Luces en la Oscuridad

JR comparte historias de jóvenes artistas en su andar por zonas afectadas tras el paso de Matthew

Autor:

Ana Iris Aranda

Al principio, la noticia me aterraba un poco. Realmente, no comprendía el motivo de ese temor si no soy mujer de andar con blandenguerías.

La estancia en Maisí hizo que hiciera a un lado muchas cosas: una programación por los 30 años de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), que adoraba por su frescura y que con tanto afán organizamos, los placeres de la vida citadina, mi quisquilla por la falta de higiene que de niña me inculcaron, sin dejar de mencionar la internet y la comunicación inalámbrica. El contexto local desfavorecido por Matthew me colocó de inmediato en otra órbita.

Y es que no podía pensar en otra cosa que no fuera intentar enrumbar sentimientos colectivos de ayuda solidaria y reverdecer el espíritu infantil en medio de tanta aridez. Eso era lo que más disfrutaba (claro, además de cocinar para todo el campamento): hacer trabajo comunitario desde una propuesta arteducativa para potenciar valores éticos muy afines al escenario existente: querer, poder, saber, subvertir, comprender y confiar.

¿Cómo lograrlo cuando los habitantes de estos territorios solo pensaban en la ausencia del techo, en la falta de electricidad, en los colchones mojados, en los alimentos para sus niños y ancianos, en la pérdida del café y la malanga? Por supuesto, no faltaron algunos rechazos, pero estos solo avivaron más nuestras ganas de hacer, hasta encontrar el camino infantil, esa fuerza pequeña transmisora de saberes, valores y esperanzas.

Por ahí intencionamos la misión. Primero invadimos la imaginación de cada niño a través de juegos, lecturas, dinámicas y espectáculos de títeres del teatro Guiñol Guantánamo. La puesta en escena de Opalín y el diablo, del actor Eldys Cuba, restauró muchas enseñanzas. Después construimos de forma colectiva una historia que reformulara desde lo lúdico sus circunstancias actuales. De este modo, empezamos a resignificar espacios internos.

Igual los físicos no dejaron de tener importancia. La misma comunidad de La Asunción, sitio donde nos radicamos durante una semana, olvidó por un tiempo su palidez gracias a nuestra algarabía y entusiasmo, dejándonos convivir, compartir sentimientos y testimonios con los vecinos más cercanos. Desde un ajiaco comunitario (algo mal logrado por falta de sustancias), los guateques nocturnos a la luz de la luna, la limpieza y saneamiento de casas y patios, el mañanero café sin chícharos de Rosita; los cuentos sorprendentes de Luis, el guajiro que nos mataba el aburrimiento en las noches a oscuras, y la hospitalidad sanitaria de Caupolicán, el joven que ganó ese sobrenombre por sus músculos y el color de su piel, y que nos permitió usar el baño de su hogar, bastaron para que se tomara conciencia de cómo es posible cambiar las cosas por muy duras que parezcan.

Todos, sin excepción, ya forman parte de la gran familia que es la AHS en Guantánamo. Nosotros, sin embargo, llegamos a aquel barrio castigado de Maisí con el único sueño de ayudar a encender luces que alumbren en medio de la oscuridad que Matthew dejara.

La autora es miembro de la Sección de Crítica e Investigación, y vicepresidenta de la AHS en Guantánamo.

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