Paradojas y eclecticismo del Festival de Toronto

El evento se niega a a renunciar al tradicional ecumenismo inclusivo, y pretende ambiciosamente aunar lo mejor del cine de todo el mundo, comprar y vender los filmes más lucrativos, convertirse en capital del audiovisual, de lo emergente...

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Joel del Río

Tal vez el único festival del séptimo arte que moviliza considerable despliegue mediático, dentro y fuera de Norteamérica, sea el de Toronto, cuya edición número 41 finalizó recientemente, con la imposible vocación de reconciliar, o más bien emparejar, el cine industrial de gran tirada, sobre todo norteamericano, con producciones importantes de otros naciones. Ni la marea de críticos y especialistas acreditados, ni mucho menos el público ávido, puede acceder siquiera a un diez por ciento de los 395 filmes oriundos de 83 países, con 138 estrenos mundiales. Resumir Toronto es tan difícil como ver todas las    películas que uno quisiera, una vez inserto en un megaevento de esta naturaleza.

Los organizadores, por supuesto, intentan prenderles velas a todos los santos, y devenir adelanto de los grandes éxitos norteamericanos de fin de año, con todo el boato de las estrellas y la parafernalia mediática típica. No obstante, parecen negarse a renunciar al tradicional ecumenismo inclusivo de una cita que este año se proclamó mediante el eslogan de Infinite Views. Así, el Festival expresa una cierta crisis de identidad entre el deseo de celebrar el mejor cine del mundo entero, comprar y vender los filmes más lucrativos, convertirse en capital de la diversidad cultural y audiovisual, esperanza de lo emergente y arriesgado… y todo ello con la agenda comercial de una enorme urbe anglosajona, cercana al aparataje propagandístico estadounidense, y por tanto necesitada de mostrar su «natural» preferencia por las alfombras rojas, Hollywood y el glamour.

Como si fueran pocos todos los anteriores propósitos, Toronto también pretende transformarse en la alternativa de preferencia para los cinéfilos locales, y como el Festival se niega a conceder premios oficiales, el galardón más anhelado es el gran premio del público, que recayó en el musical estilo retro La La land, ubicado así en la punta de la carrera por los premios Oscar, al igual que sus predecesoras The Imitation Game, 12 años de esclavitud, Silver Linings Playbook y Precious. Es casi seguro que Emma Stone y Ryan Gosling, protagonistas del musical favorito de los espectadores de Toronto, también opten por los premios de la Academia, en tanto ambos intérpretes cantan, bailan, actúan todo lo bien que pueden, y resultan encantadores en esta historia de amor, realizada por el director y músico Damien Chazelle, quien debutara con la elogiada Whiplash, en el estilo clásico y melifluo de los musicales de Fred Astaire y Gingers Rogers.

Entre las finalistas del People’s Choice Award se situaron dos filmes de evidente vocación ennoblecedora, con intérpretes muy jóvenes en francas odiseas para trascender sus personales Ítacas: Lion cuenta la historia real de un niño indio adoptado por una pareja australiana y empeñado, ya adulto, en encontrar a su verdadera familia, y La reina de Katwe, que también se inspira en el personaje real de una niña que vivió en la Uganda rural, e intentó convertir en realidad su sueño de transformarse en campeona de ajedrez. Dirigida por Mira Nair (ganadora del León de Oro en Venecia por La boda del monzón), la película contiene impactantes actuaciones de David Oyelowo y Lupita Nyong’o, impresionante ganadora del Oscar por 12 años de esclavitud.

Quedaron fuera del triunvirato preferido por el público varias producciones de Estados Unidos que concentraron la mayor atención de la prensa acreditada, sobre todo de aquellos periodistas interesados en presentar al Festival de Toronto como termómetro anticipatorio de los fervores norteamericanos. Desde la épica histórica o el intimismo conflictuado, El nacimiento de una nación y Moonlight intentaron disimular el rampante racismo de Hollywood al lidiar con temas o personajes afronorteamericanos. La primera incluso le proporciona una respuesta digna y vindicativa al segregacionismo repugnante del filme homónimo dirigido por David W. Griffith en 1914. Sin embargo, no solo la dupla antes mencionada conquistó el éxito desde sus presupuestos antirracistas.

Imposible aludir al conjunto de estrellas y filmes norteamericanos que captaron máxima atención sin mencionar a Amy Adams, doblemente representada por la ciencia ficción Arrival, en la cual la dirige el exitoso realizador canadiense Denis Villeneuve, y Animales nocturnos, el segundo largometraje de ficción del gurú de la moda masculina Tom Ford, quien debutara guiando a Colin Firth en la estremecedora A Single Man. Tom Ford ha regresado al cine para entregarle a la actriz el papel de propietaria de una galería de arte en disputa con su marido, un novelista que interpreta el cada vez mejor valorado Jake Gyllenhaal, el recordado coprotagonista de Brokeback Mountain.

Para no carecer tampoco de premios y jurados oficiales, el Festival instituyó, desde el año pasado, la sección Plataforma, en la cual concursa un puñado de estrenos de diversos países. Aquí se premió la biografía, de producción británica, Jackie, del chileno Pablo Larraín, y cuya narración se concentra, escueta y contenida, en los días previos y posteriores al asesinato de John F. Kennedy. El nombre de quien asumió el papel principal, Natalie Portman, también suena muy fuerte para la época de premios de fin de año. Larraín se consagró mundialmente con la reciente y estremecedora El club, y en Toronto mostró otro filme biográfico: Neruda, que aporta una visión muy poco solemne y nada trágica sobre la personalidad del célebre poeta.

Si algún tema o género predominó en un Festival de inabarcable variedad fueron los biopics, o filmes inspirados en personajes reales. A las mencionadas Jackie, El nacimiento de una nación, Neruda, Lion y La reina de Katwe, se sumaron Snowden, de Oliver Stone, sobre el disidente que expuso la vigilancia ilegal ejercida por el Gobierno estadounidense; Rob Reiner rodó LBJ, (con el mismo título que el documental de nuestro Santiago Álvarez) en la que Woody Harrelson encarna al otrora presidente americano Lyndon Johnson; Andrzej Wajda realizó After image en tanto recuento personal sobre el artista visual Wladyslaw Strzeminski y su contienda con el conservadurismo estalisnista; mientras que Terence Davies se aventuró a representar la biografía de la poetisa Emily Dickinson en A Quiet Passion, y la francesa Marie Noëlle presentó la producción germana Marie Curie, el coraje del conocimiento.

Toronto tampoco estuvo remiso a reconocer los destellos del cine latinoamericano. El mexicano Amat Escalante ganó el León de Plata a la mejor dirección en la Muestra de Cine de Venecia por La región salvaje, y aquí lo recibieron entre aplausos y críticas feroces, pues el filme encabezado por actores no profesionales, aborda críticamente, a veces desde el surrealismo, temas tan incómodos como el machismo y la violencia, en ambientes sórdidos e inmorales. También fueron exhibidas, por México, dos películas conducidas por mujeres: La caja vacía, con la actuación y dirección de Claudia Sainte-Luce; y Tamara y la Catarina, de Lucía Carreras.

La región salvaje llegó a Toronto con el León de Plata de Venecia.

La brasileña Aquarius (Kleber Mendonca Filho) consiguió similares elogios que en el Festival de Cannes pasado, donde se estrenó mundialmente, y completó la representación latinoamericana junto a la chilena Jesús (Fernando Guzzoni), y las tríadas argentinas y colombianas. La notable embajada del país gaucho se conformó con la celebrada Hermia y Helena (Matías Piñeiro), además de El auge del humano (Eduardo Williams), y Los decentes (Lukas Valenta Rinner), mientras por Colombia se exhibieron La mujer del animal (Víctor Gaviria), Pariente (Iván D. Ganoa) y X Quinientos (Juan Andrés Arango). A todo ello se añadió la cubana Santa y Andrés, segundo largometraje de ficción del joven Carlos Lechuga, que por estos días concursa en los Horizontes latinos del Festival de San Sebastián.

También se mencionó varias veces a Cuba gracias a la declaración de amor de los Rolling Stones (especialmente de Keith Richards y Ronnie Wood) por la Isla, en la premier del documental que comenta y muestra algunas de las principales presentaciones en América Latina, y por supuesto, en Cuba, de la mitológica banda británica. The Rolling Stones Olé Olé Olé!: A Trip Across Latin America fue otra de las grandes atracciones del evento, mientras los Stone aseguraban que amaban a los cubanos, y que el concierto en la Ciudad Deportiva constituyó una suerte de ventana a otro mundo en tanto vieron centenares de personas atentas a otras cosas más allá de los celulares y los mensajes de texto. Además, realmente constituyó una sorpresa para ellos descubrir la sincera admiración y el aprecio que sienten los cubanos por su música.

Todo ello ocurre mientras las principales cadenas de televisión y sitios de internet del mundo entero solo dan cuenta, si acaso, de las pasarelas y el desfile de estrellas, desde Ryan Gosling y Emma Stone (La La Land), Leonardo di Caprio y Rachel Weisz (Before the Flood), Amy Adams y Jeremy Renner (Arrival), Nicole Kidman y Rooney Mara (Lion), Joseph Gordon Lewis por Snowden, y Natalie Portman por Jackie y Planetarium.

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