En la tierra como en el cielo

Nuestra señora de las nubes, por Teatro D’Dos conmina a seguir el rumbo en cuanto a incorporar piezas maestras, o simplemente valiosas, de la región

Autor:

Frank Padrón

Uno de los estrenos más valiosos de la temporada escénica es sin lugar a dudas Nuestra señora de las nubes, del argentino-ecuatoriano Arístides Vargas en versión de Teatro D’dos.

La obra de quien naciera en Córdoba un día de 1954, abarca tanto el guión cinematográfico (la simpática Entre Marx y una mujer desnuda) que la ocasional actuación, pero es en la investigación y la dramaturgia donde más sobresale el fundador del veterano y respetable colectivo Malayerba, en su patria adoptiva, Ecuador.

Los textos de Vargas son imprescindibles para cualquier seguidor del teatro latinoamericano, y en ellos, como ha dicho con sobrada razón el colega Santiago Ribadeneira Aguirre hallamos «la presencia de la ausencia» y forman «un teatro fundador, como el olvido y la memoria, nunca neutros (...) Los personajes de Arístides son deliberadamente deambulatorios, no tienen un espacio definido o definitivo; existen en el ejercicio pleno del olvido y la memoria, porque su identidad personal (también la nuestra, puesto que al ser investidos por la puesta en escena nos convertimos en la voz común) es la conciencia que acompaña al ejercicio pleno del pensar: lo específicamente recordado y lo específicamente olvidado».

Aunque el crítico se refiere a su obra en general, parece que puntualizara en el título que hace poco llevó a la sala Raquel Revuelta Teatro D’dos, un colectivo que ya había bebido en esas fuentes mediante otra de las obras esenciales de Vargas: La edad de la ciruela, quien también con puesta y dirección de Julio C. Ramírez, fue profusamente laureada entre nosotros.

Nuestra señora de las nubes sigue a un hombre y una mujer en cuyos diversos personajes y representaciones aluden a ese espacio mítico, una ciudad inexistente que sin embargo detenta una realidad incuestionable: pudiera ser cualquier territorio de nuestra América, donde las dictaduras, el exilio, las diferencias sociales y tantos males que han aquejado a esta parte del mundo, han conformado su Historia.

Pero el autor no plasma su relato con un discurso literalista ni mucho menos panfletero, sino mediante algo que pudiéramos ubicar dentro de un «absurdo poético»; con las armas de la metáfora, de la poesía en general, estos seres son un par de desconocidos, paisanos que no lo saben y lo descubren ante las vivencias comunes y que pueden desdoblarse en dos enamorados o dos que simplemente coquetean; un matrimonio de raras costumbres y dudosos nexos; una abuela que cuenta chismes sobre la genealogía del pueblo a un nieto fronterizo; una esposa que visita inoportunamente al marido durante un ensayo de la orquesta que aquel dirige metódicamente o nuevamente, dos que han escapado del infierno local para refugiarse en cualquier rincón del mundo.

El discurso resulta tan históricamente concreto como legendario y universal, tiene tanto de tiempo y espacio reales como míticos, y es justamente en ese lenguaje de alto vuelo imaginal donde Vargas se luce con una prosa que encanta y sugiere, mientras rasga dolorosas y cercanas realidades.

Esto es algo que han entendido muy bien los responsables de la puesta, comenzando por Julio César, quien además de la dirección se encargó de la banda sonora, asistido por Enrique Salgado, y que desde ese rubro consiguen diseñar una atmósfera surrealista y paródica, acorde con los postulados dramáticos del texto, en lo cual las luces de Edgar Medina se han sumado con rigor desde la pátina del claroscuro y la nebulosa.

Con unas cuerdas que atraviesan el escenario y que desde su código mínimal sugieren la espacialidad en sus variadas dimensiones, los actores Irina Davidenco y Fabián Mora llevan sobre sus hombros la mayor responsabilidad de la representación, pero salen airosos.

No solo se mueven y manejan la rudimentaria escenografía con agilidad y conocimiento de causa, multiplicando sus posibilidades, sino que, sobre todo, logran habitar la piel de cada ser que van alternando con la diversidad de tonos que exige la escritura: de la sátira picante a la gravedad del drama, de la sensualidad abierta al desgarramiento de tragedias tan personales como de muchos, ambos actores se lucen y crecen a medida que avanza el relato.

Nuestra señora de las nubes, por Teatro D’Dos conmina a seguir el rumbo en cuanto a incorporar piezas maestras, o simplemente valiosas, de la región. Qué bien esto de no tener que esperar a Mayo teatral o a los festivales internacionales para apreciar un notable teatro latinoamericano desde la perspectiva del patio.

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