Diálogos en el puente de los infames

Varios estrenos de la temporada escénica merecen acercamiento crítico y un anális más profundo

Autor:

Frank Padrón

Varios estrenos de la temporada escénica merecen acercamiento crítico. Uno de ellos, El puente de los danzantes, por la compañía Rita Montaner en su sede El sótano, significa la más reciente obra de Edgar Estaco, quien asumió también la puesta en escena.

La conocida fábula de Esopo en torno a las ranas que pidieron a Zeus un rey, sirve de punto de partida y estructura a esta nueva incursión del reconocido dramaturgo en realidades de hoy mismo, deviniendo uno de sus más cohesionados textos.

Amante sempiterno de las parábolas, de los procedimientos metafóricos, en anteriores textos, sin embargo, Estaco fallaba a veces al abandonar las simetrías para de pronto discursar directamente sobre los significados a los que aquellas aludían (El monólogo de Casio, por ejemplo) pero en esta ocasión la sutileza y elegancia de la analogía se mantienen de principio a fin, en una pieza donde los cuestionamientos en torno al poder, el totalitarismo y los más diversos conflictos sociales y humanos, se van articulando mediante un tejido dramatúrgico y personajes notablemente armados.

La escenografía futurista dentro de la cual se aprecia un racional uso del espacio, permite que los actores (no todos al mismo nivel de correspondencia con sus roles) se muevan cómodamente apoyados por las luces de Marvin Yaquis. Y aunque la música no desentona con la atmósfera abigarrada y opresiva, pienso hubiera sido mejor crear una partitura original o, de insistir en echar mano a una cita, hacerlo con algo menos conocido que El fantasma de la ópera. De cualquier manera, El puente… convida a que la reflexión y el tácito, pero evidente diálogo con el público, sea todo un hecho.

Y hablando de conversaciones con el respetable, de esto va la obra de Nicolás Dorr, que pudo verse hasta hace unos días en el Café del Centro Cultural Bertolt Brecht. Diálogos a media tinta es su título y nos llega en puesta de Simón Carlos (quien además actúa, en uno de los más completos desempeños) para Teatro Buscón.

El maestro Dorr vuelve aquí por sus fueros en una obra que despliega la ironía y los devaneos lúdicros a que nos acostumbró desde aquella obra de sus inicios que prácticamente nació clásica (Las pericas), ahora mediante scketchs que se burlan, fundamentalmente, de los atropellos al idioma, mal que, como es sabido, nos maltrata sin tregua.

Pero no se trata exactamente de quienes cometen faltas en el habla cotidiana, sino de un estrato más «culto» y, por ello, aun más imperdonable (conferencistas y dialogantes versados en el «arte de no decir nada», hacedores de una poesía hermética y seudovanguardista, pedantes que convierten la gramática aplicada en todo un esgrima inflexible…).

Los dardos del texto, sin embargo, no se reducen a ello (si bien arrancan los mejores momentos de estos Diálogos…): no olvidan «sazonar» la chismografía, la demagogia, los sempiternos combates intergeneracionales…

La puesta de Buscón nos incorpora a un trayecto desigual, en el que se aprecian, digamos, obscenidades (tanto en lo verbal como en lo físico) absolutamente innecesarias dentro de una obra, como se ha dicho, rica en su propuesta escritural, y es algo que debe repensarse para futuras reposiciones, teniendo en cuenta otros indudables valores (el semantizado vestuario del mismo director junto a Ángel Alberich; las acertadas coreografías de la también productora Betty Eiris…).

Diálogos… marca el regreso de un actor otrora muy aplaudido, Vladimir Villar, quien se muestra en plena forma histriónica, al punto de que la mayoría de sus intervenciones clasifican entre lo mejor a este nivel; no puede decirse lo mismo físicamente hablando, por lo cual su desnudo, amén de innecesario dramatúrgicamente, anduvo rayano en lo grotesco.

En esa sala donde estuvo Diálogos…, pero ahora de martes a jueves (7:00 p.m.), se puede apreciar otra de las obras que hacen larga temporada. Con indiscutible acogida transcurre la puesta, a cargo de Teatro La Bernarda, de Infames, original de Tony Arroyo, quien la dirigió y protagoniza (alternando con Yas Beltrán). Estrenada con éxito hace 11 años en Chile, según reza el programa de mano, la versión que vemos, como se aclara allí, conserva en esencia los elementos del original: sigue a Miguel, mulato cubano residente en el país austral, quien se relaciona con varias mujeres, a la vez que negocia con tabaco de la Isla y es perseguido por deudas.

Debe encomiarse en Infames la capacidad para mantener debidamente interesado a un público heterogéneo durante la hora y media que dura, y el hecho de crear personajes con diseño convincente en función de las peripecias, por demás bien hilvanadas, del relato dramático, dentro de los cuales sobresale Ana (eficazmente asumido por Lianet Alarcón), uno de esos seres que recuerda aquel viejo dicho de las apariencias engañosas y cuya personalidad sirve de blanco sarcástico sobre ciertas causas y maneras de proyectarse.

El problema con Infames radica en su no bien resuelta mezcla de temas serios con guiños satíricos a clisés y lugares comunes de lo peor en la telenovela y el cine, pues no quedan claramente delimitados los terrenos y son entonces recibidos así por la mayoría de los espectadores, al no ofrecerle las claves para realizar la operación de deslinde; de modo que, por ejemplo, la efectista, increíble y tremebunda escena-desenlace con la venganza de Ana parece la consecuencia lógica de los sucesos, y no una parodia de tantos momentos semejantes en no poco thriller de pacotilla.

Por otra parte, casi todos los desempeños no trascienden la caricatura apoyada en el más amplio repertorio de caritas/boquitas o los francos excesos de la sobreactuación. A pesar de estas limitaciones que podrían resolverse con un replanteo tanto de letra como de puesta, Infames toca más de un aspecto dilemático de las relaciones humanas y su desvalorización en la sociedad contemporánea dignos a tener en cuenta.

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