Las puertas del paraíso

Por un buen tiempo se recordará en la Canadian National Exhibition (CNE), la especial presentación que ofreciera en la importante feria el Ballet Infantil Lizt Alfonso Dance Cuba

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Parecía que había sido un gran día. Se notaba porque aquel señor y su «tropa» de descendientes de todos los tamaños que lo acompañaban en el vagón del metro de Toronto, habían arrasado con los muñecos que entregaba de premio la Canadian National Exhibition (CNE). «Entonces nos miró, nos sonrió, y se dirigió a sus hijos: “Muchachos, ¿se los regalamos?”, y ellos de inmediato dijeron que sí. Cuando vinimos a ver estábamos llenos de peluches».

Aún un poco incrédulo, la anécdota la cuenta a JR Leonardo Carrazana Hernández, uno de los 16 integrantes del Ballet Infantil Lizt Alfonso Dance Cuba (LADC), invitado recientemente a participar de manera especial (del 30 de agosto al 5 de septiembre) en una de las diez ferias más famosas de las muchas que se organizan en América.

Cuenta Leo que una de las maestras le hizo notar al padre bondadoso la suerte que habían tenido en la jornada, a lo que él respondió: «Nuestra mayor suerte ha sido descubrirlos a ustedes. Desde que mis hijos los vieron bailar, me han hecho traerlos casi todos los días. Gracias».

Pero todo indica que estos nuevos fans que ha sumado la agrupación danzaria próxima a cumplir sus primeros 25 años, no constituyen una excepción. Y es que era casi imposible que los miles de visitantes que a diario recibía la feria permanecieran indiferentes ante el alto nivel artístico-técnico que mostraron estos artistas en miniatura, quienes no escatimaron gracia, cubanía y entrega en cada una de las actuaciones, lo que los hacía irresistibles.

«El público fue muy amable con nosotros. Por el modo como reaccionaba a veces me daba la idea de que estaba en Cuba, y eso me daba nostalgia... Había una niña que ya mi mirada buscaba porque nunca faltaba, y que aplaudía por ella y por toda Canadá», sonríe Flavia Gerardo Diago, con su década de existencia, la de menor edad del grupo.

Vecina de Playa, Flavia, encantada de la vida se somete a una «tirada larga» con tal de estar a tiempo en su escuela primaria René Fraga Moreno, para después de almuerzo incorporarse a las clases que de lunes a viernes recibe como miembro del Ballet Infantil. «Es lo que quiero y me hace feliz. Al inicio no fue fácil porque dejaba a mis amiguitos, pero poco a poco a los de antes se les sumaron muchos más», explica con soltura.

Admite que la diversión era tanta que poco tiempo tuvo para extrañar, así con nudo en la garganta, a los suyos, de quienes jamás se había separado. «Claro que pensaba en ellos, en lo orgullosos que estarían de mí, pero no me daban tiempo para echar de menos; es que no solo se trataba de actuar, sino que nos prepararon un programa intenso con paseos por lugares de interés, parques de diversiones, fiesta de helados, y hasta nos invitaron a ver el espectáculo musical Matilda, hecho por niños como nosotros...».

«Pero, ¿quién no extraña a su familia en momentos como esos?», interroga Nailen Toledano Fernández, como recordándole al diario que lo que se sabe no se pregunta. Entonces, argumenta con picardía: «¿De qué otro modo puede ser, si siempre estamos: “mamá, esto; papá, lo otro”. Sin embargo, las profes nos dieron todo el amor del mundo... En mi caso, dormía junto a la maestra Claudia (Valdivia, primera bailarina), que de seguro también pensaba mucho en su hijita, y se comportó supercariñosa.

«Asimismo, las otras maestras: Diana (Fernández, a cargo de la dirección artística del programa), Aymara (Castellanos) y Kirenia (Sotolongo) igual eran especiales, preocupadísimas y guardaban un millón de besos para regalárnoslos cada noche antes de acostarnos».

Justo ese apego con quienes hasta hoy han sido sus paradigmas marcó de un modo muy particular a Sonja Matos Landa, alumna de la secundaria básica Jorge Arturo Vilavoy, en La Habana Vieja. «La ciudad de Toronto es impresionante, pero sinceramente lo que más me cautivó fue la convivencia con la maestra Lizt. Es verdad que en la sede la vemos todos los días mientras trabaja con la compañía; que en ocasiones nos monta coreografías o nos prepara, pero en Canadá la teníamos solo para nosotras.

«Era todo muy lindo. Nos contaba historias interesantes, nos daba consejos, nos hablaba de su carrera y nos dejaba fascinados, entregándonos su linda sonrisa... Eso nos hacía conscientes de que no podíamos fallarle…».

«La traíamos “loca” —acota Yaslubia Díaz Nápoles—. Queríamos que no se apartara de nosotras. Recuerdo que cuando nos enteramos de que veríamos Matilda nos pusimos tan ansiosos que le pedimos que nos adelantara la historia. Mas la maestra solo nos pedía calma: “¿Por qué quieren echarse a perder la sorpresa? ¡Vayan con los sentidos bien despiertos y listos para disfrutar!”, y fue mágico».

Días para no olvidar

Días para no olvidar los vividos por este grupo de pequeños que, como afirma la maestra Lizt, otra vez tendieron un puente entre Cuba y el mundo, como verdaderos embajadores de buena voluntad. Nailen acaba de tener ese privilegio que no podía vislumbrar cuando con seis años matriculó en los talleres vocacionales siguiendo los pasos de su hermana.

«¡Jamás me habían tirado tantas fotos! Superaron a mis papás, que es mucho decir. La gente nos aseguraba que no habían visto nada igual cuando nos rodeaba al terminar las funciones. ¡Y mira que aquel Pabellón Internacional es enorme! Allí podías encontrar lo que quisieras: juguetes, ropas, comidas, chucherías, escenarios... Las personas se paseaban libremente y se detenían cuando algo les interesaba. Era lo que pasaba con coreografías como Sambeando, que los paraba en seco, pero también con El llanto de mi guitarra, Cha-cha, El cantante...

«Por cierto, un día de mala suerte resbalé cuando bailaba Sambeando y me caí... Había tantas personas mirándonos que en ese instante quise que la tierra me tragara, pero enseguida recordé las enseñanzas de mis maestras, que algo así podía sucederle a cualquiera.

«Me paré con la rapidez de un rayo y enseguida me empaté con los otros… Los aplausos fueron tremendos...».

Sin embargo, no solo Nailen se vio en un aprieto. Otro de sus compañeros en la escena, el carismático Miguel Ángel Díaz Calás, de 13 años, se lastimó un hombro, lo que conllevó a que hubiera que hacerle mínimas variaciones a Sambeando, pero ni siquiera tal percance impidió que él y Leo «calentaran» la escena. «Con hielo, mentol, parches... se me fue pasando. Al poco tiempo estaba listo para seguir conquistando corazones».

Pensar que Miguel Ángel estuvo a punto de rechazar la beca que le habían otorgado para que ingresara en un curso de verano, después de haberse presentado con un proyecto de su escuela en el concurso coreográfico que LADC convoca cada dos años.

«Mi mamá me notó dudoso y me aconsejó que no me cerrara ante la oportunidad de conocer algo nuevo, que si no me gustaba pues no pasaba nada. Pero me atrapó. Tanto que comencé en los talleres vocacionales», reconoce Díaz Calás, quien se da banquete cuando toca el turno de Folclor con la maestra Silvina Fabars, premio nacional de Danza.

Felices corazonadas

En su interior Miguel Ángel tenía guardado ese deseo de conocer otro país, pero no esperaba que tan pronto se materializaría ese sueño. «Bueno, Canadá no fue lo que me imaginaba..., sino mucho más (sonríe). Me impresionó su cultura, los logros de esa sociedad, la educación que muestra la gente...», explica este vivaz muchacho que encontró en Jennifer Torres Molina a alguien con quien compartir la «pena» de tener que solicitar una bolsita de «primeros auxilios» en el avión.

«Nunca me había montado en un aparato de esos, y en la ida las náuseas “acabaron” conmigo... De regreso parece que el estómago ya se había acostumbrado, así que ya pueden venir otras giras», dice con total alegría Miguel Ángel, mientras Jennifer, que hace un lustro no se puede creer que reciba clases de esas mismas bailarinas que la inspiraron, apunta que en su caso no le sonrió tanto la suerte:

«Esos “baches” son insoportables. Y aunque el viaje lo hago sin mayores problemas, el aterrizaje resulta espantoso para mí. Sin embargo, esto es una bobería comparado con las muchas satisfacciones que viví en la Canadian National Exhibition.

«Me alegra no haberme perdido esta oportunidad de ver cómo reacciona otro público que no es el nuestro. A ellos les asombra que en las coreografías creadas por nuestras maestras no hubiera facilismos, y al mismo tiempo el hecho de que seamos tan jovencitos y podamos bailar con tantos deseos».

«Sí, el lugar donde se hallaba el escenario siempre estaba repleto, algo que al principio nos puso un poquito nerviosos porque nunca  habíamos bailado fuera de la Isla. Por supuesto que nos ayudó la experiencia de haber actuado en teatros tan importantes como el Karl Max, el Nacional, el Mella...», señala Sonja.

«También les llamaba la atención que fuéramos capaces de interpretar dos programas distintos como parte del espectáculo Niños de Cuba, gracias a la disciplina, a que hemos desarrollado un sentido de la responsabilidad, y porque nos fascina bailar», asegura Yaslubia, quien siente que fue escuchada por algún ser divino cuando enviaron a su papá a trabajar a La Habana y con su familia tuvo que dejar atrás su Ciego de Ávila natal.

«Por la televisión admiraba la sede de LADC y me parecía un castillo mágico. Era todo tan lindo… Las maestras, las alumnas con sus sayas y los zapatos de tacón… y yo quería ser también una de esas princesas... No me resultó difícil porque, como afirma mi familia, yo llevo el baile en la sangre».

Exactamente lo que le ocurre a Sonja, la cual está convencida de que cuando fue matriculada por su mamá en los talleres, se abrieron las puertas del paraíso. Es la sensación que acompaña a Leo desde que puso los pies en Compostela 659, entre Luz y Acosta. De todos, solo él fue testigo de la hermosa «locura» que significó la presentación de Niños de Cuba en el Schmidt Theater, de Hamburgo, Alemania, en 2014.

Por tal motivo habrá que creerle a Carrazana, quien acaba de ser elegido para prepararse como bailarín profesional en la Unidad Artístico Docente de LADC, cuando insiste en que «lo de la Canadian National Exhibition fue aún más impresionante».

—Leo, y en cuanto a la Unidad Artístico Docente, ¿es lo que querías?

—¡Es lo que quiero! Como quiero ser parte de la historia de Lizt Alfonso Dance Cuba. Y no me detendré hasta conseguirlo.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.