Vin Diesel y el síndrome Súbeme la radio

Tanto en la octava parte de Rápido y furioso como en el video musical de Enrique Iglesias (Súbeme la radio), La Habana se coloca como una ciudad con un acento de sensualidad, calidez, pachanga y gozadera

Autor:

Joel del Río

Ante la mala copia que pude ver de Rápido y furioso 8, borrosa, doblada al español y mal grabada en una sala de cine, es difícil forjarse un criterio más o menos definido, pero debo confesar mi ansiedad por ver el modo en que retrataba La Habana una superproducción de Hollywood. De inmediato descubrí numerosas similitudes entre el filme y la visualidad de videos musicales en el estilo de Súbeme la radio (Enrique Iglesias), y pude corroborar criterios muy parecidos a los que publiqué en estas mismas páginas en abril del año pasado, en un artículo titulado: Rápido, furioso, entretenido y sin mareos.

Tampoco se requerían grandes dosis de sagacidad y clarividencia para adelantarse al resultado final, y asegurar que se trata de «cierto tipo de producto audiovisual dirigido a la audiencia adolescente, con abundancia de persecuciones en ruidosos e increíbles automóviles, planos muy cortos y cortes incesantes, historia predecible y enfrentamiento de los arquetípicos policía y delincuente, glamorización de marginales y antisociales gracias a proverbiales habilidades al timón… Todo ello asociado con las superproducciones de acción y aventura estilo Hollywood en plan entretenimiento puro y simple».

Antes de entrar en consideraciones de corte general, es preciso referirse a los primeros diez o 12 minutos, los únicos ambientados en La Habana, pues inmediatamente la trama salta hacia Alemania, Nueva York o Siberia, necesitada de suscribir el exotismo turístico inherente a casi todos los filmes de aventuras. Por supuesto que la visión es superficial, pero amable, dentro de una visualidad muy a lo MTV, es decir, idéntica a la exhibida en decenas de videos como el ya mencionado de Enrique Iglesias y otros como La gozadera, La macarena y Hasta que se seque el Malecón, algunos de Pitbull y otras cuantas decenas.

En tales videos, el solista (sea Vin Diesel o Enrique Iglesias) es escoltado y aclamado y adorado por una multitud de cubanos y cubanas, ellos con pinta de hermandad repartera, ellas ligeritas de ropa, mientras se pasean haciendo lo suyo —Vin manejando carros a increíble velocidad, Enriquito cantando o doblando desde las azoteas— por lugares tan emblemáticos como El Morro y el Capitolio, el Hotel Nacional y la entrada del hospital Ameijeiras, el Monumento al Maine y Malecón, por solo mencionar los que se distinguen con toda claridad en la nueva entrega de la serie.

Hay una multitud de planos aéreos espectaculares, que enfatizan lo suficiente en el paisaje habanero como para construir una bella tarjeta postal de promoción turística, poblada además por íconos tan criollos como el dominó, el béisbol, el eclecticismo arquitectónico, las fachadas desteñidas y la colorida ensalada de almendrones… Incluso Dominic Toretto (Vin Diesel) en algún momento celebra el espíritu inventor o innovador del cubano, capaz de mantener rodando carros con seis décadas de fabricados. A lo largo del segmento correspondiente a la Isla abundan las muchachas, jóvenes y exuberantes, en short o cortísimas minifaldas, bailando, llenando los parques, como si no tuvieran otra cosa que hacer que posar para la cámara del turista o de Hollywood.

Es cierto que la dirección de fotografía y la edición se exceden un tanto en los primerísimos planos contrapicados a los traseros de varias de las modelos y extras, pero debe decirse, en honor a la verdad, que similares encuadres forman parte del ornato característico de numerosos videos musicales, y se alienan con el moderado erotismo que suele acompañar a los tradicionales héroes de los filmes de aventuras. Además, el exhibicionismo sexista es una «marca de estilo» que escolta las carreras de carros en las siete partes anteriores, de modo que ahora solo repitieron, y «habanerizaron» las imágenes esperadas y conocidas por su público meta.

Aparte del segmento cubano, la trama (ilógica, forzada, fantasiosa, a veces hasta risible, pero funcional en su sentido intrínseco de acción imparable y espectacular), juega con la sorpresa de que Toretto se ponga en contra de «la familia» (es decir, del grupo de «los buenos», expertos en velocidad, tecnología y habilidades físicas diversas). Por supuesto que el héroe se cambia de bando solo obligado por el chantaje de una malvada con rubios dreadlocks (rastas) llamada Cipher, e interpretada por la oscarizada Charlize Theron.

Es decir, que durante 115 o 120 de los 136 minutos que dura el filme, asistimos al difícil rescate del Toretto extraviado, entre muchas otras hazañas verificadas por el resto de una pandilla cuya alineación ha sido corregida y aumentada para incluir intérpretes como Michelle Rodríguez (novia del héroe), Dwayne Johnson (héroe sustituto) y Tyrese Gibson y Ludacris (en el papel de alivios humorísticos). En el elenco volcado a las caracterizaciones mínimas o estereotipadas aparecen también Jason Statham, Kurt Russell, Scott Eastwood y nada menos que la prestigiosa Helen Mirren. No revelo nada que usted no sepa ya si le cuento que todo concluye, luego de muchísimo estruendo, con el restablecimiento del equilibrio, e imágenes del grupo entrañablemente reunido, en una azotea de Nueva York, también retratada con impresionantes tomas aéreas.

A pesar del final predecible y las soluciones traídas por los pelos o francamente delirantes, con todo y la caracterización elemental, los giros forzados del guion, o actuaciones más inexpresivas que las de un modelo digital de la Pixar, o precisamente a causa de todo ello, la octava parte de la saga ha devenido uno de los filmes más taquilleros de todos los tiempos. Las razones de tanto entusiasmo se localizan, sobre todo, en la preponderancia de las impresionantes secuencias de acción (lo cual no quiere decir que aporten algún sentido o lógica más allá del malabarismo espectacular), además de que el espectador disfruta el placer de asistir a la verificación, en pantalla, de hazañas cuya fantasía, o falta de verismo, conforman la esencia del encanto. Por si fuera poco, reaparecen con fuerza escenas de sentimentalismo romántico y comedia burlona, encargados de paliar la maciza rigidez de los protagonistas.

Con sus cabezas afeitadas, sus pocas y terminantes palabras dichas en voces graves, y sus hinchadas musculaturas, Vin Diesel y Dwayne Johnson actualizan el paradigma del héroe inexpresivo con exceso de testosterona. A lo largo de series como Rocky y Rambo, Terminator o Conan El Bárbaro, Sylvester Stallone y Arnold Schwazenegger impusieron referentes bastante similares en superproducciones realizadas por Hollywood en los años 80. Siempre atento al reciclaje de los grandes mitos que generaron millones en taquilla, los productores recurrieron otra vez a Vin Diesel, fundador de la    saga, y lo arroparon con el coprotagonismo de Johnson, un actor procedente de la lucha profesional, cuyo personaje ha ido cobrando importancia desde la quinta parte hasta la octava.

Famosos actores fueron convocados (de izquierda a derecha): Michelle Rodríguez, Dwayne Johnson, Tyrese Gibson, Ludacris y Jason Statham.

Fast and Furious 8 es un taquillerazo ahora mismo gracias a sus estrellas, símbolos de masculinidad triunfante, y a la propulsión de un género amado por los jóvenes (esos mismos que repletan las salas de cine cuando se les suministra un espectáculo claramente ilusorio, ameno y reluciente), además de que emplearon a fondo lo más moderno y deslumbrante en cuanto a técnicas de realización aplicadas a mostrar persecuciones, luchas, incendios y estrepitosas carreras.

En cuanto a la estética, queda a la vista la afinidad natural con los códigos no solo del cine de acción y aventuras sino también del fantástico, de modo que sería un error juzgarla por una verosimilitud conscientemente eludida. Participan del pastiche otros componentes como la imaginería de los dibujos animados en 3D, las metas y hazañas propias de los juegos de computadora, y la visualidad acuñada por el video musical de corte MTV. Debe prestarse atención a una banda sonora cuajada de canciones y estrellas donde sobresalen Orishas, Pitbull, J. Balvin, Camila Cabello y muchos otros.

A este cúmulo de elementos atractivos, se suma la presencia de La Habana, majestuosamente filmada a todo lo largo del pórtico narrativo. La ciudad coloca, sin discusión, un acento de sensualidad, calidez, pachanga y gozadera, incluso al impávido Vin Diesel y a sus acompañantes. Enrique Iglesias sabe de tales sabores, y por eso repite pegajosamente, desde todos los almendrones que ruedan en Cuba: «súbeme la radio, que esta es mi canción, siente el bajo que va subiendo…». Porque hay estribillos que inevitablemente nos traspasan y superan, más allá del tipo de música y de cine que prefieras o detestes.

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