La cámara es mi pincel

Con motivo del venidero 25 Festival Internacional de Ballet, el fotógrafo y realizador audiovisual estadounidense, John Rowe, presentará en el Gran Teatro de La Habana su exposición fotográfica Retrato de una bailarina cisne

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Hace ya 14 años que John Rowe se enamoró de Cuba. Ocurrió de un golpe, cuando los directivos y principales patrocinadores de National Geographic lo sumaron a una comitiva que vino a esta tierra dispuesta a descubrirla. Y desde entonces ha sido, como mismo él ha confesado a Juventud Rebelde, un largo y profundo amor, ese que ahora retribuye con creces mediante Retrato de una bailarina cisne, la exposición que se inaugurará este lunes, a las 4:00 p.m., en el Salón Zoom del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso (GTHAA).

Maestro en captar esencias, en atrapar el instante por esa capacidad que lo acompaña de entregarse a pecho abierto, sin importarle quedar al «desamparado», sin protección, el extraordinario artista que es John Rowe nuevamente no se reservó a la hora de concebir las impactantes imágenes que ahora nos regala en Retrato de una bailarina cisne, que saluda el 25 Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso, cuya inauguración será el venidero 28 de octubre.

No es difícil suponer que la Odette-Odile, cuyos caracteres dibuja magníficamente la gran Viengsay Valdés en la escena, pasando de la belleza y la delicadeza exquisitas a la fuerza y la sensualidad desafiantes, haya sido uno de los hechizos que abrazaron a Rowe con este pueblo, cual encantado Príncipe Sigfrido. Y por ello la primera bailarina del Ballet Nacional de Cuba se convirtió en la protagonista de este Retrato de una bailarina cisne.

Al espectador le será fácil entender que John quedó atrapado en la magia de aquel Lago de lujo que a principio de año nos obsequió la Valdés junto a Patricio Revé, en una función que, como si fuera poco, contó con la presencia de la prima ballerina assoluta, y que llegó a reseñar hasta The New York Times. Esas vibraciones bienhechoras también tocarán a quienes tengan la dicha de admirar estas fotos que logran emocionar con hondura y se fijan con insistencia en la retina, tal vez porque uno se empeña en mirarlas con fijeza para no dejar escapar el arte sublime que ellas encierran.

Idéntico a como ha ocurrido con su documental Omo Child: The River and The Bush, que ha recorrido los más importantes festivales del mundo, en los que no ha habido premio que se le resista, estoy convencido de que el público se detendrá y aplaudirá con enorme calor esta exposición que le costará olvidar, aunque quizá luego no pueda pronunciar el nombre de su autor. Pero sé que John Rowe estará feliz. Sus fotos hablarán por él y de su pasión. Y se la habrá «desquitado», al devolvernos el gesto humanísimo de haberle robado antes el corazón.

Pero, ¿quién es este respetado creador norteamericano que vive en California? Para empezar diremos que desde niño quedó fascinado con el poder de una cámara, gracias a la constumbre de su madre de dejar testimonio gráfico de la historia familiar. «Recuerdo que en casa se tomaban muchas fotos, lo que me llamaba mucho la atención. Y fíjate que aun cuando he realizado muchas otras actividades en mi vida, como documentales, videojuegos, mi pasión ha sido siempre la fotografía. Esa es mi manera de hacer arte. No puedo pintar ni dibujar, pero la cámara es mi pincel», me asegura apoyándose en el gentil Doctor Daniel Torres Etayo, profesor auxiliar del Centro de Conservación, Restauración y Museología de la Universidad de las Artes.

En su caso, la fotografía comenzó a tornarse muy seria en los 60 del pasado siglo, cuando andaba por los 18 años. «Vino la guerra de Vietnam y los jóvenes de mi edad éramos requeridos para servir en el ejército. Entonces me uní a la reserva de la Marina de Guerra. Al llegar nos hicieron algunos exámenes para conocer cuáles eran nuestras aptitudes y me propusieron varias opciones en las que podía ser entrenado: medicina, control de tráfico aéreo, fotografía... Y yo elegí esta última. Me formé durante seis meses en la U.S. Naval School of Photography, en Pensacola, Florida. Fue en esa escuela donde me encontré por vez primera en un cuarto oscuro. Iba por una hora y terminaba pasándome diez. Realmente ahí inicio mi arrebato por captar imágenes».

—Pero ese es un proceso más químico que artístico...

—Sí, pero antes de que llegue ese momento hay que salir a enfrentarte a la realidad y hallar las imágenes que te pueden llenar de felicidad. Es muy excitante cuando empiezas a verlas aparecer sobre el papel fotográfico. Entonces solo quieres volver afuera a tomar más para seguir revelando. Es como una droga, como una obsesión.

—¿Cómo ocurre en su caso: sale con la idea de lo que desea fotografiar o espera a que la realidad lo sorprenda?

—Ahora que soy una persona mayor me gusta que la realidad me sorprenda, pero en los inicios tenía objetivos muy específicos.

—¿Qué le enseñaron en la escuela que aún lo acompaña?

—Mucho. Por ejemplo aprendí cuán importante es la luz en la fotografía. Igual recuerdo que un maestro me decía que para que una foto fuera interesante debían aparecer personas en ella. Esa enseñanza me marcó tanto que siempre ando detrás de la gente, siguiendo sus estilos de vida, sus culturas. El otro consejo que no he olvidado es: «Toma muchas fotografías. El rollo es barato, así que no te limites, úsalo, no le ahorres dinero a la Marina». Entendí que uno realmente necesita trabajar en su objetivo. No basta con apretar el obturador y pensar que la imagen que quedará será exitosa. Puedo decirte que, por ejemplo, en el caso de Retrato de una bailarina cisne tomé más de 5 000 imágenes para hallar un poco más de 20, que serán las que las personas podrán apreciar en el GTHAA.

—Usted se ha empeñado en proyectos como el que ha seguido por diez años en el Valle del Omo, en Etiopía...

—No he podido menos que entregarme a ese lugar conocido como la última frontera de África, donde desarrollé un importante cuerpo de trabajo sobre su gente y sus culturas. Desde que pisé el Valle del Omo, las personas me conquistaron. Ellos no tienen nada: ni medicina ni agua potable y luchan por obtener comida. Son 250 000 habitantes distribuidas en nueve diferentes tribus, que tal vez desaparezcan; son olvidados todo el tiempo.

«Por tal motivo quise dejar alguna memoria y mostrar la belleza de esa cultura, de esa gente. Después de cinco años, creí que había concluido, pero conocí sobre una tragedia: cómo llevan a la muerte a los niños que consideran malditos, a los que culpan por la sequía o las enfermedades. Y solo necesitan nacer de una mujer que no esté casada, o que le nazcan primero los dientes de arriba que los de abajo.

«Me lo hizo saber un amigo de una de esas tribus, quien fue educado, alfabetizado y fungía como mi traductor. Él empezó a rescatar a esos niños y me pidió que lo ayudara. En esos momentos tenía 18 que requerían comida, apoyo, e hice lo único que creí correcto: contar la historia de la mejor manera, con un filme, Omo Child: The River and the Bush, que no solo ha participado en 35 festivales y ha recibido 25 premios, como mejor documental, director de fotografía, premio del público, sino que, y es lo más importante, por su influencia se rescataron 46 niños más, que han hallado apoyo, van a la escuela, están saludables y son queridos. Igual te podría decir que Omo Child... ha conseguido que en algunas de esas tribus haya terminado el infanticidio. Ese es el poder de la fotografía, ese es el poder del arte».

—¿Y su encuentro con Cuba?

—Vine por primera vez hace 14 años, con una curiosidad muy grande. Por culpa de la propaganda (yo recordaba lo que me habían dicho de la Crisis de los misiles), Cuba era ese lugar misterioso que yo quería conocer, y me encontré con un lugar mágico. Tuve la oportunidad de estar aquí cuando el presidente Obama, un momento histórico. Después no me perdí el concierto de los Rolling Stone, que también filmé.

«Mira, cada vez que viajo a la Isla, mis amigos se empeñan en que luego no quiera marcharme. Entonces lo mismo me presentan al equipo nacional de boxeo, mientras entrena antes de participar en las Olimpiadas, que a la maestra Lizt Alfonso, quien me abrió las puertas de su compañía y de su escuela. Mi suerte ha sido tanta, que he podido fotografiar y filmar a Viengsay Valdés en El lago de los cisnes, y de impartir, durante una semana, un taller en el ISA sobre filmación de documentales...

«Amo esta Isla y es esencial que mis compatriotas comprendan de una vez que los cubanos son amigos. Que Cuba es importante para los Estados Unidos, y que necesitamos normalizar las relaciones. Un amigo cubano me recalcaba: “A nosotros nos gustan los estadounidenses, jamás hemos quemado una bandera norteamericana, respetamos la soberanía de EE. UU. Lo único que pedimos es que nos respeten del mismo modo”. Espero que nuestros Gobiernos puedan entenderse del mismo modo que lo hacen nuestros pueblos. Lo primero es que se ponga punto final al bloqueo. Eso depende de los norteamericanos, del Congreso. Sé que si actuamos correctamente, Cuba responderá de una forma muy positiva».

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