Derrotas de Shakespeare al agua

Algunas novedades de la cartelera escénica de la capital por estos días

Autor:

Frank Padrón

Espectáculos multidisciplinarios caracterizan la cartelera escénica por estos días; entre la poesía, la música y la danza, con el teatro como puente aglutinador, se decantan piezas como Las derrotas (Teatro Pálpito), Julieta (La Bernarda) y Qué tiras al agua (Teatro de la Luna).

Las victorias

Siete jóvenes bailan, contorsionan, dicen versos nada complacientes sobre temas complejos y actuales que van desde la difícil cotidianidad al exilio, pasando por los desatinos y las frustraciones. Bajo la dirección de quien también asumió la dramaturgia (Roberto Silva) y el liderazgo general de Ariel Bouza, Las derrotas deviene ágil y dinámico espectáculo que sin embargo, no riñe con la densidad conceptual de su propuesta.

Los poemas elegidos de ese intenso y angustiado bardo que es Alberto Rodríguez Tosca se corporizan en las coreografías del propio Silva y el expresivo vestuario de Teresita, complementados por los diseños de Virginia Karina y las obras del artista de la plástica Derbis Campos, quienes no olvidan tampoco el uso del audiovisual, tan de moda, pero indudablemente ensanchador de los linderos estructurales y escénicos, ni una banda sonora tan ecléctica como el propio mundo representado, y que hace sonar lo mismo a Bon Iver y Crystal Castles que a José White y Putumayo, en variada perspectiva (extra)diegética.

Todo se funde, se mixtura y apenas deslindamos (mérito indiscutible de la puesta) las fronteras entre los lenguajes; el resultado es un experimento intergenérico, donde no todo descuella ni se sitúa a igual estatura desde el punto de vista de la cohesión estética, pero donde es indudable la audacia a nivel morfológico y algo no menos importante: la indudable empatía con el público que jamás permanece indiferente —todo lo contrario— a esta motivadora propuesta de Pálpito.

Una julieta viva y vital

Que Shakespeare continúa siendo nuestro contemporáneo lo demuestra constantemente la cantidad de (re)lecturas y nuevas visiones, o al menos portadoras de matices diferentes que regalan las frecuentes versiones de sus obras, como la que ahora, sobre los eternos amantes de Verona que inspiraron una de sus tragedias clásicas, trae el grupo La Bernarda, bajo la dirección de Tony Arroyo, en la sala El Sótano.

Con traducción, versión y puesta de Luis Enrique, el énfasis se coloca ahora en el lado femenino de los paradigmáticos amantes: Julieta, como anuncia desde su título esta obra que también pretende alertar sobre problemas tan dilemáticos en el mundo contemporáneo como el suicidio adolescente, la violencia, los conflictos paterno-filiales y familiares en general, y la posibilidad de amores reales y contundentes aun en un mundo tan desvalorizado y pragmático como el nuestro.

Lo que vemos sobre el escenario no es para nada desestimable; hay logros en el empleo del espacio, que prolonga el escenario a las lunetas y comparte directamente con el público varias de esas inquietudes; también resultan válidos elementos como la música, incluso alguna ejecutada en vivo, y la sencillez, sin embargo elocuente, del vestuario y la escenografía.

Pero, resultando homenaje a una actriz veterana (Aurora Pita) acompañada por otro experimentado colega (Jorge Rivera), Julieta muestra evidentes desniveles histriónicos; ya se sabe que los textos del bardo inglés son  harto difíciles, pletóricos de ideas complejas, sofismas, paradojas y otras figuras tropológicas que aun modernizadas y con una traducción libre implican un sentido de la interpretación sólida, orgánica y a la vez fluida, algo que no logran del todo los Romeos (pues tres actores alternan el personaje), o muy recitativos e inexpresivos (como Samuel Fernández) o más concentrados pero demasiado férreos y apegados a la letra (Carlos M. Peña e Irán Moya), en contradicción con la amada joven de Claudia Gómez, mejor proyectada y abierta a las modulaciones tonales.

Luego el resto de los jóvenes, al menos en su mayoría, confunde la energía de sus parlamentos con la exteriorización efusiva, el grito puro, que resta convicción y fuerza a sus personajes.

En fin: un nuevo Shakespeare que se agradece pero que necesita un trabajo mucho mayor en el esencial rubro interpretativo.

Cabaret teatral

Dentro de la plataforma paródica e intertextual de Raúl Martín con su Teatro de la Luna, es coherente el nuevo espectáculo Qué tiras al agua, exitosamente presentado en una de las salas de la popular Fábrica del Arte y que volverá al centro Cultural Bertolt Brecht a fines de septiembre.

Textos de dramaturgos tan respetables como Virgilio Piñera, Alberto Pedro y Abilio Estévez cobran nueva dimensión en los estilos de la laureada Yordanka Ariosa, Yaikenis Rojas y Maylín Castillo quienes, junto a Yaité Ruiz (soberbia en sus versiones de Ne me quitte pas, del francés Jacques Brel o Diario, del cubano Mike Pourcel), y George Abreu (notable en sus bailes y cantos, pero menos afortunado en la proyección actoral), alternan segmentos de piezas de tales autorías con canciones y «descargas», diálogos y monólogos, los cuales, con la ayuda inestimable de los músicos Dania Suárez y Daniel Sánchez ejecutando sus instrumentos en vivo, definen el tono del espectáculo, oscilante entre lo humorístico y lo serio, el cabaret y el teatro (o ambos, en el sentido más brechtiano de esa fusión), orgánico en cuanto al diálogo, que no solo consigue desde el punto de vista interdisciplinario, sino respecto a los espectadores.

A decir verdad, también oscila el ritmo general de la puesta, que se resiente en varios momentos, algo en lo que Martin debiera trabajar para un mayor amarre de un montaje que, por otra parte, exhibe ufano el reciclaje de un tipo de música arraigada popularmente, y donde incluso el kitch y el bolero de victrola y cantina encuentran su sitio, junto a una expresión mucha más elevada procedente de esos dramaturgos mayores.

Dentro de ese tan posmoderno ensamblaje de alta y baja cultura(s), Teatro de la Luna vuelve a anotarse puntos en esta paráfrasis de aquel viejo tema de Alberto Cortez que le presta su título, cuando al agua emblemática lanza también mucho de nuestra nostalgia histórica, nuestros fantasmas y recurrencias en la memoria social, a modo de un exorcismo para lo cual el teatro sigue siendo un aliado (im)perfecto.

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