provoca e inquieta, El cordero (ganadora ya en festivales importantes del área, como Guadalajara, donde obtuvo seis lauros) es otro momento superlativo del más reciente cine chileno.

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