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Dos caras y varios males de fondo

Si bien la telenovela de turno brasileña Dos caras alude a temas controversiales, cada uno de estos complejos asuntos es simplificado, mostrado con enorme superficialidad, y a veces desde una perspectiva bastante reaccionaria

Autor:

Joel del Río

Como en toda telenovela de corte folletinesco, con pretensiones de reflejar en algunos matices el mapa psicosocial de una nación, Dos caras (2007, dirigida por Wolf Maya y escrita por Aguinaldo Silva) se estructura sobre la dinámica de acción y reacción entre buenos y malos, blancos y negros, favela y condominio, ignorantes e ilustrados, mujeres y hombres. Mediante la imprescindible insistencia en las mayores estrellas televisivas del país, y a través del despliegue tecnológico-profesional de Rede Globo, se manipulan algunos estereotipos racistas, sexistas y populistas.

Porque si bien Dos caras alude a temas tan controversiales como la vida en los barrios periféricos —perjudicada por el avance indiscriminado de las empresas capitalistas y la especulación inmobiliaria—, o se refiere de soslayo a los movimientos estudiantiles y al crimen organizado, cada uno de estos complejos asuntos es simplificado, mostrado con enorme superficialidad, y a veces desde una perspectiva bastante reaccionaria.

Rede Globo gastó tres millones de reales en construir esta favela escenográfica (un portento de detalle, observación y funcionalidad dramática). Quienes viven allí suelen ser pobres, ingenuos, sensuales, inseguros, holgazanes y viciosos. Son tan inútiles y pueriles que precisan la mano dura de un polémico caudillo, al mismo tiempo déspota y humanista.

Antonio Fagundes hace de Juvenal Antena (en una de las mejores actuaciones que le hayamos visto), quien se encarga de regir los destinos de la favela y mantener tranquilos a los pobres, en el lugar que la sociedad les reservó. Juvenal comanda un grupo de hombres armados que impide el predominio del crimen organizado en «su» favela, en abierta alusión al complejo problema de las llamadas Milicias, que aterrorizan los barrios pobres cariocas en la misma medida que la represión policial o el tráfico de drogas (por suerte existen filmes como Tropa de élite o Ciudad de Dios, para comprender mejor estos fenómenos).

La mentalidad reaccionaria asoma también en el modo en que está presentado Rudolf, el estudiante negro que preside el gremio estudiantil. Es un fantoche que defiende los extremismos más descabellados e irresponsables, muy fáciles de minimizar por quienes ocupan posiciones de poder, es decir, la rubicunda dueña de la universidad y su amante rector, ambos siempre asertivos, racionales y, por supuesto, cordiales, glamorosos y fotogénicos. Aguinaldo Silva y la Globo colocaron el tremendo poder de convocatoria de la telenovela para tratar de descalificar, a los ojos de la mayoría, el papel de la juventud inconforme ante los enormes problemas de exclusión en la educación superior de varios países de América Latina.

El lado burgués está visto con menor esquematismo y mayor soltura. A pesar de que el villano (Marconi Ferraço, interpretado con bastante rigidez por Dalton Vigh) se atiene a la pose del malo de vodevil, el escritor le regala la atenuante de una niñez calamitosa, y la aparatosa redención mediante el arrepentimiento. Pero como las telenovelas necesitan un malo malísimo queda en la retaguardia la elegante, posesiva e histérica Silvia (Alinne Moraes) con todas las papeletas compradas para caminar directo al infierno. Su madre, Blanca, es la potentada viuda dueña de la universidad (simpatiquísima y monocorde, como siempre, Suzana Vieira).

Blanca es víctima de «caprichosas» demandas estudiantiles y de profesores oportunistas u holgazanes. Nunca le tiembla la mano para acudir a la represión policial y restablecer «la ley y el orden», porque solo a mamporazos se resuelven las demandas sociales, ridiculizadas por la telenovela, o reflejadas como el desafuero de delincuentes juveniles. A su lado está José Wilker, quien abandona sus papeles habituales de pillo para encarnar al rector Macieira, el intelectual exiliado en París, que regresa a su tierra para defender las posturas liberales de los magnates e impregnar la universidad de una lógica más plural, entiéndase más empresarial y mercantil.

Y otra de las grandes intérpretes del cine y la televisión de Brasil, Marilia Pera, se encarga de llevar adelante la mejor actuación de la telenovela, por lo distanciado y farsesco, en el papel de la irónica, refinada y altruista Gioconda, el personaje a quien el escritor le confió la capacidad para crecerse por encima de sus prejuicios de clase y raza. Además, Gioconda es la madraza de un par de hijos díscolos, quienes le dan el disgusto de interesarse por parejas de color oscuro. La actriz se burla todo el tiempo de su personaje, sin que pierda autenticidad su retrato humano.

Entre pobres y ricos se desplaza la infeliz María Paula asumida por Marjorie Estiano, quien trata de salvar un personaje predestinado a cometer errores que le permitan al escritor desarrollar enredos casi absurdos a lo largo de decenas y decenas de capítulos. Ella prácticamente regala su fortuna al primero que pasa, y toda la novela está concebida a partir de la megaingenuidad, ultrabobería de esta muchacha; primero incauta, y luego consagrada a orquestar cuidadosas estrategias vengativas que, se supone, nos mantengan atentos hasta el final. Como si no bastara con un mínimo de entrenamiento telenovelero para darse cuenta de que María Paula siempre ha padecido de un síndrome masoquista, y está «muerta» con el estirado de Ferraço, antes y después de una ridícula cirugía plástica que apenas le cambió el rostro más allá de la barba. Bastaba con afeitarse.

Entre la pobreza y la fortuna súbitamente adquirida, se mueve la luchadora Célia Mara, vestida por Renata Sorrah en uno de sus desempeños menos radiantes, porque el guión le asigna mayormente la única función de molestar a su antagonista Blanca. Brasil entero adoró los enfrentamientos ficticios de las dos actrices en Señora del destino, y el escritor simplemente suministra más de lo mismo.

El interés creciente que van cobrando los personajes y situaciones encargados al elenco todos-estrellas de duetos actorales como Sorrah-Vieira, Antonio Fagundes y Lázaro Ramos, o Marilia Pera y Débora Falabella (esta última mucho más natural y creíble en el papel de Julia que en sus anteriores Niña moza y Avenida Brasil) eclipsa el tremendo convencionalismo y escaso brillo de la pareja principal María Paula-Ferraço. Recuérdese que salvo excepciones y cambios de última hora, los escritores estelares brasileños escriben cada papel teniendo en mente las posibilidades y el talento del actor o actriz que lo va a interpretar.

Antes de convertirse en uno de los guionistas más famosos de la telenovela brasileña (Roque Santeiro, en coautoría con Dias Gomes en 1985; Vale todo, junto a Gilberto Braga en 1988; la exitosísima Señora del destino, en 2004), Silva trabajó, en los años de la dictadura militar, como reportero policial para la televisión y se destacó por su encono periodístico en contra de las luchas de izquierda. El escritor también ha confesado que se inspiró en ciertos pasajes de la vida de José Dirceu de Oliveira e Silva, político y abogado, jefe del Gabinete Civil durante la presidencia de Lula, para construir el personaje de Adalberto-Marconi en Dos caras. Dirceu debió renunciar por acusaciones de corrupción y fue sustituido en el cargo por Dilma Rousseff.

Según el autor, Brasil será salvado (¿?) del racismo y la desigualdad, mediante el emparejamiento transclasista e interracial. Por solo mencionar los personajes principales, la interracialidad se aclama en las parejas de Julia (Débora Falabella) y Evilásio (formidable como siempre Lázaro Ramos), Sabrina (Cris Vianna) y Barretinho (Dudu Azevedo), Solange (Sheron Menezes) y Claudius (Caco Ciocler) o Ramona (Marcela Barroso) y Rudolf (Diogo Almeida), quienes consiguen vencer, a golpe de amor, prejuicios raciales, culturales y clasistas.

Porque el guionista sobrevalora la importancia de la sensualidad y el romance (hay abundantes escenas de cama, prostitutas, tríos, homosexuales fingidos y reales, lujuria por doquier entre parejas de todos tipos y colores) y de este modo apela al lugar común del hedonismo brasileño, construcción ideológica, generalización esquemática que esgrimen algunos interesados en desconocer otras complejidades. De modo que Dos caras insiste hasta la propaganda indiscriminada en explicar el mestizaje y enfatizarlo cual tácita solución a numerosos y muy diversos males.

No obstante, estamos frente a uno de los intentos más abarcadores de la telenovela brasileña por mostrar diversos rostros de una realidad. Hay nada menos que 50 personajes con texto, sin contar el elenco de apoyo y de figuración, todo el tiempo ayudado por una escenografía y vestuario que mucho contribuye con el verismo. Y aunque los habitantes de la periferia se muestren con paternalismo displicente, colocando bajo el mismo rasero burlón a los alcohólicos, las prostitutas y los fanáticos religiosos, a ratos la telenovela acierta por la cálida celebración de la cultura popular mediante, por ejemplo, el carnaval o las escuelas de samba, mientras que, por otro lado, se exalta el papel de la educación y la cultura en la superación personal. Ambas tendencias confluyen, a veces, en un solo personaje como el de Gislaine (Juliana Alves) quien además de bailar, estudiar y luchar contra el tráfico humano, evidencia el prejuicio racial inverso cuando llama a su cuñada «blanquita anoréxica».

Al igual que en la mayor parte de las telenovelas brasileñas, Dos caras presenta el racismo en tanto un problema individual padecido, sobre todo, por los ricos, blancos y malos, y se confirma el mito de la democracia racial mediante la presentación de relaciones armónicas entre personas de diversas razas y condiciones sociales. Porque jamás se evidencian las dificultades reales de los negros para entrar en el mercado del trabajo, o para insertarse en la vida política y universitaria. Ni tampoco aparece ninguna familia de negros de clase media, con lo cual se refuerza el estereotipo de subalternidad para los afrodescendientes.

El único caso de ascenso social es el de Morena, una prostituta convertida luego en Condessa Finzi-Contini, de modo que, en última instancia, la telenovela atenúa la denuncia sobre el infamante tráfico de personas, en tanto la muchacha consiguió «empoderarse» mediante el casamiento con un viejo rico.

Claro que es difícil cuestionar los antivalores y las manipulaciones de la telenovela cuando la trama está llena de golpes de impacto, giros sorprendentes, hábil manejo del folletín electrónico, la banda sonora nos envuelve con maravillas como Oração ao Tempo, de Caetano Veloso, o Canto de Oxum, de Maria Bethânia, y todo el producto está concebido desde una visualidad admirable. Pero me parece un disparate hablar de la obra de Aguinaldo Silva en tanto «teledramaturgia realista» y «retrato matizado de la idiosincrasia brasileña», como he podido leer en algunos medios, cuando lo que aparece en pantalla es el pintoresco intento de vigorizar antiguos clichés y monótonos prejuicios. Es importante reconocerlos, aunque luego permanezcamos ciento y pico de capítulos amarrados por la trama, metidos en la favela, curioseando en las vidas ajenas.

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