Música con alquimia

Animada por mil proyectos y deseosa de compartir su música con sus seguidores de la Isla, Diana Fuentes conquistó el viernes el auditorio del Teatro Nacional

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

Los conciertos también nos motivan desde la propuesta escénica que los artistas intencionalmente nos dejan apreciar como parte de su actuación. Sucedió con Diana Fuentes el viernes último, en la sala Avellaneda del Teatro Nacional. La joven cantante apeló a una escenografía sencilla y muy original para conectarse con su público de la capital.

Con temas pertenecientes a sus dos producciones discográficas: Amargo pero dulce (Egrem) y Planeta planetario (Sony Latin Music/Egrem), Diana ofreció una velada que consumió alrededor de una hora y media de espectáculo. Detrás de ella dos elementos sobresalieron: una banda de lujo, compuesta por noveles músicos, y una pantalla que fue también un personaje dentro de esa concepción dramática que la artista quiso darle a su concierto. Este último detalle resultó un factor simbólico dentro de la presentación, ya que con ello se reprodujeron mensajes audiovisuales atractivos que se conjugaron con un trabajo casi perfecto de las luces.

En el Nacional vimos una Diana Fuentes desinhibida y que mostró las potencialidades de su voz. Ella supo ser sensible con canciones como Tu nombre, de Descemer Bueno. Esta versión de la vocalista, que incluyó en su ópera prima, fue escuchada el viernes, seguida solamente de la guitarra que impecablemente ejecutó Nam San Fong.

Bien «aupada» por la herencia afrocubana, la cantante fue capaz de bailar con soltura ritmos sincréticos en un movido instrumental de su grupo —algo que repitió al interpretar Tanta dicha—, y supo conectar con el auditorio a través de su contagiosa conga De Oriente a Occidente.

Fuentes se hizo acompañar de estudiantes de la Big Band de la Escuela Nacional de Arte (ENA), quienes con una alta carga dramatúrgica hicieron su entrada para que sonara Malas lenguas, una pieza escrita por la cantante y que se inspiró en «esos personajes pintorescos y entrometidos».

A las grandes cantantes de bolero y filin de Cuba las reverenció con Otra realidad, mientras que con Asuntos de invención remarcó la valía de personas especiales como su abuela Aurora Fernández, y las mujeres latinoamericanas y caribeñas, al tiempo que se sumó a la campaña contra la violencia de género.

Evocó esa noche en la Avellaneda la pieza Decirte cosas de amor, que le permitiera obtener en 2007 el Gran Premio en el concurso Adolfo Guzmán, y para ello contó con el virtuosismo del pianista Jorge Luis Lagarza. Y para continuar con las evocaciones, invitó a Adrián Berazaín, con quien recordó un éxito de ambos: El club de los corazones rotos.

Diana regaló El amor de mi vida, dedicado a la persona más importante de su universo, y que obsequió como un adelanto de lo que será su tercera placa fonográfica, cuya grabación, aseguró, comenzaría en enero próximo.

Aunque mencionado antes, es necesario hacer un aparte con el grupo que acompañó a Fuentes. Trascendió, melódicamente hablando, la sección de metales, liderada por el saxofonista Michel Herrera y el trombonista Eduardo Sandoval, así como la percusión, segmento en el que destacaron Ruly Herrera y Frank David Fuentes. Igualmente fue meritorio el desempeño del guitarrista Nam San Fong y el pianista Jorge Luis Lagarza, además de la participación activa del boricua Eduardo Cabra, conocido en los escenarios como el Visitante de Calle 13.

Animada por mil proyectos y deseosa de compartir su música con sus seguidores de la Isla, Diana Fuentes dejó en el Nacional una puerta abierta para regresar seguramente. Su cierre con Amargo pero dulce, y todo lo que se apreció en esa velada, avizoró su propósito de estar siempre cercana a su público.

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