Juventudes, rebeldías y causas (I)

Chile ha traído al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano gran número de títulos acerca de las problemáticas de adolescentes y jóvenes

Autor:

Frank Padrón

Las edades tempranas reciben siempre visitas de los cineastas latinoamericanos, y el Festival es pródigo en historias sobre problemáticas de adolescentes y jóvenes en choques perennes con sus entornos, sus familias, sus propios semejantes.

Chile es uno de los países que acaso haya traído mayor (y mejor) número de títulos acerca de ello(s); estrechamente vinculado con la   violencia (tónica dominante en los  filmes de este año) encontramos muchachos que practican crímenes de odio (Nunca vas a estar solo y Jesús) o causan accidentes fatales debido a la irresponsabilidad, el alcohol y las drogas (Aquí no ha pasado nada).

En el caso de Nunca vas a estar solo, la homofobia es el detonante que lleva a varios jóvenes a atentar contra el protagonista: un gay coetáneo de aquellos, a quien dejan el rostro deformado y lo peor: mandan al hospital en coma. Aquí el título implica un irónico contrasentido, pues la diana del realizador Alex Anwandter en esta, su ópera prima, es la soledad: pese a su carácter alegre y visible afecto por quienes lo rodean, el adolescente es abandonado incluso por los que le reciprocaban: la amiga, el padre y el amante (para colmo es uno de los agresores, que busca con tal actitud ponerse a tono con sus amigotes, ante quienes oculta su tendencia erótica).

Con habilidad para hilvanar los diferentes ángulos de la historia y la relación entre los personajes, estamos ante un relato tan desgarrador como sensible, que a la vez busca la complicidad de los espectadores sin acudir a trampas melodramáticas.

Algo semejante ocurre en Jesús, de Fernando Guzzoni, que compite en largos de ficción y donde también hay una agresión grupal con tintes homofóbicos, solo que inversamente, la víctima es un desconocido mientras son el protagonista y sus socios quienes, drogados y borrachos, cometen la deplorable acción en un parque al encontrar allí a un joven seminconsciente. Esta vez el interés del realizador parece inclinarse más bien al vínculo paterno-filial, signado por la incomunicación y la diversidad respecto a valores, al punto de que el padre no duda en ignorar sus sentimientos en pos de la justicia; aleccionadora y dolorosa lección ética, nos llega envuelta en un bien encauzado estudio caracterológico, eficaces guion y puesta en pantalla, sin olvidar las actuaciones.

Aquí no ha pasado nada, de Alejandro Fernández Almendras, revela justamente el lado contrario. Implica a un grupo de amigos que al salir de una de las tantas discotecas que frecuentan, atropella a un hombre. Perteneciente a una familia adinerada, el joven protagónico es tomado como chivo expiatorio por el resto, lo cual obliga a sus padres a mover cielo y tierra para librarlo de la cárcel.

Fotograma de Aquí no ha pasado nada.

Quizá un tanto excesiva en los pasajes referidos a las fiestas, el filme delata una precisa estructura narrativa, y un inteligente diseño de personajes, aureolado por su ambiente de thriller judicial —esa tradición fílmica— todo encaminado a lanzar su alegato nada panfletario sobre la indolencia familiar y jurídica, capaz de abrazar el fraude y comprar (o vender) la justicia real.

La Ciudad del Futuro (A cidade do Futuro) esperamos no sea la de este filme brasileño que concursa en largos de ficción: sede terrible de la homofobia, la incomprensión y la chismografía propias de todos esos infiernos grandes que implican los pequeños pueblos: en Serra do Ramalho, al interior de Bahía, Gilmar, Igor y Milha desarrollan un curioso tríptico que pronto será cuarteto, pues ellos (pareja) tendrán un hijo mediante esta joven bisexual que es amiga de ambos.

Fotograma de A cidade do Futuro.

Los realizadores Claudio Marques y Marilia Hughes han conseguido, sobre todo, una ambientación admirable, al focalizar ese lugar agreste y atrasado, más aun por los prejuicios que lo carcomen (en sus   marcos familiares y sociales los personajes son constantemente cuestionados y hasta agredidos) por lo cual el título del filme deviene amarga ironía, o quizá una esperanza latiente: que ese niño en formación pueda en realidad pertenecer a un mundo mejor, libre de los males que han padecido sus progenitores, por demás fortalecidos pese a las duras pruebas, negados a abandonar el sitio adonde pertenecen y a defender su amor por sobre todas las cosas.

En realidad poco aporta A cidade… al canon del cine «diversexual» a no ser por el elemento que adiciona —la m(p)aternidad dentro de esa tendencia— mientras las actuaciones son bastante endebles, sin embargo, se trata de un filme honesto y cálido desde su humildad expositiva y de producción, apelando más que a la pansexualidad, a la autodeterminación existencial, a la defensa de los derechos humanos, incluidos ese patrimonio tan personal y sagrado que es el erotismo.

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