Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Razones para perseguir el arcoíris

Guido López-Gavilán, premio nacional de Música 2015 y Gran Premio del más reciente Cubadisco, afirma que la necesidad de crear es una de sus grandes motivaciones

Autor:

Lourdes M. Benítez Cereijo

Sus acercamientos iniciales a la música se produjeron estando aún en el vientre materno. Esa heredad se fue revelando desde los primeros años de vida, cuando se sentaba con su guitarra a descubrir canciones y a pensar en una manera de inventar una religión en la que el Dios fuera el tiempo, pues «con ese no puede nadie». La verdad es que no le hizo falta crear ese culto, porque hay personas que nacen para conquistar el tiempo y el maestro Guido López-Gavilán es uno de esos afortunados.

Graduado en Dirección Coral en el Conservatorio Amadeo Roldán, en 1966, y de Dirección Orquestal en el Conservatorio Chaikovsky, de Moscú, en 1973, actualmente dirige la Camerata Música Eterna. Se desempeña además como jefe de la Cátedra de Dirección del Instituto Superior de Arte y preside la Asociación de Músicos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Recientemente le fue otorgado el Premio Nacional de Música 2015 y el Gran Premio Cubadisco 2016. En medio de tantas responsabilidades, el maestro dedicó algunos minutos para dialogar con Juventud Rebelde acerca de su intensa trayectoria, que comenzó con cierta incertidumbre:

«Tenía diversos intereses, me gustaban las ciencias y la pintura. Y aunque de niño siempre estuve rodeado de música, no decidí dedicarme a ella hasta unos años después. Fue un proceso que me fue ganando. Mientras más conocía más quería aprender».

—¿Qué es lo que más le apasiona del universo musical?

—La creación. Cada vez ocupa más espacio el deseo de componer, de crear algo nuevo.

—¿Es más gratificante?

—No lo sé. Pero estoy seguro de que es la respuesta a una necesidad interior. Según pasa el tiempo cobra mayor importancia el tener dentro algo en ebullición.

—La combinación parece regir su desempeño, pues es usted un hombre que lleva a la par lo clásico y lo popular. ¿Cómo logra que todo se acople armónicamente?

—No hay contradicción alguna. Son complementos. A mi juicio, lo popular y lo clásico siempre han estado vinculados. No obstante, en ocasiones se han establecido fronteras. No quiere decir que no existan, porque ambos tienen propósitos determinados, pero la música es una, y de ella se desprende una rica diversidad sonora, en dependencia de la finalidad que se le quiera dar. Todo se interrelaciona.

—Esas mezclas se extienden al plano personal, pues en usted van a la par humildad y excelencia, alegría y rigor…

—Soy muy riguroso, sin duda. Al crear debo hacerlo lo mejor posible. Es cuestión de formación familiar, social e ideológica. Eso se puede hacer sin desechar el disfrute.

—¿Qué le interesa explorar en sus creaciones?

—Mis inquietudes son las mismas desde que me interesó componer. El secreto radica en que uno compone para escuchar algo que no ha escuchado antes, porque quiere decir lo que no ha sido dicho antes. Me acompaña la convicción de unir todo lo que me rodea: la música de Cuba y sus tradiciones con lo más internacional o universal. Esa integración me cautiva.

—Caribe Nostrum le valió el Gran Premio Cubadisco 2016. ¿Cómo recibió ese reconocimiento?

—Para mí fue muy satisfactorio porque esa música no es de las más galardonadas en certámenes de ese tipo. Eso habla muy bien de la evaluación del jurado, demuestra valentía.

«Es un disco conformado por un CD y DVD, hecho con obras de mi autoría, lo que me gratifica mucho. Nació de un concierto en vivo, durante una presentación en la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís».

—Muchas veces decimos «en vivo» y no tomamos en cuenta las implicaciones para sus protagonistas…

—No es lo mismo llegar a un resultado ante un público, de una vez, que alcanzarlo con la opción de volver atrás. Una producción en vivo dista mucho de una que es el fruto de seleccionar, escoger tomas, corregir y mejorar. No quiere decir que el álbum de estudio no tenga méritos, pero son cosas diametralmente opuestas. Por lo demás, se trató de un concierto muy especial, muy familiar, porque me acompañaron Música Eterna, mi hijo Aldo y el trío Concertante.

—Un crítico extranjero afirmó que usted posee «un refinado sentido para el color de las sonoridades». Siguiendo la metáfora, ¿qué matices no pueden faltar en su paleta?

—Eso fue a raíz de un concierto en Europa y aludía a mi labor como director de orquesta. Esa asociación entre el sonido y el color, entre el oído y la vista, curiosamente me viene muy bien, porque desde niño me atrajo la pintura. Por tanto, no me resulta extraño buscar los colores en el sonido.

—¿Es acaso como si pudiera ver el sonido?

—No. (Risas).

—Creo que me entusiasmé demasiado con la metáfora…

—Uno puede dejar volar la imaginación, pero hasta el momento nunca he visto un sonido. Aunque todo es posible.

—Maestro, el nombre de su familia es sinónimo de entrega y talento. Es la alusión a una estirpe musical que representa preciados valores de nuestra cultura. ¿Qué pensamientos acuden a su mente al hablar de los suyos?

—Amor por sobre todas las cosas. De la familia que me precedió conservo muy buenos recuerdos, tuve la suerte de conocer incluso a mi bisabuela. En todas las generaciones siempre ha estado presente un sólido sentido de pertenencia, de respeto, convivencia, orientación…

—¿Es complicada la convivencia en una familia de músicos?

—Sí y no. Se torna complicado cuando tienes un piano en la casa y no hay de otra que rotárselo. Obviamente cuando uno está estudiando el piano, hay otras cosas que no se pueden hacer. Pero es bonito, propicia el intercambio y desarrollo entre todos, porque puedes enriquecerte con las visiones de los demás.

«Tenemos la posibilidad de que cuando actuamos juntos logramos algo sumamente hermoso. Disfrutas del trabajo de un gran artista, y esa satisfacción se incrementa porque se trata del trabajo de alguien que es cercano, que es tu hijo, tu esposa, tu madre… Es una experiencia realmente conmovedora».

—A estas alturas, ¿podría delimitar música y familia?

—En este caso la familia es una continuación de la música, pero no toda la música es continuación de la familia.

—Si a alguien se le ocurriese plasmar su vida en un pentagrama, ¿qué notas o acordes no podrían faltar?

—Los ritmos nacionales.

—Coménteme de su labor al frente de la Asociación de Músicos de la Uneac.

—Es parte de la familia también. Estoy vinculado a esta organización desde muy joven, desde los tiempos de la Brigada Hermanos Saíz, y debo decir que la Brigada fue de gran ayuda en mi desarrollo como persona, músico y ser social. De la Uneac tengo gratos recuerdos desde la época de Guillén. He tenido la suerte de que los dirigentes han sido igualmente mis amigos. La labor que aquí desarrollo es una posibilidad de ayudar al medio musical. Es la oportunidad de tributarle un poco a la cultura cubana.

—Usted ha estado siempre vinculado a la formación de las nuevas generaciones. ¿Existen fracturas entre la creación de los jóvenes y la herencia de las tradiciones?

—La formación de los jóvenes es justamente la construcción del futuro. Desdichadamente nuestra juventud está lastrada por muchos años de mala música rodeándonos de un modo indiscriminado. Desde mi juventud he estado vinculado a la pedagogía y he tenido la suerte de haber sido maestro de muchas generaciones. El lastre se siente. A veces lo vemos en los nuevos músicos, aunque no es algo generalizado. Por suerte, gracias a esas circunstancias admirables de la vida, y a pesar de algunos aspectos deplorables del entorno sonoro, existen y han surgido músicos de excelencia.

«Lo que sucede es que hay un peso excesivo en la divulgación de la peor música, esa que ha minado la espiritualidad. Se nota en la forma de comportarse y de conducirse en la vida, por eso se ha convertido en un fenómeno social.

«Es triste y difícil de superar. La gestión no está balanceada. La música puede ser controlada por cualquiera, incluso aquel que menos capacidad tenga para hacerlo. El que tiene el aparatico en la mano, gobierna y decide qué se escucha. Aunque son innumerables los esfuerzos que se realizan desde diversas instituciones para promover nuestros valores más sólidos, es tanta la competencia que muchas veces se ahogan los empeños».

—De aquel joven que formó parte del Primer Contingente de Maestros Voluntarios, al maestro que mereció recientemente el Premio Nacional de Música, ¿qué no ha podido cambiar el tiempo?

—Me has recordado una etapa que marcó mi vida. Fueron dos años en la Sierra Maestra, un período irrepetible. A pesar de los trabajos que pasé, espiritualmente fue positivo porque me preparó para la vida. La Revolución recién triunfaba y el país estaba envuelto en el deseo de mejorar. Fidel hizo un llamado a todo el que estuviera dispuesto a marchar adonde no existían escuelas. Muchos subimos las lomas, algunos resistieron y otros no. Fue una prueba de voluntad, de deseo de entregarse a una causa. Esas cualidades adquiridas y las enseñanzas se han mantenido y me han acompañado.

—Un alto reconocimiento como el Premio Nacional de Música va asociado a esa idea de alcanzar la cumbre. ¿Cree usted que lo ha conquistado todo?

—Es un premio que veo como la consecuencia de una vida dedicada con honestidad a lograr el mejor de los resultados, para ofrecer una cultura que sirva a nuestro pueblo. No pienso que he llegado al tope, mientras pueda voy a perseguir un poco más. Se trata de ese lugar a donde se va y al que nunca se llega.

—El horizonte…

—El arcoíris…

—En muchas de sus valoraciones está presente la idea de lo eterno. ¿Piensa usted en la resistencia al tiempo?

—El tiempo para mí es un concepto admirable. Sitúa cada cosa en su lugar. Otorga valor a lo que realmente lo tiene y se lo quita a lo que no lo merece. Es interesante: la música es la manifestación que mejor representa al tiempo porque se trata de un sonido detrás de otro. La música es eso: tiempo.

—¿Sería atinado decir que en su tiempo ha sido usted una suerte de centinela del patrimonio cultural?

—No lo había pensado. Trato de ayudar. Me gusta retomar tradiciones y defenderlas para que permanezcan, porque son la raíz, las que han formado a nuestro pueblo, las que nos hacen como somos. Si cambiamos de tradiciones se cambia de pueblo. Y yo trato de mantener el nuestro, el mío.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.