Paseo de tradiciones y cubanía

El Carnaval de La Habana, recientemente concluido, es un legado que da fe de cubanísimas esencias

Autor:

Jaisy Izquierdo

El bullicio de las comparsas delataba el paso peculiar que arrollaba por el Malecón al sonar de los tambores. Era un revoloteo de farolas que coronaban el viento, una apoteosis de la alegría que se desenfrenaba en el baile sudoroso, el lucimiento de las carrozas encendidas, los estribillos de conga compartidos. No hay dudas: durante varios días la ciudad se vistió de carnaval.

El Carnaval de La Habana es el más antiguo de Cuba y, para muchos, el primero también de nuestro continente. Una fiesta donde la tradición es un río caudaloso y los símbolos se tejen entre las camisas de guinga, hasta apoderarse de sus colores, para devolvernos historias lejanas de lavanderas, cañaverales, finos marqueses de piel oscura y dioses africanos, que se reinventan cada año para bailar enardecidos.

«Es una alegría contagiosa, en él podemos exteriorizar toda la que tenemos acumulada, o bien vamos y nos llenamos de la que les sobra a otros», afirma Johannes García, destacado primer bailarín del Conjunto Folclórico Nacional de Cuba y fundador de la Compañía de Danzas Folclóricas Cubanas JJ, quien en esta ocasión se ocupó de la vicepresidencia del jurado del Carnaval.

Por si fuera poco, el maestro, quien dirigió durante más de 20 años la comparsa de la FEU, obtuvo su licenciatura en Artes Danzarias precisamente con una tesis sobre esa festividad que, según explicó, se celebraba desde inicios del siglo XIX.

Para Johannes García, un momento clave en la historia del carnaval habanero fue el año 1937, cuando se retoma la fiesta, que durante la Neocolonia sufrió sus intermitencias debido a malos manejos de los pseudogobiernos, y que resurge reconocida además por una intelectualidad cubana liderada por Fernando Ortiz y Nicolás Guillén. Con ellos se resaltó el valor de la mixtura cultural tejida por el pueblo a través de los años.

«Entonces surge con una estructura de fiesta que subsiste hasta nuestros días. El gran recorrido por el Prado desde la Fuente de la India, donde se reunían las diferentes comparsas que venían paseando ya desde sus barrios de origen, se completaba con todo el público que asistía para “arrollar”, un paso simple de marcha que consistía en cepillar el piso y que en la modernidad se realiza también levantando un pie».

—¿Qué significó para la celebración popular el Triunfo de la Revolución?

—En primer lugar se deshizo el concepto de clases y el paseo de carros alegóricos permitió una mayor participación del pueblo. El carnaval que se realizó en el mismo año 59, el de la Libertad, ganó no solo a un público más numeroso, sino también a más participantes que se sumaron al desfile.

«Fue una gran explosión. Llegó un momento en que no se podía caminar por el Prado y las carrozas subían por el Capitolio y bajaban por el otro extremo, y las músicas de unas y otras se confundían. Fue por eso que en los años 70 se traslada el evento al Malecón, una decisión que favoreció la elaboración de carrozas monumentales, todo un espectáculo visual que se desarrollaba desde el hotel Riviera hasta la Punta, mientras el Prado conservaba su atmósfera carnavalera con el despliegue de quioscos de gastronomía y puntos de venta. ¡Fíjate si era grande, en su extensión y en su disfrute!

«Lastimosamente por el período especial el carnaval no pudo salir en el año 1991 y desde que apareció nuevamente en 1996, solo hemos podido hacer un símbolo de lo que fuimos. Porque aún debemos conseguir que el Carnaval de La Habana alcance su apogeo, su antiguo esplendor».

—¿Cuáles son los valores que hoy distinguen al Carnaval de La Habana?

—Nos pertenece una riqueza infinita en música, en tradiciones genuinas y en pasos danzarios. El problema radica en cómo engranar el producto artístico para una fiesta de carnaval. Las posibilidades creativas son infinitas.

—Eso lo pudo constatar durante el largo período en que asumió la dirección de la comparsa de la FEU…

—Yo llego a su dirección artística y general en 1967 y hasta 1991, trabajé en ella además como coreógrafo. Lo curioso de esta comparsa que se funda en 1961 es que no representa a un barrio como las tradicionales, sino que pertenece a una organización, la juvenil universitaria. Al estar integrada completamente por estudiantes, nos daba una identidad y una fuerza increíble.

«Todos se involucraban para hacer realidad nuestros proyectos y ganar. Testigo de ello es la fuente que aún se encuentra camino al Hospital Militar, por un lado es un hongo y por el otro una flor. Esa fuente se confeccionó en la Cujae para lucirla en nuestra carroza y después de exhibirla en los carnavales fue que se emplazó en este espacio de la ciudad».

—¿Qué esencias se esconden detrás de las míticas comparsas?

—Las comparsas de Cuba son, según las definió Fernando Ortiz, teatro rodante. Como digo yo, todas cuentan un cuento. No es bailar por bailar. Nada de eso. Los Componedores de batea, por ejemplo, tratan de armar una batea, de esas con las que se lavaba antes, formadas por duelas, las tablillas de madera con las que también se hacían los toneles de manteca, ron y demás. La bollera, por su parte, confecciona bollitos de frijol carita, una fritura parecida a la de malanga. La sultana, refiere cómo el sultán rescata a su amada de un secuestro, mientras que la comparsa de El alacrán, que representaba además a los cortadores de caña, trata de matar el alacrán, el gran peligro de los campos de azúcar.

«Basada en estas historias, que nos remiten a los orígenes de las comparsas tradicionales, cada una prepara la sorpresa, —otra de sus características relevantes—, que es el elemento novedoso que despliegan como colofón de su desfile. En una ocasión la gente de la comparsa de El alacrán, gran rival de Los Componedores... sí que le dieron una sorpresa en el momento final. Delante de todo el jurado, cuando fueron a levantar la batea, esta se deshizo porque le faltaba una pieza: le habían robado una duela».

Este legado de ricas tradiciones que cada año se abanican con la brisa marina del Malecón, son para Johannes una de las más brillantes galas que luce la procesión habanera. La convivencia armónica de comparsas tradicionales con las contemporáneas Los guaracheros, Los caballeros del ritmo, La Giraldilla y otras tantas; dan fe de cubanísimas esencias que han trascendido en el tiempo hasta nuestros días, fieles a una identidad que las conjura para siempre ligadas al Carnaval de La Habana. Pues, como asegura Johannes, «nos distingue un folclor que no está muerto ni es un objeto museable».

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