Bailo como si no hubiese mañana

Al encuentro de esta cultora de las danzas españolas fue Juventud Rebelde, para dialogar acerca de su trayectoria artística

Autor:

Lourdes M. Benítez Cereijo

Aunque la memoria me traiciona cuando trato de recordar la primera vez que vi bailar a Irene Rodríguez, el tiempo no ha desdibujado la sensación que aquella experiencia dejó en mí. Era diferente. Su soberbio desenvolvimiento iba más allá del talento o de la proyección escénica: bailaba como si una fuerza superior tomara el control de su cuerpo.

Al encuentro de esta cultora de las danzas españolas fue Juventud Rebelde, para dialogar acerca de su trayectoria artística. Sinceramente, siempre me ha parecido algo difícil asimilar que esa chica menuda sea capaz de imponerse de la forma en que lo hace, conquistando escenarios y corazones dondequiera que va.

—A veces tengo la sensación de que bailas como si tuvieras el demonio en el cuerpo… Te transformas completamente.

—Lo hago como si el mundo se acabara y cuando una se entrega de esa manera, lo das todo. Lo vives sin reservas. Esa es mi ley y lo hago desde que tengo uso de razón.

Irene es una muchacha sencilla y de plática fluida. Relata sus historias con emoción contagiosa y parece mentira que siendo tan joven haya vivido tanto. Su acercamiento a la danza comenzó con nueve años en clases de ballet clásico, de las cuales se escabullía para ir al salón de baile español. Y aunque el regaño de su madre no se hizo esperar, la progenitora fue sabia al no oponerse al destino.

«Desde ese momento no tuve tiempo para nada más. Mis amigas se iban a tomar helado o a fiestas y yo para mis clases. Al regresar de las lecciones repetía en casa lo aprendido. Nadie presionaba, simplemente me nacía».

—¿Será que lo llevas en los genes?

—(Ríe). Según contaba mi abuela, su abuela bailaba en las cortes de España…

Cuando recibía clases en el Centro Andaluz de La Habana, la entonces directora del Ballet Español de Cuba (BEC), Olga Bustamante, la ve en un concurso coreográfico y se ofrece para enseñarla personalmente a su regreso de una gira. Sin embargo, la compañía retorna con Eduardo Veitía a la cabeza. Ante él se presentó la pequeña para preguntar si la propuesta se mantenía y el director la acogió bajo su tutela. A partir de esa experiencia, fue creada la Academia Nacional de Danzas Españolas auspiciada por el BEC, a la cual perteneció Irene desde 1993, y donde se graduó de bailarina en 1999.

—Asumes roles de primera bailarina del BEC antes de cumplir 20 años…

—Fue una etapa muy linda. Antes de graduarme ya hacía protagónicos, así que cuando me convertí en primera bailarina no percibí que fuera demasiado para mí. Lo peor fue interpretar un rol como Carmen a los 16 años, porque ni siquiera había tenido contacto con la sensualidad que lleva el rol, tuve que madurar de golpe. No solo fui solista desde temprana edad, también profesora y maestra de los talleres. Será por eso que muchas personas creen que tengo mucha más edad y yo no me pongo brava. Tengo 33 años y un recorrido del cual estoy muy orgullosa.

—Luego de haber alcanzado tanto en el BEC, decides partir de cero para inicar un proyecto propio. ¿El poder de los sueños superó el miedo a los riesgos?

—Todo cambio tiene riesgos, por eso debes saber lo que eres capaz de dar por el sueño. Sentía que tenía las alas y los conocimientos. Mis líneas coreográficas e interpretativas se volvieron muy personales; se desdibujaban un poco del trabajo del BEC.

«La confianza y el apoyo recibidos fueron decisivos. A pesar de que 2011 fue terrible, la determinación de comenzar mi compañía nunca se debilitó. Una semana antes de haber comenzado el proceso legal de mi proyecto sufrí una fractura muy seria. No se sabía cuántas operaciones llevaría, no se sabía si podría volver a bailar. En esa etapa fue muy importante el apoyo de Eusebio Leal, pues mi recuperación tuvo lugar en el Convento de Belén, donde me enseñaron a caminar de nuevo, a estar de pie».

Irene se dijo que nada la detendría y con dos muletas iba a todas las reuniones. Posteriormente Alicia Alonso le propuso que entrenara en el Ballet Nacional de Cuba (BNC). Allí empezó a remontar un espectáculo que debió estrenarse solo una semana después de lesionarse. En dos meses estuvo lista para interpretar esa coreografía, la más difícil que ha bailado hasta el momento: Aires de tradición.

El 25 de enero de 2012 sale a escena por vez primera la Compañía Irene Rodríguez. No hubo nada fácil, no tenían ni vestuario. Con su dinero solo pudo pagar los vestidos de las mujeres, mientras que la ropa de los hombres fue un préstamo. Las dificultades no la intimidaron.

«Ese mismo año Alicia Alonso delega en mí la dirección artística del Festival Internacional La Huella de España. Estrené El crimen fue en Granada, inspirado en el poema de Antonio Machado sobre la muerte de Federico García Lorca. Decidí presentar la obra al Premio Iberoamericano de Coreografía que convoca la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), de España y el BNC. Se presentaron 42 piezas de más de diez países. Imagina mi sorpresa cuando la maestra Alicia me comunicó que había ganado el lauro. Fue un enorme impulso para la compañía», recuerda la profesora y coreógrafa.

—¿Qué distingue tu quehacer coreográfico en un panorama escénico donde el talento en ese campo no falta?

—Me priva la búsqueda del virtuosismo. Me gusta crear para toda la compañía y apuesto por la entrega total. Nos distingue la homogeneidad en el desempeño escénico, sin despreciar la particularidad, la personalidad de cada bailarín. Se trata de lograr la armonía desde la individualidad. Mi quehacer coreográfico se centra en explotar el máximo de posibilidades. También me gustan las coreografías con un contenido dramático, que tengan una enseñanza. Lo teatral dentro de la danza me apasiona.

El primer año de la compañía estuvo marcado por el éxito. Irene ideó un espectáculo en el que compartía escena con la Orquesta Sinfónica Nacional y con el maestro Frank Fernández. Vio florecer muchos esfuerzos porque las presentaciones fueron incluidas en el Libro de Honor del Gran Teatro de La Habana.

—La intensidad rige tu carrera…

—Es cierto. Tengo esa filosofía. Hago las cosas como si no existiera un mañana. Entreno cada día como si la función fuese en la jornada siguiente. Vivo para mi carrera. Trabajo de ocho de la mañana a las once de la noche, pero estoy feliz de tener un equipo motivado. Ahora poseo mi propia escuela con más de 90 estudiantes, gracias al amparo de la maestra Ramona de Saá, en la Escuela Nacional de Ballet. Entreno a esos jóvenes con proyecciones profesionales. No solo para que tributen a mi compañía, sino para mantener viva la danza española.

—¿Qué haces para que te alcance el tiempo?

—No lo sé. Me alcanza para todo, menos para mí.

—Eres una mujer talentosa, joven, hermosa… ¿No te arrepientes en algún punto de entregar tanto a tu profesión y descuidar parte de tu vida personal?

—Cuando trato de pensar en otros aspectos de mi vida e imagino cómo sería sin mi carrera, no me hallo. No soy yo.

—Los artistas coinciden en que el arte es un mundo duro. ¿Te ha maltratado?

—Siempre encontraremos heridas. Sin los obstáculos no habría peldaños para ascender en la vida. Y si no puedes subir, al menos te quedará la experiencia de cómo sobreponerte. Por eso prefiero fijarme en lo bueno.

Irene es la consagración en cuerpo, mente y espíritu. A las 8:00 a.m. llega al ballet y no para de entrenar hasta las 5:00 p.m. A esa hora empieza la escuela e imparte clases hasta las ocho de la noche. ¿Almuerzo? Mientras se reúne, hace coordinaciones y chequea las obras de la futura sede. Al llegar a casa comienza lo que ella llama «trabajo»: labores administrativas, dedica unos minutos a su tesis de doctorado y piensa en las coreografías. A esa hora tiene que venir la musa, ella no tiene tiempo para poéticamente esperar a que llegue la inspiración. La palabra aburrimiento no existe en su vocabulario.

—¿No te sientes cansada?

—A veces. No por el trabajo, sino por las decepciones, por la impotencia que generan problemas de índole burocrática. Me siento agotada cuando las cosas me superan.

—La reciente gira por Estados Unidos fue un éxito de público y crítica…

—Fue un boom para la historia de la compañía. Bailamos en el Joyce Theater, considerado el mejor teatro de danza de Nueva York. La responsabilidad fue enorme porque llevaba un elenco nuevo. Ese sitio tiene además la particularidad de tener una constante presencia de la prensa especializada de The New York Times. Nos prepararon para una acogida fría del público y críticas duras. Mi arte no es para agradar a nadie ni para buscar algo específico. Mi arte soy yo, lo que hago todos los días, porque igual bailaría en el Parque Trillo.

«El teatro estuvo repleto durante las cinco funciones. La crítica nos sorprendió, porque fue favorable en todos los sentidos. Incluso, el jefe de programación del teatro, una persona muy fría en su trato hacia nosotros, me dijo: “Nueva York te pertenece”. El público es lo que el artista sea capaz de sacarle. Fueron momentos incomparables, todavía me pregunto si fue verdad».

—Naciste con un don. ¿Cuál es?

—La entrega, porque el mejor premio es siempre el aplauso. Un gesto de agradecimiento vale cada esfuerzo.

—¿Qué entregarás en el futuro?

—Cercanos a nuestro quinto aniversario estrenaremos un espectáculo. Además tengo muchas ideas, entre ellas Yerma. Recurro constantemente a Lorca, porque encuentro muchas similitudes en su forma de vida y la mía.

«El futuro viene con mucho trabajo. Mi verbo de cabecera es hacer: convertir el salón en un hogar, un espacio de felicidad y desarrollo. A los jóvenes hay que estimularlos siempre, ponerles metas, hacerles sentir que se están superando y que son capaces de todo. Confío mucho en mi equipo y delego en ellos responsabilidades para que se crezcan. Todo eso te ayuda a valorar la importancia del respeto, de la superación y de la constancia. Queremos seguir enseñando nuestro estilo, transmitiendo la danza española a nuevas generaciones y ganar en calidad. Nos motiva tener nuestro espacio para crecer, para crear».

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