A telón siempre abierto

Xiomara Palacios era la más perfecta hechicera de la infancia; la maga que conseguía extraer el más reluciente brillo de los ojos de su público fiel de pequeñines

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

No importaba que fuera un lugar común que la inolvidable Xiomara Palacios afirmara a esa altura de su vida, en que el Centro de Documentación de las Artes de los Títeres de Bilbao, en España, le entregaba el Premio Internacional del Foro Títeres en Femenino Mariona Masgrau (2014), que era una persona decididamente realizada, pues para esa fecha la titiritera mayor de Cuba ya tenía, si se trataba de reconocimientos, la Orden Raúl Gómez García, la Distinción por la Cultura Nacional y la Medalla Alejo Carpentier, que otorga el Consejo de Estado. Eso sin contar que no encontraba competencia en cuanto festival se convocara, porque esta creadora, que dejó su impronta en el teatro, cine y televisión, dueña absoluta de los Caricato de la Uneac, era una maestra de la actuación.

Era. Y asegurarlo así, en pasado, oprime fuertemente el pecho. Porque significa que ya no está, que nos dejó físicamente, para instalarse de una vez y por todas en la memoria colectiva de su pueblo. Porque Xiomara Palacios era la más perfecta hechicera de la infancia; la maga que conseguía extraer el más reluciente brillo de los ojos de su público fiel de pequeñines y despertaba en él, sin la mínima posibilidad de fallo, el milagroso asombro, gracias a su pócima de fórmula secreta llamada Arte.

Murió bendecida Xiomara Palacios. Eso sí que es verdad, porque no solo logró hacerse rodear de una hermosa familia, de amigos que la adoraban, de colegas que la tenían como paradigma, sino además que la crítica y los directores la respetaran. «He sido premiada y, como decía Lola Flores: “Yo, con mi artistaje, he recorrío el mundo”... En fin, que no me puedo quejar…», le admitía a su socio Frank Padrón para que este se lo contara a los lectores de JR.

—Entonces, ¿se cierra ya el telón?, le preguntó el crítico hace dos años.

—¡Eso nunca!, le respondió quien naciera el 29 de septiembre de 1942 en Remedios, Villa Clara, tal vez sin la conciencia real de que vivirá eternamente mientras existan quienes en esta Isla defiendan ese arte titiritero en grande, en cuyas bases se asienta su inmensa labor creativa. El paso de la Palacios por el Teatro Nacional de Guiñol que también fundó, en 1963, dejó una huella tan profunda, que aquellos que llegaron al fascinante universo del retablo para

seguirla, no pueden dejar de mencionarla, como ocurre con el genial Rubén Darío.

«Mi llegada al Instituto Superior de Arte de La Habana, en 1982 —contó con admiración el santiaguero que con Teatro de las Estaciones se radicó definitivamente en Matanzas— me propició conocer en las tablas a la premiada; deleitarme con sus personajillos de La lechuza ambiciosa, en puesta en escena de Armando Morales, con quien conformara un invencible dúo durante largo tiempo. Su Jutía en Liborio, la jutía y el majá fue una lección de animación y gracejo criollo a mares; con su tierno Caspy, en La nana, montaje de Raúl Guerra, tuve que ir tras el retablo para comprobar que no era un niño de verdad. La recuerdo vital y cubanísima en su papel de Blanquita, una gallina sometida por Mandamás, según la historia de Dora Alonso, dirigida por Eddy Socorro. No había tarde o mañana de fin de semana que no me escapara al Guiñol para ver a Xiomara, a Ulises, a Armando, a Isabel, entre otros juglares que me ayudaron con su ejemplo interpretativo a inclinar la balanza en mi decisión de entregarme al mundo de los muñecos, una vez graduado. Hasta directora artística se volvió la Palacios y luego directora general de la compañía nacional. Qué bueno que no abandonó nunca el escenario y que pude aplaudirla, ahora sí, en su magnífica creación de Ze Chupanza, según la versión brasileña de Don Quijote, del dramaturgo Oscar Von Pfhul, bajo el mando de Roberto Fernández. Este personaje le valió el Premio de Actuación Femenina en el Festival Internacional de Teatro para Niños auspiciado por la Unicef, en Lima, Perú, 1990. Otros galardones nacionales, viajes, reconocimientos vendrían en tropel a coronar su muy completa trayectoria profesional».

Y pensar que la Jicotea de Chicherekú, la Escoba de La Cenicienta, la Oshún de Shangó de Ima, la eterna Cucarachita que cubanizó el inmenso Abelardo Estorino, no quería ser exactamente titiritera, sino que soñaba con convertirse en actriz dramática. Los famosos Hermanos Camejo la escogieron cuando aún era una joven estudiante y ella tomó este comienzo «como un puente para llegar después a mi propósito. Ocurrió que me atrapó totalmente una vez que fui descubriendo su mundo, teníamos entonces 20 años de edad, éramos todos amigos, y los Camejo nos enseñaban a convivir como una gran familia. Terminé quedándome con ellos, y definiendo mi desarrollo profesional», reconoció Xiomara.

«Con los Camejo aprendí la profesión, la disciplina, el rigor profesional al mismo tiempo que nos divertíamos. Y sobre todo, que en este proyecto se involucró un grupo de artistas con la conciencia de que estaba haciendo algo importante en el panorama cultural cubano», enfatizaba esta artista total que hubo que aplaudir una y otra vez, cuando hacía suya la escena lo mismo junto Teatro Pálpito, con Ariel Bouza al frente, que con Teatro El Público, Teatro de la Luna (todavía se habla de Fábula del insomnio), y el Centro Promotor del Humor, que la invitó para que la amáramos en La divina moneda.

Mas quien fuera miembro de honor de Unima Cuba y también se moviera en el mundo del doblaje, no previó que se contagiaría con la «enfermedad del muñeco», como admitió en una entrevista que concediera en 1985 para la revista Conjunto, de Casa de las Américas. Entonces señalaba: «Dice el director búlgaro Atanas Ilkov que, cuando una persona contrae ese virus, ya no tiene remedio. No se puede curar, no existe antídoto, no hay salvación. Parece que es cierto, porque nunca más quise ser otra cosa que titiritera». Una suerte enorme, ¿no? Y Cuba tuvo el privilegio de ternerla.

Xiomara Palacios Foto: Jacala

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