Valero, sonido para ver

Sergio Antonio González Valero, el locutor radial en activo de mayor edad en Cuba, quien acaba de recibir el Premio Nacional de Radio 2015, rememora pasajes de su vida imposibles de desligar de ese fascinante medio de comunicación

Autor:

Héctor Carballo Hechavarría

HOLGUÍN.— Decir González Valero en Holguín es como pronunciar la mismísima palabra radio, con todas las acepciones e imágenes que seguramente sobrevendrían a la mente, tanto de quien la escucha como del que la pronuncia.

Y tal vez haya quien no sepa que tales apellidos estarían incompletos sin los nombres Sergio y Antonio, pero, para la mayoría de los oyentes, aquellos por sí solos bastan para identificar a una de las personalidades más distintivas de la radiodifusión cubana, y particularmente, de todas las generaciones de locutores que han desfilado por la planta matriz provincial, la CMKO, Radio Angulo, durante los últimos 60 años.

Posee un timbre de voz difícil de describir y, pareciera también, que inalterable al paso del tiempo. Escuchando a González Valero se tiene el raro privilegio de sentir cómo sonaba la radio hace más de medio siglo, a la vez que se percibe un desenfado y elegancia que apenas pueden pretenderse imitar, pues provienen de un talento y gracia únicos.

Muy próximo a cumplir los 87 años de edad, a este quijote de la imagen radiofónica se le acaba de conferir el premio nacional que otorga cada año el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), del cual es, además, Artista de Mérito. Hay quien dice que es un reconocimiento que le llega un tanto demorado, pero con la certeza de honrar una vida y obra ejemplares.

Valero es el locutor en activo de mayor edad de la radio nacional, un privilegio que, no por meritorio, es el que más le ha valido para gozar como pocos de una simpatía sin par de parte de grandes y chicos. Es dueño de una vitalidad y optimismo envidiables, y su constante comunicación a través del micrófono con los más diversos colectivos laborales, estudiantiles y, especialmente, campesinos, es lo que le ha convertido en un personaje muy popular y querido en su ciudad.

Nuestra conversación transcurrió en la sala de su casa, en compañía, a ratos, de su hijo, la nieta, y el sonido ambiente de los pregones callejeros, el zumbido del aserradero vecino, e incluso, las «diabluras» de dos biznietos que, quizá, algún día, quisieran seguirle los pasos.

—¿Dónde y cómo fue que «descubrió» la radio?

—Nací en la ciudad costera de Gibara, la Villa Blanca de los Cangrejos, el 9 de septiembre de 1928, y allí surgió mi vocación. Era un medio que comenzaba a cautivar a la gente. Fuimos 11 hermanos. Los menores éramos los mellizos, Armando y yo. De mi familia hoy quedo yo solamente.

«En el parque situaban un equipo de amplificación que se dedicaba a la difusión de comerciales. Un día me brindé como voluntario. Cometí mis primeros errores, pero parece que me fui adaptando a aquello hasta que un día soñé que mi camino iba a ser la radio.

«En mi pueblo las cosas no andaban bien. Ni estudiar se podía. Hubo una huelga histórica para exigirle al Gobierno de turno que nos concediera una escuela secundaria donde continuar estudios. Tomamos las aulas y estuvimos encerrados en ellas por más de 15 días. El primer control remoto que realizó la CMKO, fue con motivo precisamente de aquella manifestación».

—¿Por qué decidió venir para Holguín?

—Era ya un muchachón y no podía seguir dependiendo de mis padres. Casi escapé de casa. Vine a Holguín a hacer los trabajos más humildes, el que apareciera. Llegaba al Hotel Majestic y le decía al dueño: ¿Necesita usted que le friegue la loza, limpie el piso…? yo solo necesito a cambio que me deje pernoctar. Allí llegué a ser un buen trabajador, porque le puse el corazón a lo que hacía.

«Al mismo tiempo, matriculé en la Academia Luz, adonde iba de noche, y logré el bachillerato».

—¿Cómo era la radio de entonces?

—Yo sentía gran admiración por la radiodifusión. Algunos de mis hermanos, al ver mi obcecado interés, intentaron persuadirme de que me dedicara a otra cosa, porque creían que me volvería loco. Entonces se decía que los locutores morían todos por problemas cardiacos. Era el desconocimiento.

«En Holguín comencé a abrirme paso en la primera emisora que tuvo la ciudad, la CMKF, La voz del Norte de Oriente, donde se repetía cada 30 minutos: «Transmitiendo desde la ciudad más sucia y abandonada de Cuba, que solo tiene un carretón para recoger la basura. ¿Hasta cuándo, señores gobernantes?...», o aquello de: «No le diga linda. ¡Dígale Camayd. Camayd embellece desde la primera pastilla!» Era una de las menciones comerciales. De eso vivía la radio. Su dueño era Arturo de Góngora.

«En Holguín estaban, además, la CMKO, de Manuel Angulo Farrán; Radio Norte y Radio Holguín Musical. En un día llegué a trabajar en las cuatro emisoras, en todas leyendo menciones. La programación era básicamente comercial, pero yo no podía aspirar a mucho más.

«Imitaba a los locutores de entonces. Conversaba con ellos. Admiraba mucho a Manolo Ortega. Me dirigí a Angulo, y este me ofreció declamar poemas. Así comencé en la década de los 50. Hasta que llegó la hora en que me informaron que no podía desenvolverme hasta alcanzar el título de locutor, que se otorgaba en La Habana, en Domínguez y Falguera. Esa fue una gran odisea».

—¿Cuáles trabajos recuerda con mayor intensidad?

—Las transmisiones del Carnaval por la Radio y la Televisión. Llegué a especializarme en ese frente un tanto artístico. Había que conocer muy bien la trayectoria de los artistas o describir un paseo de carrozas, de modo que el oyente en casa sintiera que también estaba allí.

«Tuve el mejor maestro de todos nosotros: el gran Germán Pinelli, que cuando venía a Holguín decía que prefería trabajar conmigo. Tomé de aquí y de allá, de Nelson Morales de Ayala, de Eduardo Rosillo.

Pinelli me decía: Cuando vayas a salir al aire, procura haber leído antes cien veces el libreto, para evitar cualquier error. Algunos de los ejercicios de respiración que todavía practico, él fue quien me los enseñó».

—¿Por qué gusta tanto la «Carreta de Valero»?

—El programa se llama Fiesta en el campo, pero los oyentes prefieren llamarle así, por la tonada que se escucha: «Montarme yo quiero, en la carreta de Valero…» Surgió el 10 de enero de 1959. Es decir, tiene casi los mismos años que nuestra Revolución. Se trata de un programa auspiciado por la ANAP y otras instituciones, con varias secciones y posee una alta audiencia. Mi trabajo consiste en describir cómo sus protagonistas llegan y se despiden todos los días, montados sobre una carreta tirada por bueyes. De hecho, en algunos programas fuera del estudio hemos tenido que utilizar una carreta de verdad.

—¿Por qué a usted le llaman, además, el locutor viajero…?

—Se trata de que además de mi ocupación de locutor colaboro como reportero para algunos programas no informativos, dando a conocer la disposición y la obra de los colectivos laborales, tanto en la ciudad como en el campo. Siempre vía 500, o sea, por teléfono. La gente me bautizó como el locutor viajero, pues «me muevo» siempre a pie, y acaso en alguna que otra «botella» que me da un chofer de guagua que me conoce.

—¿Se ha equivocado tras el micrófono?

—Claro que sí. En la pronunciación de palabras, por ejemplo. Pero hubo una vez cuando anuncié la actuación de la Orquesta Aragón en un local donde no cabía más que un trío. Y fue porque antes de salir al micrófono, alguien me estaba comentando algo sobre esa agrupación.

—¿Se nace locutor o se hace?

—Creo que algo viene contigo, dentro de ti, pero indudablemente se logra con mucho esfuerzo. Estudiando y esforzándote muchísimo. Acercándose a quienes nos pueden enseñar. Porque dirigirse al pueblo es una tremenda responsabilidad.

«Los jóvenes radialistas de hoy se gradúan con título universitario. Se les abren las puertas a otros estudios, la superación es gratuita. Terminas una enseñanza, y allá viene la otra. Yo tuve que hacerme solo. Y todavía hay quien no está satisfecho».

—¿Su consejo a los jóvenes locutores?

—Por supuesto, que estudien y estudien, para poder desarrollarse. Lo importante no es hacer lo que tú quieres, sino querer lo que tú haces, es una máxima que siempre he seguido.

—¿Cree en la extinción de la radio?

—Para nada. Esta más fuerte que nunca y tiene mucho que hacer todavía, sobre todo en nuestro país.

—¿De dónde le viene esa vitalidad?

—Comienzo el día muy temprano y lo primero que hago es estudiar mis libretos. Soy un hombre de mucha fe. No soy fanático, sino consagrado. Hay que creer, pero no en algo fantástico, sino en lo positivo, en lo real, y ponerlo en práctica todos los días. Las pruebas más duras por las que he pasado no son precisamente profesionales, sino las relacionadas con mi salud y siempre he salido airoso.

—¿Cómo recibió el otorgamiento del Premio Nacional de Radio 2015?

—Con mucha sorpresa. Primero me dije: es el triunfo más grande que he obtenido en mi vida, además de mi familia. Y al mismo tiempo, pensé en que tal vez no lo mereciera. Lo único que puedo afirmar es que he trabajado mucho, y es algo que solo podía ganarse trabajando. Eso sí, hubiera preferido que mi esposa, Juana Fernández, lo hubiese podido recibir conmigo.

«¿Qué les digo a mis queridos oyentes? Que no me voy a jubilar, al menos por ahora. Habrá Valero para rato y me van a tener con ustedes hasta que mis facultades mentales me lo permitan.»

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