Diferencias Femeninas

La mujer, con sus misterios y singulares mundos afectivos y sociales, continúa poblando la escena cubana de obras que siempre vale la pena conocer

Autor:

Frank Padrón

Las cuñadas resultó una de esas puestas en escena verdaderamente populares. Cuando recientemente estuvo, durante varias semanas, en el escenario de El Sótano, pudo comprobarse cómo un amplio y variado público —con una estimable presencia juvenil— ocupaba su lunetario, lo cual implica un evidente interés sobre temas y problemas relacionados con Cuba.

Porque aunque escrito por el quebequense Michel Tremblay —referente indiscutible del teatro en Canadá, principalmente de temas obreros y costumbristas— y dirigido por Jennifer H. Capraru —coterránea del autor, aunque nacida en Montreal, directora artística de Theatre Asylum quien ya presentó Incendios, de Wajdi Mouawad, en el Martí, el año pasado—, Las cuñadas es una suerte de tragicomedia ciento por ciento cubana, y no solo porque el dramaturgo la redactó en español, si bien se ha representado en más de 25 idiomas en muchos países.

Se desarrolla en La Habana de 1958, cuando ciertas tiendas premiaban a sus clientes con sellos que les permitían realizar compras mediante estos; así ocurre con la protagonista de la pieza, quien convoca a un grupo de amigas, parientes y conocidas para que la ayuden en el empeño de confeccionar álbumes que faciliten la gestión.

Aunque concebida en los años 60 del siglo pasado, Las cuñadas no ha extraviado su frescura como quiera que Tremblay logró captar ciertas características de la idiosincrasia femenina cubana que sobreviven las épocas y llegan hasta hoy.

En este peculiar gineceo que se forma en casa de Guillermina Guerra, afloran, mediante un humor ácido y seco, la envidia, la hipocresía, los rencores y la doble moral que un catolicismo frívolo impulsa, en caracteres muy bien trazados y mejor representados por varias de las actrices convocadas.

Si bien la puesta es convencional —un tanto forzada a mi juicio la inclusión de la pieza Venga la esperanza, de Silvio, que cierra el periplo— descuellan desempeños como los de Xiomara Palacios, Camila Arteche, Maridelmis Marín, Yailene Sierra e Ysmercy Salomón. Y sí, bien se merece el público otra «temporadita» con Las cuñadas.

También con la mujer como centro dramático figuran varias obras que salieron a la palestra durante la VII Bienal Internacional de Dramaturgia Femenina La escritura de la(s) diferencia(s).

Justamente una de las actrices de la pieza anteriormente comentada, la Salomón, dirigió la obra que fue ganadora en el concurso que también convoca tal evento: El árbol de los gatos, de la cubana Elaine Vilar.

Una joven de hoy cruza su camino y su destino en ciertas coordenadas con los de Gertrudis Gómez de Avellaneda; en un monólogo a veces desdoblado en diálogo con otro actor, ella discursa en torno al exilio, el abuso sexual a la adolescencia, las relaciones con los progenitores —especialmente la madre— y las que tienen lugar en el seno de la pareja.

El animal emblemático —de indudable peso en lo conceptual— genera un excesivo e innecesario prólogo sobre la base de canciones infantiles acerca de felinos; afortunadamente una vez frente al corpus de la obra, uno se siente mucho más motivado y cómplice del relato.

Acertada dinámica escénica que cubre variados espacios con pocos recursos y bien orientada concepción del movimiento por parte de los actores (notables los desempeños de Mariana Valdés y Lubín Bernal), interacción con los espectadores e interesantes ideas, polémicas y provocadoras, manejadas con suficiente flexibilidad escritural, donde bien se insertan los intertextos de Tula —reafirmando, entre otros asertos, lo vigente de muchos de sus conflictos con respecto a la mujer contemporánea— lograron de este «árbol» un florecimiento provechoso.

Aunque erróneamente atribuida a Harry Castel, según el afiche promocional a la entrada de la sala Raquel Revuelta, Ninpha (o Estudio entrecortado sobre lo que sueñan las cigarras) pertenece a la salvadoreña Jennifer Rebecca Quintanilla y fue otra de las piezas laureadas (recibió mención) en La escritura…, la cual llevó a escena El Paso Teatro, bajo la dirección de Daysi Sánchez, quien junto con Harold Vergara comanda tal proyecto.

Aunque son comunes ciertos temas que pulsa la obra anterior (la disyuntiva entre irse o quedarse en el país, la relación con la familia…) esta vez la diana de la autora se concentra en la pareja: sus (des)encuentros, falencias, esperanzas y sueños.

El forcejeo tonal entre una perspectiva lírica, con un lenguaje metafórico y ciertas reflexiones desde la más absoluta literalidad, impide que los ideologemas y proposiciones que formula Ninpha… lleguen siempre a un feliz resultado, a pesar de lo cual la puesta en sí misma se anota puntos en la atmósfera de ambigüedad que diseñan los claroscuros lumínicos y en el contraste lúdico, interteatral que sugieren la propia escenografía y ciertos amagos coreográficos de los actores (Ana León y Eliecer Londes) que proyectan la perspectiva circular de la obra.

De modo que la mujer, con sus misterios y singulares mundos afectivos y sociales, continúa poblando la escena cubana de obras que siempre vale la pena conocer.

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