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La fuerza está en el compás

Este año se registra otra vez la más completa discordancia entre los nominados como los más gustados por el público y los que el jurado eligió como mejores de 2016

Autor:

Joel del Río

La campaña promocional de los premios Lucas 2016, que seran entregados los días 11 y 12 de febrero en el Karl Marx, se apoya en el eslogan: La fuerza está en la historia, que aspira a llamar la atención sobre los logros innegables de un programa cuyo vigésimo aniversario se celebra este año. También cabría la interpretación de que la historia, la dramatización, es lo más importante en un video musical, aunque tal hipótesis sería cuestionable cuando se revisa la lista de los clips más populares del año, y se percibe que predominan ritmo y coreografía, comparsa y bailarinas, meneo y bailoteo.

Este año se registra otra vez la más completa discordancia entre los nominados como los más gustados por el público y los que el jurado eligió como mejores de 2016. Aplaudidos hasta el delirio, en la primera lista están, por supuesto, Jacob Forever (Hasta que se seque el Malecón se inscribió ya en el imaginario colectivo de la nación); Diván (Pelearnos un ratico) y Leoni Torres en el muy cinematográfico y convincente Soledad. Diván y Leoni, combinados, reaparecen en la lista con Me equivoqué, junto con la única mujer incluida en esta nómina, Señorita Dayana (A ti lo que te duele), y la espectacular y muy calibrada extravagancia de Qva Libre en Juntos pero no revueltos.

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En esa relación de los preferidos también figuran Gente de Zona acompañados por Marc Anthony en el muy ingenioso, narrativo, y también grandioso Traidora; Yoyo Ibarra y su orquesta (Candela pa’ la vela) y los infaltables Ángeles (Yo te amo), cuyos cercanos competidores, Carpediem, causaron enorme revuelo con Décimo. Sabido es que la mayor parte de los votantes vía SMS pertenecen al amplio grupo de jovencísimos seguidores de este tipo de música pop, de modo que puede presagiarse un cerrado conteo de votos. Y mientras el teatro en pleno, y quizá los televidentes, esperen en vilo la revelación del definitivo ganador, se sabrán también quiénes fueron los elegidos en las (pretendidamente) principales categorías.

Más allá del espectáculo farandulero, agitado y resplandeciente que seguramente volverá a tener lugar en la gala de premiación, debe enfatizarse el triunfo absoluto del realizador Joseph Ros, quien además de dirigir una veintena de videos a lo largo de 2016 conquisto un récord de tres nominaciones en la categoría reservada a los mejores: el surrealista Fantasma en caravana (Harold López-Nussa), el efervescente y humorístico Dame Guerra (Buena Fe) y el muy detallista y apacible Final obligado (Joaquín Clerch), este último postulado nada menos que en siete categorías (mejor video, dirección, fotografía, edición, música instrumental, dirección de arte y efectos visuales).

Llama la atención, sobre todo, la capacidad del joven realizador para hacer magia a partir de sintonizar su imaginería y el mundo referencial del intérprete, siempre al tanto de la visualidad adecuada para canciones, estilos interpretativos y géneros desemejantes. Sin ir más lejos (Gema Corredera) opta por la sensitiva develación de un amor clandestino mediante códigos como el plano secuencia y la acción en reverso. Apenas se explica su ausencia entre los mejores del año, máxime cuando lo eligieron entre los más sobresalientes en dirección, fotografía, dirección de arte y canción.

Es sintomática la coincidencia entre los seleccionados por dirección de arte y los mejores del año (Sin ir más lejos, Dame guerra, Fantasma en caravana, Final obligado) aunque el jurado decidió incluir también Soledad (Leoni), Me gustas tú (Will Campa) y Mueve tu cucu (Qva Libre). Tal vez sea preciso revisar lo que entendemos por dirección de arte notable, porque tal vez estemos reconociendo, demasiado, el abarrotamiento, y la repleción saturada y pintoresquista, más que la sencillez operativa, los detalles significativos puestos al servicio de cierta dramaturgia.

Por ejemplo, me parece injusta la completa exclusión de Me enamoré (codirigido por Raúl Paz y Héctor David Rosales), brillante ejemplo de dirección de arte sutilmente urdida en una sola locación, con sagaces saltos en la temporalidad, tomas estáticas cuidadosamente compuestas, y cada elemento pensado para contar una conmovedora historia de abandono y desamor, correctamente actuada por el cantante. Quizá este video le pareció demasiado sencillo al jurado, y además ya estaba postulado Mujer bonita, también codirigido por Raúl Paz, junto con Carlos Maristany, y punteando en los apartados de mejor fotografía, música fusión, coreografía y making of.

A diferencia de otros muchísimos videos coreográficos, donde quienes bailan resultan adorno fortuito, escolta más o menos vistosa, relleno ornamental y prescindible, Mujer bonita aporta, mediante los bailarines devenidos protagonistas, un notable ejercicio autorreferencial, de esos que en pantalla grande serían clasificados como «cine dentro del cine». Raúl Paz prescinde del delirio «egofigurativo» que ataca a otros intérpretes, y cede su lugar a la escenificación del deslumbramiento amoroso, que es actuado, danzado, gesticulado y sugerido por bailarines y bailarinas, puestos a representar, y trascender, el exhibicionismo físico, la insinuación erótica, la ejecución acompasada y virtuosa.

Por cierto, hablando de coreografía y dirección de arte, los premios Lucas cumplen a cabalidad, otra vez, su propósito de apuntar al abundante talento implicado en el mundo del video musical cubano, cuando se percibe, por ejemplo, que Maykel Martínez se encarga de ese rubro en tres videos tan notables como Dame guerra, Fantasma en caravana y Final obligado; o que Yanelis Pérez firma el diseño de vestuario en esas explosiones de color y contrastes barrocos que son Me gustas tú y Mueve tu cucu, además de La Parada (El Noro) y La vuelta al mundo (Alexander Abreu y Havana de Primera), de modo que su imaginación al vuelo conquistó cuatro de los seis escaños disponibles en ese rubro.

Similar revelación de talentos mucho menos visibles que los cantantes, ocurre cuando se destaca la reiteración de ciertos profesionales en cuanto a efectos visuales (Daniel Alemán tiene tres posibilidades para ganar con Dame guerra, Final obligado o Traidora), edición (Daniel Diez Junior por Final obligado y Dame guerra), coreografía (Rachel González doblemente nominada por El baile de la palangana y Mueve tu cucu) y fotografía (con la elección de Alexander González por el virtuosismo, no cabe otro término, exhibido en Final obligado, Fantasma en caravana y Sin ir más lejos). La reiteración de ciertos videos indica con nitidez no solo las aptitudes de un grupo de especialistas descollantes, sino los títulos donde se localizaron las elecciones de un jurado tan sometido a errores de apreciación como cualquier otro, pero con ideas concretas sobre trascendencia, singularidad, carácter artístico o elementos culturalmente atendibles.

Tales nortes influyeron en las nominaciones (mejor video del año, fusión y artista novel) de River (Ibeyi), en el cual funciona a la perfección el minimalismo del encuadre estático, fijo en primer plano, sobre los rostros de las dos hermanas gemelas, sumergidas en agua limpia, y cada una emerge solo para cantar su parte. En el trasfondo, se entremezcla la solemnidad del bautizo con el símbolo del río en tanto espacio de limpieza en las religiones afrocubanas. Musicalmente, las Ibeyi combinan el soul, el rhythm and blues y los cantos yorubas en esta obra hipnótica e inquietante.

A pesar de lo emotivo y convincente en todos sus aspectos integrantes, desde la acompasada y abarcadora edición hasta la funcional amalgama de estilos fotográficos y figurativos, el jurado excluyó Cuba, isla bella (Orishas). Quizá les pareció demasiado tópico aquello de definir idiosincrasia a partir de iconos como Viñales, el sombrero de guano y la yunta de bueyes, el dominó de barrio, la pelota y la rueda de casino, los almendrones, Malecón y La Habana Vieja… Pero es que tales reconcomios comunes, demasiado vistos, y hasta manoseados por cierta retórica ultranacionalista, alimentan la nostalgia por la Isla lejana o la añoranza de quienes viven lejos de ella, tal y como los Orishas lo sienten, lo cantan y lo representan. Pocas veces se ha registrado en un video musical cubano una oda tan totalizadora y sensible a la epifanía del retorno, un elogio tan rotundo a lo que fuimos, somos y seremos. Porque la verdadera belleza puede palpitar, como es el caso, incluso en los personajes, espacios y costumbres disfrazados de lugares comunes, pero habilitados por el creador para traducir un sentido de pertenencia inalienable, un amor inmarcesible.

El mismo sentido de pertenencia y amor por la cultura que manifiesta el proyecto de los premios Lucas en sus diversos espacios televisivos y versiones escénicas. Destaca, sobre todo, la habilidad de su colectivo, con Orlando Cruzata al frente, para marcar el compás, y mantener el ritmo de nuestra trama audiovisual y cultural a lo largo de 20 años.

Leoni Torres en el muy cinematográfico y convincente Soledad.

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