Beatriz: elegía de la palabra

Beatriz Maggi era una suerte de fugitiva de esas lecturas inmortales que tanto se complació en enseñar a abrazar a varias generaciones de alumnos

Autor:

Mario Cremata Ferrán

En el rejuego de la conciencia, la intuyo ahora en paz, perpetuamente dispuesta a compartir ese estado de alma recurrente que constituye el Dictum de Emily Dickinson: Una palabra muere/ al ser pronunciada/ dicen algunos./ Yo digo que justamente/ empieza a vivir/ en ese instante.

Sin edulcorar la reciedumbre de su carácter, eludo deliberadamente referirme a la «personalidad» suya, dado que para ella eufemismos tales como una «gran personalidad» o «fuerte», «brillante» u «original» era cubrir al «beneficiario» de un manto banal: «la envoltura más superficial y frívola de la persona humana». No en balde, Truman Capote decía que se trata de un vocablo envilecido.

Hace apenas cinco años entablamos una relación que pronto se tornó cercana. Antes, a excepción de la vez que asistí a la presentación de su antología de ensayos en la Uneac, era para mí solamente una evocación en el seno de mi familia, donde de vez en vez se solía pronunciar su nombre como se pronuncia el de aquellos seres legendarios que un día conocimos en los libros.

Bastó conocerla en el plano íntimo para solazarme en su incandescencia y percatarme de que, en efecto, Beatriz Maggi era una suerte de fugitiva de esas lecturas inmortales que tanto se complació en enseñar a abrazar a varias generaciones de alumnos.

Transcurridas más de dos décadas de su jubilación, a aquellos a quienes tocó en suerte el rigor de su clase —donde aprehendieron a interpretar la trama de los clásicos de la literatura, la magia rutilante de Shakespeare y el contexto histórico en el cual se desarrolla y se parió cada una de las obras—, no se les podrá borrar del recuerdo esa experiencia. Tampoco lo haremos quienes debimos conformarnos con la cátedra del hogar, en la que gozamos de su asombrosa hilaridad, su reclamo incisivo, e incluso intempestivo; todo ello complementado con una prosa crítica personalísima, intensa, como testimonian los mismos títulos de los ensayos de esta mujer: El lector confinado, Legado de alas, La espiritualidad del cuerpo sentida desde las letras…

Es cierto que en ocasiones podía llegar a ser ríspida, pero no costaba identificarse con su modo de ser, pues irradiaba simpatía. Más que «aguantona», siempre la consideré una estoica a quien le gustaba provocar, y que rara vez no lo conseguía.

«Toda ganancia importante lleva consigo un dolor irreparable. Lo que contemplas hoy es el despojo de lo que fui, aunque lo que se instala en mi pensamiento no sea precisamente la edad avanzada, sino la bella edad. Ya no puedo más con mi alma, ni mi cuerpo. No yo, pero mi cuerpo sí —él— apetece el descanso eterno. Estoy fracturada y confinada: los achaques no autorizan a más», me confesó el año pasado, en una entrevista publicada en estas mismas páginas.

Para entonces, había comenzado un deterioro sin retorno, que la condujo a varios ingresos hospitalarios donde se puso repetidamente a prueba su fortaleza. Sin embargo, la tarde del pasado 26 de mayo la muerte venció al cuerpo, cuando meses atrás las últimas chispas de su agudeza mental habían emprendido el viaje definitivo.

Beatriz Maggi llegó tarde a mi vida. Pero tanto bien me produjo su esencia levitante, de tanta fortuna me proveyó su ingenio descomunal, su conversación y hasta su ironía deslumbrante, que hoy siento un vacío sin fondo, una soledad que bien sé irreparable.

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