Confío plenamente en el futuro

Este miércoles, en medio de la jornada por el Día Internacional de la Danza, la maître principal del Ballet Nacional de Cuba recibirá el Premio Nacional de Danza 2015, en el teatro Mella

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Nació artista. Su madre lo intuyó desde muy temprana edad. Y es que aquella niña, a quien había nombrado María Elena, no podía escuchar un vals porque de inmediato sus agraciados brazos se transformaban en sugerente remolino, mientras su pelo, tan brillante como el sol, no conseguía descansar ni siquiera un instante sobre el diminuto cuerpo.

Algo le decía a la autora de los días de la Llorente que la historia sería en grande. Y razón le asistía. Tanta que esta tarde (5:00 p.m.), en medio de la jornada por el Día Internacional de la Danza, la maître principal del Ballet Nacional de Cuba (BNC) recibirá el Premio Nacional de Danza 2015, en el teatro Mella.

«A los cuatro años ya estaba en Pro Arte Musical. Entonces iba al colegio y al terminar mi mami me llevaba corriendo para mis clases de ballet... Tendría unos nueve años cuando me pasaron para la Academia Alicia Alonso. A partir de ese momento, después de conocer a Alicia, a Fernando, a Martha Mahr, argentina que bailaba en la compañía y fue mi primera maestra allí, ya no hubo marcha atrás», cuenta a JR María Elena Llorente.

«En aquellos tiempos la danza no se consideraba una carrera, de forma que yo había finalizado Comercio y estudiaba IBM (algo así como la actual Informática, pero con unos aparatos enormes y unos tableros...). Recuerdo que Adolfo Roval llamó a mi madre en nombre de Fernando a  fin de pedirle autorización para que me incorporara a la compañía, pero me faltaba solo un mes para coger el título, algo que ella también quería encarecidamente. Sin dejar de recibir mis clases de ballet, me gradué. En 1962 me incorporé oficialmente a la compañía.

«Te confieso que para mí no había nada más importante que asumir mi trabajo con responsabilidad. Por mi cabeza ni siquiera pasaba la idea de conquistar algún rango. Lo mío era bailar y bailar, hacerlo lo mejor posible, porque lo esencial era el colectivo, la compañía, el BNC. Pero es extraño que te esfuerces, te entregues totalmente, y no avances como individuo. Las categorías de solista, de primera bailarina (1976) fueron apareciendo naturalmente, a partir de mis logros.

«Nunca quise ir más allá de lo que conquistaba día a día. Pero no paraba de practicar, de ensayar, de aprenderme los diferentes roles aunque no me tocara interpretarlos. Si aparecía la oportunidad, yo estaba lista... Jamás me limité ni tuve temor a enfrentar cualquier desafío artístico o técnico, y todo ello conduce a que empiecen a valorar tu actitud, a percatarse de que pueden contar contigo».

—Y llegaron los grandes clásicos antes de ser primera bailarina...

—Cuando me otorgaron esa categoría, ya había protagonizado ballets como La fille mal gardée, Coppelia, La bella durmiente... El lago de los cisnes y Giselle los interpreté unos meses más tarde. Pero a mí me quedó la satisfacción de que el título llegó después de haberlos bailado bien, de haber recibido el beneplácito de la crítica y, sobre todo, del público.

—También resultó muy importante para su carrera haber sido inspiración para coreógrafos que dejaron una huella en el BNC...

—Viví momentos inolvidables junto a notables creadores como Alberto Méndez, Iván Tenorio, Gustavo Herrera... Trabajar con ellos me obligó a crecer artísticamente. Muchas veces me pusieron metas difíciles y, sin embargo, resultaban estímulos para superarme. Sí, fueron no pocas obras...

«Te podría mencionar, por ejemplo, Tarde en la siesta. Cierro los ojos y me parece estar viviéndolo de nuevo, nosotras cuatro: Mirta Plá, Ofelia González, Marta García y yo, con Alberto Méndez, quien nos daba mucha libertad para crear. ¿Te imaginas que para esa fecha yo todavía era solista?

«Igual sucedió con El río y el bosque, también de Alberto. Un montaje muy interesante porque no me veía representando a Oshún. La colaboración del Conjunto Folclórico Nacional y de Silvina Fabars en particular, me ayudó para poder defender esa hermosa coreografía... Una noche nos quedamos hasta tardísimo grabando en un estudio la voz de la soprano María Remolá, quien improvisó a partir de algunos movimientos que Alberto ya había realizado...

«Gustavo, por su parte, me convirtió en la Isabel Ilincheta de Cecilia; ideó Equinoccio con su peligroso pas de deux que se bailaba encima de una escalera altísima... Era otra manera de enfrentar el proceso creativo, con un lenguaje coreográfico también muy sugerente... Asimismo tuve la suerte de trabajar con Hilda Rivero en su Curva descendente, una obra en que se mezclaba lo clásico con la danza moderna, y que protagonizaba con el primer bailarín Rubén Rodríguez, de Danza Contemporánea...

«Iván Tenorio, por otro lado, me llevó por un mundo más teatral, con piezas como La casa de Bernarda Alba, Romeo y Julieta, Hamlet... Hamlet, por ejemplo, se coreografió en poco tiempo, de manera que cuando llegó la parte de la locura de Ofelia, Iván me dijo: “No tengo tiempo para montártela. Confío en ti”. Como ves no solo se trataba de hacer bien los pasos, de interiorizar un personaje, sino de ampliar mis conocimientos, mi espiritualidad».

—Dentro del BNC también encontró el amor...

—Además (sonríe). Conocía a Salvador Fernández, subdirector técnico del BNC, desde antes por su destacado quehacer como diseñador. Nos acercamos mucho más cuando se responsabilizó con el vestuario de un ballet llamado Mestiza, que se montó para un Taller Coreográfico. Nos enamoramos y nos casamos. Salvador ha sido un gran apoyo para mí tanto en el plano personal como en lo artístico. Siempre ha estado a mi lado con esos conocimientos sólidos que posee sobre el arte en general, con sus sabios consejos, con ese espíritu positivo tan curativo cuando me lastimaba o tenía algún problema. «Eso no es nada. Verás cómo se te quitará enseguida», me estimulaba a seguir adelante, a no detenerme.

—Ser la maître principal del BNC  es una enorme responsabilidad...

—Inmensa, porque me toca apoyar a Alicia, nuestra directora, en lo que esté a mi alcance, y más, para que no se pierdan los principios que rigen la Escuela Cubana de Ballet, para que la compañía mantenga el nivel que ha logrado a escala mundial, para que las cosas se desarrollen del modo que ella, y también Fernando, nos enseñaron. Ese es mi deber: aquí me lo enseñaron todo. Por tanto, lo que me quede por enseñar será junto a mi compañía.

—No pocas personas se preocupan cuando conocen que algunas figuras abandonan al BNC...

—Pasa en todas las compañías. Los bailarines nuestros buscan nuevos caminos por unas causas, y los de los demás países por otras. Pero Cuba cuenta con una escuela muy sólida, y el relevo, de muchísima calidad, está asegurado. Cierto que es más trabajoso para los ensayadores, para los maîtres, quienes no deben dejar perder esos rasgos que nos distinguen como escuela, lo cual no significa, por supuesto, estar cerrado a estos tiempos.

«Sí, confío plenamente en el futuro, en esos muchachos que se gradúan con una técnica asombrosa, con ganas de “comerse” al mundo, a quienes debes ayudar no solo a que evolucionen artísticamente lo más rápido posible, sino también a que desarrollen ese necesario sentido de pertenencia».

—El Premio Nacional de Danza es la mayor distinción que en Cuba puede recibir un artista que se ha dedicado a este mundo...

—He recibido importantes distinciones durante mi carrera, como la medalla Alejo Carpentier o la Orden Félix Varela de Primer grado, que concede el Consejo de Estado de la República de Cuba. Lo agradezco y las guardo en un lugar muy especial de mi corazón. Pero con el otorgamiento del Premio Nacional de Danza —una decisión que me tomó por sorpresa— debo entender que no solo he desarrollado una trayectoria artística de la cual pudiera sentirme orgullosa; que he sido fiel al legado de mis maestros y a la escuela cubana de ballet; sino que también he sido útil a mis compañeros, a mi compañía, a la danza, a mi país.

«No sabía si reírme o llorar cuando me dieron la noticia en la sede del BNC, ante Alicia. Es un premio que poseen grandes personalidades de la cultura cubana, empezando por ella misma. Significa entonces que mi responsabilidad ahora es mayor. Solo espero no desfraudarlos».

A los cuatro años ya estaba en Pro Arte Musical, cuenta la reconocida maître.

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