Trágico anuncio: ¿muere la poesía?

En esta Isla, tan sentimental y sensitiva, parecen extraviarse los versos. Al menos así lo devela un estudio de casos sobre consumo de libros y hábitos de lectura en universidades cubanas. JR salió a buscar respuestas a este «desalme»

Autores:

José Luis Estrada Betancourt
Aracelys Bedevia
Lourdes M. Benítez Cereijo
Luis Alejandro Rivera Paredes
René Camilo García Rivera
Alejandro A. Madorrán Durán
Laura Serguera Lio
Aylín Herrera Reyes
Mayte Pacheco Martínez

¿Será que, como sospecha el poeta, Juventud Rebelde está acorralando a la poesía? Sin embargo, el diario enseguida se dispone a aclarar que en lo absoluto se trata de un gesto desleal o traicionero contra ella, que nos ha acompañado tanto, sino todo lo contario: pretendemos indagar en las razones por las cuales un grupo creciente de adolescentes y jóvenes que, hasta no hace mucho recitaba Los zapaticos de rosa y Los dos príncipes, ahora extravía los versos, y confunde u olvida estrofas de tan populares poemas pertenecientes a La Edad de Oro, que ellos aseguran, además, tener como libro de cabecera.

A JR le extraña que a estos muchachos, quienes empiezan a deslumbrarse por el amor, no les sea tan cercano en apariencias el José Ángel Buesa que puede amar en silencio como algo inaccesible, como ese sueño que nunca se logra realizar; que no sigan la táctica y estrategia de Mario Benedetti, y que tal vez escriban cada noche los versos más tristes, pero no han encontrado en Neruda a otro «desesperado» como ellos. ¿Será que ya este no es tiempo de corazones atravesados por flechas, ni de labios de rojísimos creyones ilustrando versos delatores de pasión?

Un estudio de casos sobre consumo de libros y hábitos de lectura en universidades cubanas, desarrollado en mayo de 2014 por el Observatorio Cubano del Libro y La Lectura, perteneciente al Instituto Cubano del Libro (ICL), daba cuenta de que un porciento significativo de los 1 423 encuestados mostraba desmotivación por la lectura: 42,45 por ciento manifestaba sentir poco interés por esta, mientras a un 4,57 por ciento no le atraía en lo absoluto, lo cual se deducía del tiempo que le dedicaban y la cantidad de textos que hacían suyos.

De hecho, el 66,34 por ciento reconoció que solo de vez en cuando, o muy raramente, tenían la necesidad de acudir a obras de carácter literario (el 7,38 por ciento declaraba que nunca), dentro de una muestra que abarcó 24 facultades y 48 carreras, de las universidades de La Habana, de Ciencias Médicas de La Habana, de las Ciencias de la Cultura Física y el Deporte Manuel Fajardo, de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona, la Central de Las Villas y la de Oriente, en Santiago de Cuba, así como del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría (Cujae). Las tendencias son preocupantes, concluían los que desarrollaron la indagación.

Varias son las causas que fundamentan los encuestados para no leer todo lo deseado: el alto precio de los libros en CUP y CUC; la falta de tiempo; carencia de la literatura que les interesa en las librerías y bibliotecas; poca tirada de ejemplares que tienen mucha demanda...

Lo otro llamativo revelado por el estudio era que, de entre todos los géneros literarios que ellos decían preferir, la poesía conquistaba únicamente un 7,87 por ciento de aceptación, para situarse solo por encima de los cancioneros (3,86 por ciento), el teatro (3,40 por ciento) y el ensayo (2,87 por ciento). Aunque con niveles muy discretos, la novela y el cuento ocuparon los puestos de honor (16,86 por ciento y 16,19 por ciento, respectivamente), seguidos por la literatura científico técnica y las historietas.

Para ver cómo se comporta el tema ahora mismo, este diario visitó dos preuniversitarios de la capital: el IPU José Miguel Pérez (Plaza de la Revolución) y el Gerardo Abreu Fontán (Centro Habana), donde contactó con 89 alumnos, entre quienes las predilecciones estaban divididas: 39 expresaron que «no» le van la poesía, porque los atrapan más otros géneros. También porque no les gusta leer o no tienen tiempo. Las justificaciones de sus defensores (50) eran más variadas: son bonitas y ofrecen buenas enseñanzas, expresan lindos sentimientos, su rima es contagiosa, es inspiradora, interesante, abre el corazón de las personas...

Asimismo, solo 14 mencionaron a José Martí como su autor preferido; y cuatro, a Shakespeare. Gustavo Adolfo Bécquer, Pablo Neruda, Mario Benedetti, Dora Alonso, Rubén Martínez Villena y Nicolás Guillén alcanzaron un voto cada uno. También uno dijo tener a Te hablaré de amor como su libro de cabecera. Otro eligió 20 poemas de amor y una canción desesperada, superado por La Edad de Oro (5) y los Cuadernos martianos (2). La interrogante sobre si alguno de ellos adquiriría poesía en la Feria que se avecina, halló muy escaso entusiasmo.

Se buscan almas poéticas

Como un asunto sumamente complicado percibe Luis Yuseff, premio Nicolás Guillén de Poesía 2012 por Aspersores, el tema de las apetencias poéticas de los jóvenes. «Habría que preguntarse si la falta del hábito de lectura está relacionada exclusivamente con la pérdida de valores entre los jóvenes, tema del que tanto se habla hoy, cuando sabemos que entre esos mismos jóvenes hay minorías que gustan del género y que llegan, incluso, a escribir sus poemas, como nuestros bisabuelos y abuelos hace 70 u 80 años. Otra pregunta: esos bisabuelos y abuelos nuestros ¿a quiénes leían?, y ¿a quiénes tenían por poetas “de verdad”? Estoy seguro de que puesto en la situación de escoger un libro para llevarse a casa o para regalarlo a la pareja, solo en muy contadas ocasiones elegían un cuaderno de José Lezama Lima o de César Vallejo, pudiendo llevarse “mejor” un “bellísimo” poemario de Buesa (y cito a Buesa sin menospreciar al poeta que fue). Sí, quizá nuestros antecesores leían más, pero en muy raras ocasiones leían lo mejor.

«Y eso se parece bastante a lo que sucede ahora mismo en el mundo, con el mercado deprimido que encuentra el poeta/poema/poesía, por una sola razón: nunca ha existido un mercado sustancioso, verdaderamente lucrativo para los que podrían financiar ediciones de libros de este género, ni para quienes escribimos los poemas. Y lo digo sin pesar. Por suerte nuestro país ha asumido por mucho tiempo la subvención de este tipo de libros, y de otros muchos, sin mayores exigencias lucrativas, aunque en los últimos años el asunto se reevalúe y no falten, sobre el atalaya, seres apocalípticos que anuncian el fin de una era generosa con los poetas y con los libros de poesía, aplicando muchas veces normas absurdas a un proceso que, la mayoría de las veces, deja fuera del plato a los propios intereses del escritor, y sus opiniones sobre el tema», insiste el autor de Vals de los cuerpos cortados y La rosa en su jaula, y responsable de la antología La isla en versos. Cien poetas cubanos.

Cuando JR se acerca a la también editora guantanamera Carelsy Falcón, para saber su opinión al respecto, esta reflexionó que si la poesía no se vende, ello evidencia «nuestra derrota como promotores, nuestra renuncia a aquella otra que, pronunciada por Abel Prieto, me corroboró algo sabido: “el gusto se condiciona, se moldea”... Está nuestra derrota como intelectuales adscritos a un proyecto social que pretende superar al ser humano; la poesía no se vende… y detrás están los padres que no la trasmiten a sus hijos, que ya no les cuentan historias antes de dormir, que han renunciado a los juegos de relaciones, suplantados por otros fríos, distantes; la poesía no se vende… y están aquellos maestros que jamás se han leído un libro, los maestros que te llenan de normas frías, los maestros que instruyen pero no educan, porque esa “asignatura” no se las miden los metodólogos.

«Que la poesía no se venda es la capitulación de los poetas que no logran dialogar con sus lectores; es la ruptura de un sistema que no los acerca a sus públicos o no crea públicos para ellos. Que la poesía no se venda es nuestro fracaso como profesionales de una industria que no debe pensarse en blanco y negro: que favorece a autores y sobrestima o subestima a sus públicos; que no articula junto a otras instituciones socioculturales (escuelas, universidades, medios audiovisuales, de difusión masiva…) políticas sistémicas, orgánicas, coherentes, computables; políticas que formen públicos, que configuren lectores», señala Carelsy Falcón.

¿El talón de quién?

Egresado del segundo curso del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, el puertopadrense Frank Castell, poeta, narrador y dramaturgo, está convencido de que «la poesía es un género de trascendencia. Durante años la asumo como una voz necesaria. Ahora se está dando un fenómeno en las editoriales cubanas referidos al mercado y a publicar lo que vende», deja saber este miembro de la Uneac, y puntualiza en algo que no se debe descuidar: la promoción del libro.

«Un libro de poesía se puede vender si se le realiza una buena campaña promocional y se buscan los espacios idóneos para su distribución y venta. Se necesita más profesionalidad en las instituciones para lograr una mayor efectividad. En 2003 tuve la oportunidad de recorrer el país en la gira La Estrella de Cuba junto a poetas y trovadores. Nos presentamos en muchos lugares. Llenamos parques, teatros y el público se identificó y compró los libros. Eso dice mucho. Hay que tener cuidado con la palabra mercado. Debe existir equilibrio», reclama Castell.

Luis Yuseff está absolutamente de acuerdo con él, y le sobran vivencias para graficarlo. «Incluso a veces también sucede que los mismos autores —y eso sí que me fastidia mucho— se comportan de una forma sumamente reacia, descreída, apática, a participar de las campañas de promoción que se les puede diseñar con el propósito de que su libro y su obra se conozcan.

«Hace un tiempo un pequeño equipo de Ediciones La Luz se aventuró a promocionar, a lo largo del país, la antología La isla en verso. Cien poetas cubanos. ¡No puedes imaginar lo difícil que resultó convocar a una buena parte de quienes estaban incluidos en la selección para que estuvieran con nosotros durante las presentaciones en las Casas del Joven Creador en cada una de sus provincias. Sin embargo, el libro continuó su camino, unas veces acompañado, otras no, pero se agotó la pequeña tirada de 700 ejemplares en apenas unos pocos meses», ejemplifica Luis Yuseff.

El joven y multipremiado poeta, Yanier H. Palau declara que estos fallidos mecanismos de promoción a los que hacen referencia Frank Castell y Luis Yuseff no distinguen género. «Si obtienes un premio, entonces aparece una entrevista, sales en la TV, te invitan a alguna feria…». La verdad, asegura, no hay una acertada estrategia de promoción. No solo sucede con la poesía, o con otros géneros literarios, el arte en general, las ciencias, e incluso el deporte, aunque no lo parezca, corren con frecuencia semejante suerte.

Por su parte Alex Pausides, coordinador general del Festival Internacional de Poesía de La Habana, es del criterio de que «cualquier acto promocional funciona cuando el interés por el objeto en cuestión está garantizado. En nuestro país el libro ha sido un objeto de primera necesidad. Se subsidia como los alimentos y las medicinas. Pero en el imaginario del ciudadano la cultura no es ya lo prioritario como en otras épocas. Otras dinámicas sociales se establecen y otros paradigmas de entretenimiento, en el que el libro está en desventaja frente a los avances tecnológicos que exhibe la industria del entretenimiento».

Cuestión de jeraquías

Los entrevistados de Juventud Rebelde concuerdan con que en ocasiones desarrollamos múltiples acciones promocionales a lo largo de la Isla, pero con frecuencia son rutinarias, están vacías de sentido, suceden en el lugar o ante el público incorrecto. Nadie lo duda: hay que pensar la promoción no en términos de cantidad sino de efectividad. Quiere decir que debe respetar algunas reglas, algunas muy básicas, por cierto: saber qué es lo que se promueve, o sea, de qué trata el libro; conocer a qué público está dirigido el libro; y jerarquizar.

En una entrevista que concediera Margarita Mateo, la más reciente premio nacional de Literatura, para la edición de El Tintero de la FIL 2017, la notable narradora y ensayista enfatizaba que «a pesar de todos los esfuerzos que se han hecho para la promoción de la literatura cubana —concursos, premios, becas de creación, publicaciones, actividades divulgativas, etc.—, no ha habido una estrategia realmente eficaz para difundir lo más valioso de la producción actual.

«En muchas ocasiones, obras que han alcanzado una gran demanda del público y se han agotado con rapidez en las librerías no son reeditadas. Esto implica que, lejos de crecer, su posible impacto se debilita por convertirse en textos inalcanzables para el lector. Por otro lado, a veces de manera inexplicable se han reeditado obras cuyas primeras ediciones aún están a la venta, muy lejos de agotarse. Si a esto se suma la escasa presencia de una crítica orientadora, capaz de evaluar la producción literaria en su inmediatez, el panorama se torna algo sombrío», continúa la autora de Ella escribía poscrítica.

«Son muy pocos los espacios de la prensa dedicados a la literatura cubana actual. Yo misma, que me muevo en el mundo literario, siento que es difícil estar al tanto de lo más valioso que se está escribiendo. Muchas veces, cuando voy a buscar alguna obra que alguien me ha recomendado, me encuentro con que ya no hay ejemplares en las librerías. Creo que hay muchas obras valiosas escritas en la actualidad por autores de diferentes generaciones, aunque a veces no alcancen la visibilidad que requerirían para lograr un reconocimiento mayor por parte de los posibles lectores».

Al parecer los jóvenes prefieren otros géneros Foto: Calixto N. Llanes

Otros «dolores» de cabeza

La distribución puede ser otro de los problemas que pueden estar incidiendo en la recepción de la poesía. De ese modo lo ve el poeta y editor Pausides. «Los problemas económicos y organizativos que padece esa gestión, junto a la desprofesionalización de la figura del librero, son los factores más visibles de la situación precaria del libro y su contacto con los lectores», agrega.

«Es compleja la distribución, acota Carelsy Falcón, y está signada por otras cuestiones. La tirada define en gran medida la distribución. Si es pequeña, el libro probablemente no saldrá de la provincia. Si es más grande llegará únicamente a las cabeceras provinciales. Lo que hay que defender es que el título que merece 2 000 ejemplares no tenga 500. Y ocuparse de que esos 2 000 ejemplares estén en las mejores librerías de la Isla, en las librerías que el buen lector reconoce y visita», propuso.

Para Luis Yuseff, no existe nada peor que la indiferencia atraviese lo mismo a los Centros Provinciales del Libro y la Literatura, que a Centros Promotores de la Literatura, almacenes provinciales y nacionales, librerías y puntos de ventas, no pocas veces dominados por la apatía e indolencia sobre el trabajo que realizan. Hay incomprensión, insensibilidad, predomino de la improvisación y un sentido conservador del fenómeno que es publicar un libro y venderlo.

¿Demasiada poesía?

No faltan quienes aseguran que tal vez «hay muchos libros de poesía en las librerías, quizá en demasía», y no escasean quienes nos confirman que «resulta uno de los géneros más publicados por las editoriales, y especialmente en los proyectos territoriales».

Cuando se aborda este tema, no es difícil encontrar un consenso que apoya lo manifestado por Carelsy Falcón: «La única mediación al publicar es un elemental criterio de calidad, el balance de géneros al que aspiran las editoriales, y la imprescindible relación entre las tiradas y la demanda del público lector».

Si bien la mayoría de los autores aplaude que se pongan en práctica investigaciones que puedan arrojar luz sobre estas cuestiones que les preocupan, algunos desconfían cuando el mecanismo empleado para medir el consumo de poesía en los lectores se limita a entregar una encuesta en La Cabaña.

«Claro que la mayoría te va a decir que no, de la misma manera que responderá que no prefiere el cine de autor, ni van a un concierto de latin jazz. Existen diversos públicos y diversas preferencias. La encuesta que se reparte a la multitud de La Cabaña a mí no me es útil. Habría qué hacerla a los lectores de poesía, a su público. Preguntarles: “¿Te parece bueno lo que se está publicando, te enteras de las novedades, puedes pagar los libros, están bien editados, qué más te gustaría leer?”. Esa, más o menos, sería mi encuesta», enfatiza Falcón.

Después de asegurar que la calidad es el termómetro que defina, «lo deseable —apunta Pausides— sería intensificar la labor que despliegan en el país el ICL y los Centros Provinciales del Libro y la Literatura. Que la Uneac, la AHS y el Ministerio de Cultura piensen estrategias atractivas para que los escritores, y en especial los poetas vayan a buscar a sus lectores de siempre. Recuerdo los mejores momentos de nuestra política cultural socialista, cuando los poetas iban a pueblos y ciudades, centros productivos y de estudio, a los más importantes proyectos económicos del país como una regla, no como una excepción, que es lo que sucede ahora».

Yanier H. Palau defiende la idea de que «el consumo de poesía es algo personal. Se llega poco a poco. No son solo necesarios los libros, aun cuando se regalen; se debe despertar esa necesidad, hacen falta especialistas que sepan escoger el poema, el libro que los va a iniciar en esa práctica. Se han hecho postales con poemas memorables, pero, ¿se ha estudiado si son esos poemas los que perduran en la conciencia colectiva, si son esos los poemas que le gustaría leer al ciudadano común en la parada de una guagua? Faltan estudios en ese campo, valoraciones que nos lleven a sacar conclusiones y estrategias», sentenció este hijo de la Ciudad de los Parques, al igual que Luis Yuseff.

Ellos han respondido estas preguntas que a cada rato se echan al ruedo: de si la poesía «sirve para algo», si vale la pena publicarla, si a los jóvenes les interesa leer versos, si lo que se escribe y se tiene hoy como poesía nada tiene que ver con esta...

Lo hemos hecho con el ánimo de ponerle «pensamiento» al asunto, y no con el de acorralar, ultimar casi, a una de las maneras más hermosas y honradas que ha encontrado el ser humano para dejar constancia de sí, su testimonio intangible para salvar el día.

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