El ballet «estaba para mí»

Con sus 19 años, Patricio Revé le acaba de dar forma a otro gran sueño: vestirse del Príncipe Albrecht de la Giselle de Viengsay Valdés

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Muy extrovertido. También indisciplinado, intranquilo. Así se recuerda en su niñez Patricio Revé, quien este viernes, con sus 19 años, le acaba de dar forma a otro gran sueño: vestirse del Príncipe Albrecht de la Giselle de Viengsay Valdés. Este domingo, a las 5:00 p.m., cuando las cortinas de la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso se descorran, el solista del Ballet Nacional de Cuba comprobará una vez más que todo es cierto, que no está soñando despierto.

Ahora, cada vez que puede, le cae a besos a su madre, por buscar la manera de aliviarse ese estado hiperquinético que lo invadía. «Se preocupó tanto por esa característica mía, que me llevó a un sicólogo, quien le aconsejó "brillantemente" que me vinculara a actividades que favorecieran la relajación; nada de karate ni de boxeo, para que no se incrementara ese apetito mío de fajarme, de portarme mal...

«Sucedió que un día en mi casa vi por casualidad un video de Carlos Acosta en la televisión. Fue muy extraño, porque bajé corriendo la escalera para decirle a mi mamá: "¡Yo quiero ser eso!". Lo más interesante era que con mis siete u ocho años de entonces ni siquiera sabía lo que significaba el ballet, nada de primera o segunda posición, ni de cambré, split, empeine... Empecé a familiarizarme en la escuela de Ana Belén, una señora que trabaja con niños pequeños en el Vedado. Fue ella quien propuso que me llevaran a L y 19.

«Te cuento que cuando llegamos ya había transcurrido la primera de las tres pruebas que hacen, pero mi mamá se encontró con la maestra Raquel Agüero, quien me observó de arriba a abajo y le dijo: “Espere un momentico que lo vamos a someter a la prueba, si sale bien, pues seguimos adelante”».

—¿El destino quizá?

—¡Estaba para mí! (sonríe) ¡El ballet estaba para mí!

—Entonces no debiste haber tenido muchos problemas...

—¿Que qué...? Fue muy difícil, también porque vivía lejos y debía levantarme muy temprano. A esa hora no me importaba carrera, ni futuro. De ello no tomé conciencia hasta los últimos años de nivel elemental. Esos primeros tiempos los veía como un castigo, como un suplicio por aquellas extensas, larguísimas clases de ballet, aburridísimas (sonríe). No me gustaría volver a repetir esa experiencia, es tan lento, tan denso el aprendizaje: demi-plié, tendu, arrastra por el piso, los dedos… Sí, me costó muchísimo.

«Hubo momentos en los cuales le pedí a mi mamá que me quitara; en otros era ella la que deseaba terminar con aquel suplicio: “Te voy a sacar”, me amenazaba para que reaccionara y demostrara mi entereza, pero nada. Me salvaba la maestra Raquel, quien la convencía, por suerte, de que estaba en un error: “No, no, no, ¿cómo vas a hacer eso? Él tiene, él tiene —le repetía—. Que se concentre, él puede..."».

—¿Y cuándo empezó a cambiar todo?

—Creo que a partir de cuarto, quinto año de nivel elemental. Por esa época conocí a un maestro quien cambió el rumbo total de mi carrera, que despertó mis sentimientos, mi pasión por el ballet, y todavía hoy me apoya como tutor, Ismel Labrada. Empecé a ir a sus clases los sábados y los domingos, y poco a poco se hizo evidente mi avance, mi desarrollo técnico. Ismel, quien es como mi amigo y mi padre, me convirtió en el bailarín que soy.

—¿Entonces por esa época aparecieron los concursos?

—¿Concursos? ¡Ninguno! ¡Yo era en verdad malo! (sonríe). Hacía las audiciones y no vencía la primera vuelta (no consigue evitar la carcajada). Ocurrió también que en ese tiempo la Escuela Nacional de Ballet presentó problemas constructivos y hubo que cerrarla por reparación. Dábamos nuestras clases en la sede del Ballet y en Zanja. Por tanto, se suspendieron los concursos hasta que entramos en la Escuela Nacional de Ballet.

—Entonces, no eras tan malo como dices...

—Porque parece que veían en mí una posibilidad aunque fuera remota… Y yo, para ese momento, ya completamente conquistado por el ballet, no me angustiaba si no me escogían para los elencos. Me quedaba clarísimo que si no entrenaba, si no me esforzaba, me pegaba duro y avanzaba, no me pondrían a bailar.

«Ese resultó un período muy bonito, porque además mi suerte fue tan grande que apareció en mi vida la maestra Yuneisi Rodríguez. La combinación de Yuneisi con Ismel consiguió darme el empujón que faltaba para comenzar a despuntar en el grupo y para que me dieran la oportunidad de participar en concursos, de realizar intercambios internacionales.

«En 2014 me sometí a mi primer concurso, mientras cursaba el segundo año de la ENA. Recuerdo que estaba supernervioso, jamás había bailado frente a un público más allá del cuerpo de baile, ni había tenido la presión de defender una variación ante un jurado, sin embargo, me otorgaron el tercer lugar, la medalla de bronce. Con ese gran logro encontré la motivación que necesitaba y  me dije: voy a trabajar en base al siguiente, a mejorar mis resultados. Y luego de un año de preparación intensa, de numerosas clases, de estudiar videos, de observarme frente al espejo gané el Oro y el Gran Prix del Concurso Internacional de La Habana, bailando con Amanda Pérez y con Yuneisi a mi lado.

«Inmediatamente después apareció la invitación para el Encuentro de Jóvenes Talentos Mexicanos, en el DF. ¡Mi primer viaje! Mi primera función fuera de Cuba y sin mi mamá sentada en la platea, transmitiéndome su energía, mostrándome su orgullo. Fue triste pero emotivo a la vez, porque, para mi sorpresa, me veían como una estrella, todos tirándose fotos conmigo y pidiéndome autógrafos...».

—¿Era el Ballet Nacional de Cuba la compañía que querías?

—Por supuesto. Desde que empezamos a estudiar esta carrera, aunque al principio no somos conscientes de ello, bailar en el BNC es como nuestro principal propósito. Tenemos a la compañía como la meta mayor. Vamos a las funciones y admiramos a sus figuras, las cuales se convierten en nuestros referentes, nos emocionamos con ellas. El Ballet era lo que quería, lo que me propuse.

—Llevas muy poco tiempo en la compañía…

—Un año y unos pocos meses.

—Sin embargo, has hecho mucho, muchísimo…

—Y por eso mi gratitud es enorme por esa confianza que han puesto en mí. Constantemente me sorprendo por lo mucho que he podido lograr en un espacio reducido de tiempo. Mi primera gran oportunidad vino con el pas de deux Excélsior, que interpreté junto a Bárbara Fabelo, quien también se graduó conmigo, gracias al apoyo de la maestra Linnet González. Ocurrió casi acabado de entrar a la compañía, la cual andaba de gira por España. Luego llegó el privilegio de acompañar a Estheysis Menéndez en el pas de deux de Don Quijote en La magia de la danza: una gran bailarina...

—¿Cómo te convertiste en el partner del Viengsay Valdés? ¿No es demasiada presión para ti asumir tamaña responsabilidad?

—Al principio sí fue mucha presión, porque se trata de Viengsay... No olvidaré nunca ese momento: estaba estirándome en el Salón Azul, después de la clase de ballet, cuando se me acercó una muchacha: «La maestra Svieta (Svetlana Ballester) te mandó a buscar». Ay, Dios mío, qué habré hecho, me preocupé. Bajé y entonces me preguntó: «¿Crees que podrías acompañar a Viengsay?». ¿Eh? ¡Y en Paquita! Por supuesto que lo hice. Bueno, imagínate... me dieron las instrucciones y me salió más o menos. «¿Podrías venir mañana?» ¿¡Cómo no iba a poder!? Sí, sí, claro, les aseguré. Llegué a mi casa, busqué el ballet y me aprendí completo el pas de deux. Al otro día volvimos a ensayarlo. Fue impresionante, algo nuevo, ¡la primera bailarina de la compañía! No me lo esperaba.

—¿Ha valido la pena?

—¿Me lo preguntas? Bailar con Viengsay es tener la oportunidad de aprender a cada paso. Por una parte es mi pareja de baile: una artista extraordinaria, supercompleta, única, y al mismo tiempo, la maestra: sus consejos son muy atinados, me enriquecen, me hacen sentir seguro. Bailar a su lado es lo mejor que me ha podido pasar en mi carrera. Es como si me hubiera ganado el premio mayor del mundo: El lago de los cisnes completo, Don Quijote, Talismán (pas de deux); una gira por Asia nosotros dos solos para bailar para el Rey de Cambodia, en Laos, Vietnam, Ciudad Ho Chi Minh... Ya sabes: aprendiendo todo el tiempo: con Viengsay y con una cultura nueva para mí: todo muy extraño para mí... Bueno, y yo también para ellos… (sonríe). Ahora Giselle es mi nuevo desafío.

«Como si no bastara, también se me ha propiciado el gran privilegio de que la maestra Aurora Bosch se haya entregado para que este debut sea inolvidable para mí. La maestra Aurora ha sido un punto esencial en mi carrera, la luz que llegó en este momento para iluminarme el camino. Me ha ayudado a ver el ballet desde otro punto de vista, desde lo sentimental, desde lo emotivo. Me ha dado las claves para ayudarme a llegar mejor al público, para poder convencerlo de que no es un cuento de hadas, que soy yo el Príncipe Albrecht quien está en la escena. Ese trabajo de mesa, de estudio, de crear un personaje, de sentirlo, de transmitirlo, me ha aportado un mundo. Maestra de maestros, me ha transmitido mucha confianza, y no solo me ha dado información sino que me ha mostrado una manera distinta de apreciar el ballet: que no es solo la técnica, sino también expresión, sentimiento; que un bailarín necesita ampliar el diapasón de su cultura, necesita leer, asistir a conciertos, admirar exposiciones de artes plásticas, disfrutar del teatro, del cine... Ella ha sido una luz en mí; me ha llevado a pensar en cosas de las cuales no era consciente».

—¿Satisfecho con lo logrado? ¿Imaginaste que todo iba a ser así?

—No, creo que si me lo hubieran dicho no lo habría creído. Solo puedo decirte que siento que ha valido la pena todo lo sacrificado, haber dejado de jugar con mis amigos, de ver una película porque estaba muy agotado o por las intensas clases que concluyen a las diez, las once de la noche... Ahora compruebo que todo eso ha tenido una recompensa, y grande.

—¿No temes que luego no puedas superar lo logrado?

—No sé, no pienso en eso. Trabajo hoy y fuerte. Trabajo, trabajo y trabajo, y que venga lo que venga, que ya nos enfrentaremos al reto que se nos ponga por delante.

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