A puerta abierta con los jóvenes

El talento joven protagoniza numerosas puestas recientes del teatro cubano que motivan, ante todo, a sus propios contemporáneos

Autor:

Frank Padrón

Varias puestas recientes tienen como sello el talento joven; directores y actores de promociones recientes encaran proyectos que motivan, ante todo, a sus propios contemporáneos, que literalmente llenan los teatros.

Títulos como Rascacielos, 200 mil años después, Antigonón, Rent, Casandra y Jardín de héroes, entre otros, conminan a que pueda hablarse con propiedad en Cuba de un teatro joven, aun cuando los textos representados sean clásicos, porque en esos casos la sangre nueva de quienes retoman esas viejas pero siempre nuevas obras, les insuflan nuevas lecturas.

Fuenteovejuna (Teatro Estudio), Especiales (Estudio Teatral La Chinche) y A puerta cerrada (Teatro Punto azul) son piezas representativas entre nosotros de esas novedades teatrales, en todos los sentidos del término.

El clásico de Lope de Vega, cumbre del llamado Siglo de Oro español, sigue siendo paradigma de un drama social un poco venido a menos, ante la preeminencia de los metarrelatos intimistas que han llenado las artes representadas y escritas en las últimas décadas: el pueblo actuando como un solo hombre, ajusticiando tiranos y explotadores, apertrechándose de un escudo en el que se albergan las conquistas colectivas…

Pudiera sonar hoy a consigna o barricada, pero en un mundo cada vez más abocado al individualismo feroz de las sociedades modernas, Fuenteovejuna ofrece lecciones que habría que estudiar y aplicar de nuevo.

Orieta Medina lleva a las tablas del Hubert de Blanck, donde como sabemos radica el legendario recinto que dirige (Teatro Estudio), el viejo texto versificado, lo cual pudiera hacer pensar en una facilidad mucho mayor para los actores, sin embargo, también requiere para el trabajo de estos condiciones excepcionales de dicción, entonación y proyección eufónica.

Con un renovado elenco casi todo joven, la nueva puesta del clásico muestra un notable trabajo escenográfico, de vestuario, y un movimiento escénico suficientemente ágil para que sigamos el trayecto del comendador abusivo ajusticiado por el pueblo en pleno, sin embargo, debe trabajarse mucho más el aspecto interpretativo, donde justamente en esa nueva cantera poco familiarizada con el teatro clásico, más aun en verso, se aprecian serios desniveles.

Una pieza también de autor español, aunque esta vez contemporáneo, ha servido a Lizette Silverio Valdés, directora de Estudio Teatral La chinche, para reflejar problemas juveniles de algunos de los nuestros aquí y ahora; se trata de Especiales, de Tomás Afán Muñoz.

La deformación del habla, el egoísmo, la irresponsabilidad y frivolidad ante los estudios, el fraude, la no aceptación de la diferencia, son algunos de los males que toca el autor en una prosa no por sencilla menos sustanciosa y conceptual, que Lizette ha adaptado al contexto cubano con gracia y sentido de pertenencia, y posteriormente volcó en una puesta minimalista, que resuelve la variable escenografía con unos bloques multifuncionales que muy bien accionan los actores, Laura Tarrao Rodríguez, María Carlas Guevara Santana y Jothana Reyes Álvarez, generalmente con notable desempeño, aunque en el caso de él debe cuidar excesos que tienden a la caricatura en más de un personaje.

Aunque se titula A puerta cerrada, el título elegido por Teatro Punto Azul y la Asociación Hermanos Saíz en su reciente puesta también pudiera llamarse algo así como  El infierno según Sartre. El tan representado título del célebre existencialista francés (desde que lo       concibiera en 1944) sigue lozano en pleno siglo XXI, de ahí el acierto de los jóvenes que ahora lo representan de nuevo, bajo la guía de Carlos Sarmiento.

Dos mujeres y un hombre llegan al temido sitio de las llamas y el tormento eterno, pero este no se ofrece mediante la habitual imagen del aceite hirviente sino un cuarto, por el contrario, de un helado color blanco quizá peor que las más altas temperaturas.

Son seres que han tenido deplorables comportamientos en vida y ahora se enfrentan reproduciendo sus miedos y culpas; temen no solo a sí mismos sino a la opinión de los demás, en lo que el autor metaforiza el infierno de todos los días.

Obra de precisos y afilados diálogos, de un movimiento verbal que se corresponde con el fluido escénico, Sarmiento ha logrado una puesta madura capaz de conciliar ambas condiciones con elementales recursos que son capaces de erigir el complejo mundo representado; a todas luces sobra la voz in off del propio director cuando, en cierto momento, trata de actualizar el relato con alusiones contemporáneas dentro de una obra que, como se ha dicho, para nada las necesita por la fuerza y la vigencia que tiene per se.

Las actuaciones son fundamentales en un texto como este, con tanto peso en el diálogo y la confrontación, en el que los personajes están todo el tiempo enfrentándose y descubriéndose; Gleibis Conde, Massiel Rubio y Hamlet Paredes llevan sobre sus hombros tal responsabilidad, y en términos generales —salvo algún exceso perfeccionable— lo consiguen notablemente.

Quedan muchas piezas en las cuales los jóvenes se lucen, pero ello requerirá de  próximos acercamientos.

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