Actuar es ser muy buen mentiroso

«Desde que era niño tuve total conciencia de que quería ser actor» afirmó en entrevista exclusiva a JR

Autor:

Alejandro A. Madorrán Durán

Al contrario de los gustos propios de la niñez, cuando se prefiere jugar a los escondidos, trompos..., al pequeño Luis Alberto le daba más placer acompañar a su padre —reconocido actor ya desaparecido— al teatro, donde quedaba fascinado con esas personas que de repente subían al escenario y se transformaban en otros. «Fui el único de los tres hermanos que compartí aquella afición. Desde que era niño tuve total conciencia de que quería ser actor. Lo he dicho varias veces, y me siento como los viejos, por repetirlo tanto», y sonríe mientras termina la frase.

Para cumplir su sueño, el protagonista, junto a Isabel Santos, de Ya no es antes, la película de Lester Hamlet que a partir de hoy comienza a exhibirse en el circuito de estreno de todo el país, ingresó en el Instituto Superior de Arte, y como segundo paso, luego de graduarse, integró el prestigioso elenco de Teatro Estudio, donde lo asistieron dos grandes: Raquel y Vicente Revuelta.

«Quería estar en el mejor grupo que había en ese momento. Mis primos, Luisa María y Néstor Jiménez, y mi esposa de entonces, fueron al Político Bertolt Brecht. Yo también pude ir allí, donde además estaba mi papá, pero de manera inconsciente —ahora lo entiendo— no deseaba permanecer bajo su sombra, sino independizarme, andar mi propio camino».

Aunque Teatro Estudio —comenta— fue una verdadera escuela para él, su inquieto talento lo condujo desde muy joven a explorar nuevos medios donde satisfacer su apetito insaciable por encarnar los más diversos personajes. Así llegó a la radio, a la televisión y al cine.

«Realicé mi servicio social en Teatro Estudio hasta que la simultaneidad de compromisos me impidió cumplir con la disciplina férrea que se necesita para las tablas. La misma Raquel me alertó que no iba a poder llevar todas mis actividades al mismo tiempo, y decidí abandonar Teatro Estudio».

—¿Cómo recuerdas tus primeras experiencias fuera del teatro?

—Tuve la fortuna de resultar seleccionado para Algo más que soñar, la cual se estructuró en nueve capítulos de más de una hora cada uno; filmados en 35 mm como se hace en cine. Se puede decir que los cuatro protagonistas de esa serie hicimos nueve películas en aproximadamente dos años.

«Durante ese tiempo me atrapó el cine, por la magia y el arte que se debe emplear para convertir una gran mentira en una gran verdad. Admito que me sigue gustando mucho el teatro, cuando voy a ver las puestas en escena de mis amigos y amigas, me paso tres o cuatro días lamentándome por no haberlo hecho más, pero luego se me quita y me vuelve a dominar la pasión por el cine».

—¿Tienes alguna teoría particular sobre la actuación?

—Yo no asumo los personajes siempre por las mismas vías. En ocasiones no logro encontrar el método adecuado y un accidente fortuito me hace descubrir el tono justo de mi interpretación.

«En la escuela aprendí mucho de mis profesores soviéticos, quienes más que enseñarnos a actuar nos enseñaban a ser buenas personas, porque sustentaban la teoría, para nada equivocada, de que mientras mejor persona se es, o mientras más se trate de entender a los seres humanos, más se logran aprender los entresijos de la personalidad, el porqué del obrar de las personas».

—Clandestinos: trabajar por primera vez con Fernando Pérez, coincidir con Isabel Santos en los roles protagónicos...

—Fui muy afortunado al conocer y trabajar con ese gran director que ha terminado siendo Fernando Pérez, y por tener la oportunidad de armar una historia de amor junto a Isabel Santos, que aún hoy perdura en el recuerdo de las personas de este país.

«Fernando, con una modestia increíble de la cual no se ha desprendido, afortunadamente, nos dijo que no tenía mucha experiencia en dirigir actores, simplemente sabía lo que quería y lo que no. De esa manera iniciamos el proyecto, tratando de ser un equipo. Isabel y yo habíamos trabajado juntos en Algo más que soñar, tiempo en el que nos habíamos convertido como en familia. Ello nos sirvió para que nuestros personajes tuvieran una química que hasta ahora no se ha perdido.

«Isabel y yo le propusimos a Fernando no ensayar algunas escenas que creíamos necesitaban de la espontaneidad para expresar emociones muy fuertes. Él confió en nosotros, Fernando te insufla confianza, te mira a los ojos, y tiene ese don extraordinario para sacarte los ángeles y los demonios».

—¿Cómo preparaste la caracterización del Ernesto de Clandestinos?

—Recuerdo que no concordé con el dibujo de mi personaje planteado en el guion original, donde se presentaba un héroe que no temía, que no dudaba, un héroe que yo siempre me he negado a hacer. No me gustan los personajes impolutos, el héroe para mí es una persona normal y corriente, que en determinadas circunstancias vence al miedo, al dolor, y logra hacer un acto de heroicidad, pero sin tener conciencia de ello.

«Por esas razones insistimos con Fernando para que Ernesto fuera más voluble, que tuviera grietas y no fuera un tipo de un solo color, sino con matices. De ese debate salieron las secuencias en las que mi personaje confiesa que siente miedo a caer preso y ser torturado nuevamente, que prefiere morir porque de lo contrario puede terminar delatando a sus compañeros. Esa sensación de que Ernesto es de carne y huesos es lo que provoca que la gente comprenda y admire la película».

—Supongo que la caracterización de cada personaje es un reto. ¿Cuáles han sido los más difíciles en tu carrera?

—Para mí no hay personajes fáciles ni difíciles. Y si alguna vez he hecho la bobería de pensar que un personaje es fácil, la vida me ha demostrado que me equivoqué. Si aceptas interpretar un personaje, y es pequeño, aprovecha los minutos en pantalla. No es que te robes el show, pero en ese momento tu personaje debe ser creíble para los espectadores.

«Actuar es ser muy buen mentiroso. La actuación es una mentira. Tú estás interpretando una persona que no eres, diciendo palabras ajenas, viviendo una vida que no te pertenece, entonces el trabajo del actor es fabricar una mentira de la manera más perfecta posible, para que se convierta, a los ojos de los demás, en una verdad, aunque no dispongas de mucho tiempo en pantalla para ello».

—Has dicho que te identificas con tu personaje en Ya no es antes, Premio de la Popularidad del 38 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano y Coral por tu desempeño, porque refleja aspectos de tu vida. ¿Qué por ciento de verdad hay en tu actuación?

—Por supuesto que hay vivencias que uno a veces coge de su propia vida y se las incorpora al personaje. Pero mirándolo bien, la primera gran mentira es que yo no me llamo Esteban, sino Luis Alberto. No soy económico, sino actor. No tengo una sola hija, tengo cuatro. Mi novia no vive fuera de Cuba hace 40 años. Claro que para la interpretación me pueden servir frustraciones, problemas. Pienso que todos podemos sacar esas experiencias en las que nos han ninguneado o no se nos ha reconocido el trabajo. Si eso le sirve al personaje, ¡pues perfecto! Así esa mentira parecerá más real.

El hecho de que la película Ya no es antes contara con solo dos personajes, Isabel Santos y tú, debe haber significado un reto para el equipo de realización. ¿Cómo fue ese proceso?

—Una semana antes no sabíamos que íbamos a hacer esta película. Incluso, Lester había barajado otros actores en los siete años que llevaba impulsando el proyecto. Finalmente se acercó a Isabel y a mí, aceptamos y nos dijo que comenzábamos en cinco días. Aquello me pareció una locura, porque era muy poco tiempo. Pero confiamos en él y de inmediato nos pusimos a trabajar.

«Al leer el guion que Lester y Mijail Rodríguez adaptaron de la obra teatral Weekend en Bahía, de Alberto Pedro, nos dimos cuenta de que era una película extremadamente difícil. Como Isabel y yo éramos los únicos actores, eso implicó no tener apenas descanso, ni el tiempo que hubiéramos querido para estudiar a los personajes.

«La película se filmó en 18 madrugadas continuas. Rodar a esas horas es estresante, porque te cambia todo el cuerpo. No es lo mismo llevar ese ritmo de trabajo con 20 años que con 55 (se sonríe). Fue un proceso apasionante que no hubiera llegado a ser posible sin una entrega total».

—Tu padre despertó en ti la pasión por la actuación. En ocasiones has comentado que debido a su trabajo, él pasaba poco tiempo con su familia. ¿Después de años de conocer el rigor que demanda esa profesión, has logrado comprenderlo?

—Mi vida no se parece mucho a la de mi padre. Es otra época. Él se hizo actor de manera empírica, estudiaba Comercio y se enroló en el cuadro de comedias de la escuela. De manera consciente, me planteé tener una vida diferente a la de mi papá. Él salía del rodaje de una película, luego iba para el teatro y se reunía con los amigos. Somos dos hombres diferentes. Yo no lo veía casi nunca, en cambio mis hijas sí me ven. Amo mi trabajo, pero no hay nada que sea más importante que mi familia. Primero están mis hijos y la gente que yo quiero.

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