Neruda, ciudadano ilustre - Cultura

Neruda, ciudadano ilustre

El bien conocido actor Oscar Martínez en el protagónico logra un desempeño lleno de matices, convicción y autoridad; sin dudas un candidato casi inderrotable para nuestro Coral en esa especialidad

Autor:

Frank Padrón

Con el filme argentino El ciudadano ilustre, de Gastón Duprat y Mariano Cohn, sobre guion de Andrés Duprat, descorrió sus cortinas la 38 edición del festival de cine habanero.

Un presunto Nobel de la nación sudamericana, Daniel Mantovani, vive en Europa desde hace más de tres décadas, consagrado mundialmente por el más célebre de los premios; sus novelas se caracterizan por retratar la vida de Salas, un rincón perdido de Argentina en el que nació y al que no ha regresado desde que era un joven con aspiraciones de escritor, algo que finalmente hace, para comprobar, ahora más que nunca cuando su fama puso en el mapa al pequeño pueblo, que lo de infierno grande se cumple al pie de la letra.

Los realizadores, quienes ya habían ofrecido excelentes cartas credenciales con obras anteriores (El artista, El hombre de al lado…) vuelven por sus fueros mediante esta, una obra madura, reflexiva, que (de)muestra un raro equilibrio entre la seriedad y el humor, llevando a primer plano ese género donde Kafka, Ionesco y nuestro Virgilio sentaron cátedra: el absurdo.

El relato, que avanza sin dificultades y suma poco a poco personajes y situaciones ante los cuales uno duda entre reír y llorar, discursa en torno al patetismo humano: rencores, miserias, egos desmedidos, celos, ridículo, secretos, doble moral y chantajes espirituales destapa el intelectual a su paso por esa aldea con la que intercambia contradictorios sentimientos de amor-odio.

Afilada caracterización de personajes, certera combinación de recursos técnico-expresivos y solidez dramatúrgica nos ofrece este Ciudadano… que invita a meditar también sobre varias dicotomías: eurocentrismo/nacionalismo (o más bien chauvinismo), vidas privada/pública, pasado/presente, realidad y ficción escritural (con lo cual se torna también un poco ars poética)… antinomias que los realizadores no dan por resueltas sino que simplemente las presentan, las comentan (el arte no puede más) mientras ironizan en torno a la vanidad que acarrean las glorias literarias, y quizá sin hacerlo muy explícito, sangran por una herida aún abierta: la ausencia de Nobel para la Argentina, país de grandes escritores donde, sin embargo, los Borges, los Cortázar o los Bioy Casares se fueron sin el codiciado premio.

El bien conocido actor Oscar Martínez en el protagónico (galardonado en Venecia con la Copa Volpi) logra un desempeño lleno de matices, convicción y autoridad; sin dudas se trata de un candidato casi inderrotable para nuestro Coral en esa especialidad.

Pero si su personaje es un Nobel apócrifo, fictivo, el que refleja el filme chileno Neruda, sí alude por supuesto a un premiado bien real: ese ilustre Pablo que lo obtuviera en 1971.

Dirigido por su coterráneo y tocayo Pablo Larraín (No, El Club) se acerca a Óscar Peluchonneau, policía obsesionado con el poeta, a quien persigue incansablemente por órdenes del dictador González Videla, una vez que en 1948 el Partido Comunista, al cual pertenece Neruda, es declarado ilegal, obligando al escritor a la clandestinidad junto a su esposa Delia del Carril.

Estamos ante una obra que exhibe desde sus inicios una peligrosa contradicción: la que pugna durante todo el metraje entre la puesta en pantalla del director y el guion de Guillermo Calderón.

Posiblemente nos enfrentemos a la más resuelta obra de Larraín, en lo que a visualidad respecta: la fotografía (Sergio Armstrong) y la dirección de arte (Estefanía Larraín) junto a la manipulación lumínica, son casi perfectas, mientras la cámara se torna un ojo certero, escudriñador y dúctil que abarca lo mismo rincones que extensiones, penumbras que resplandores, generando no solo espacios físicos sino emocionales.

Sin embargo, la escritura de Calderón en la que se apoya, peca de un molesto retoricismo y de pretensiones líricas que terminan afectando insalvablemente la diégesis, el acabado todo. Las irrupciones poéticas del persecutor, sus dilemas identitarios y existenciales, su relación ambigua con el perseguido, volcado en una pedante voz in off terminan enturbiando considerablemente la narración, el subsistema de personajes, el empaque dramático, agrietado por la constante presencia del «monólogo interior» de Peluchonneau, empalagoso y distanciante.

Así, las dudas de un Pablo Neruda que se debate entre su labor literaria o política y la militancia ideológica, que se crispa también entre caprichos y explosiones de ira, entre mesianismo político y arte (algo que debió ocupar el centro idéico del filme) ceden al injustificado protagonismo de un rol menor: el de ese policía, con su búsqueda obsesiva, confundida con la fuga legendaria del poeta.

A tal punto es traicionera la escritura, que dos notabilísimos actores como Luis Gneco (El bosque de Karadima) en la piel de Neruda, y el mexicano cada vez más cosmopolita Gael García Bernal como su antagonista, no logran toda la fuerza y el despegue en sus respectivas labores.

Neruda, entonces, queda a mitad de camino entre logros y pretensiones, acaso como el borrador de la obra maestra que algún día (no muy lejano) volverá a entregarnos Larraín.

Oscar Martínez en el papel protagónico de El ciudadano ilustre.

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